Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 17
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Noche en Ciudad

No estaba siendo una buena noche, y dudaba mucho de que algún día pudiera serlo de nuevo.

El taxi que le había permitido pagar el adosado y la carrera de sus dos hijos se había convertido, desde el principio de la pandemia, en un negocio deficitario.

Entre el panel de metacrilato y el gel y las mascarillas se le iba un presupuesto diario considerable.

Por si eso fuera poco, el panel había reducido las plazas del coche solo a las traseras y los horarios limitados de la hostelería tampoco ayudaban.

Eso sin mencionar que la mayoría de la gente, que en otro momento se habría subido a un taxi para cualquier recorrido, optaba por caminar por el temor persistente a permanecer en un espacio cerrado tan pequeño.

Se detuvo en el semáforo y aprovechó para repasar las cuentas del día.

Echó una ojeada al cuaderno que llevaba abierto sobre el asiento del copiloto y donde apuntaba el importe de cada carrera. Doce horas en la calle y apenas veinte euros. Un suspiro amargo escapó de sus labios bajo la mascarilla.

El semáforo cambió.

Condujo hacia el centro y rebasó por la izquierda una de las paradas en la Gran Vía. Meneó la cabeza, desolado, un gesto lento y cargado de resignación ante la larga fila de taxis detenidos al costado de la calle casi desierta.

Chascó la lengua y accionó el micrófono de su radio.

—Cuatro veintisiete a central —dijo.

Un crujido metálico precedió a una voz anónima.

—Adelante, cuatro veintisiete.

—Central, salgo de servicio, me voy a casa.

—Entendido, cuatro veintisiete. Buenas noches.

De mala gana, colgó el micro y murmuró:

—Sí, buenas noches de mierda.

Apagó la emisora y subió el volumen de la música. Bruce Springsteen cantaba Glory Days mientras el coche enfilaba hacia las afueras de la ciudad. Se preguntó cómo era posible que el Boss tuviera una canción adecuada para cada absurdo, cada triunfo, cada instante amargo de su existencia.

Según fue saliendo de la zona urbana se sintió más calmado.

Quizá la mejor decisión que había tomado en su vida había sido la de comprar una vivienda alejada del centro, que durante el confinamiento les había permitido respirar y convivir mientras el mundo parecía derrumbarse fuera.

Condujo rodeando un parque y redujo la velocidad, consciente de que, en ocasiones, las hembras de pato abandonaban el estanque cercano y paseaban tranquilamente por la zona seguidas de sus polluelos.

Accionó la tecla para bajar las cuatro ventanillas y casi se arrancó la mascarilla, que arrojó sobre la libreta.

Redujo aún más la velocidad, forzándose a conducir despacio para intentar rebajar su malhumor y poniendo atención a la calzada, con la esperanza de ver a una de aquellas familias de ánades.

Y entonces la vio. Tirada en la acera, inmóvil y desnuda, la piel pálida bajo la luz de las distantes farolas, las piernas flexionadas como las de un Cristo crucificado, los brazos abiertos a los lados y el cabello desparramado por el suelo, invadiendo parte del césped corto y tupido del parque.

A pesar de que no podía ir a más de veinte por hora, el frenazo fue tan brusco que tocó con la frente la luna delantera.