Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 16
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Noah Scott Sherrington sonrió. Incluso con la mascarilla puesta, Nash notó cómo la expresión encontraba su camino, escalando desde la boca a sus ojos.

—No puedes imaginar cuánto me alegré cuando mi hija me dijo que te habías presentado aquí buscándome.

Nash sonrió también, contagiada por su calidez.

—No encontraba la tarjeta que me diste en el funeral, pero recordaba el apellido, así que te busqué en Google y di con la agencia.

No mencionó que también tenía su nombre en uno de los cuadernos de sesiones psiquiátricas de su madre.

—Y entonces me enteré de que estabas ingresado. Espero que estés mejor. Tu hija Noa me explicó que habías tenido algún problema de salud.

—Hace treinta y siete años que estoy trasplantado de corazón; las revisiones son una rutina ineludible en mi vida.

Tuve una pequeña reacción a la medicación, me bajaron un poco las defensas, algo que en cualquier otra persona no tendría la más mínima importancia, pero en mi caso supone pasar un par de días en observación.

—¿Y estás bien?

—Perfectamente, no te preocupes. Pero, cuéntame, ¿cómo estás tú? ¿Cómo has pasado el confinamiento?

—Bueno, estoy bien —respondió, esforzándose por ocultar el dolor reciente de la muerte de su madre.

No lograba acostumbrarse. A veces pasaban varios días, incluso semanas, en las que todo parecía ir bien, y de pronto alguien preguntaba «¿cómo estás?

», y la sola pregunta tenía la capacidad de convocar de nuevo todo el dolor de aquella noche en el hospital tres meses atrás—.

Con el confinamiento tuve suerte, me pilló trabajando. Me quedé con unas amigas en Navarra.

—Seguí el caso Dancur por la prensa. Enhorabuena.

Asintió, reflexiva. Continuaba preguntándose si se merecía las felicitaciones. Aquel éxito se sentía hueco ante tanto dolor causado. Lo pensó antes de contestar.

—Una amiga me dijo que, en ocasiones y en algunos lugares, los hallazgos no traen certezas y consuelo, solo crean más incertidumbre. Mi situación actual lo confirma; me parece que este es uno de esos hallazgos.

Él asintió, lacónico, sin cambiar su expresión, y dijo:

—La verdad es siempre la verdad.

—La verdad es siempre la verdad... Tampoco estoy segura de que ni siquiera a la larga eso pueda suponer un consuelo, pero al menos es la verdad. En cierto modo, el motivo que me trae hasta ti tiene algo que ver con eso, con la verdad.

Noah se puso en pie, salió de detrás del escritorio de su hija, fue hasta el otro lado del despacho, se quitó la mascarilla y se sentó en una silla junto a la ventana abierta, a más de tres metros.

—¿Qué tal si tú también te la quitas? Quiero verte la cara.

Enseguida lo hizo. Él la observó sonriendo, y ella a él. Era un hombre guapo. De piel muy blanca, más alto que Nash, se mantenía bastante delgado y ágil, aunque presentaba una incipiente barriguita.

Conservaba el cabello ondulado y cano, que llevaba corto, pero no lo suficiente como para evitar que se ensortijara un poco sobre la frente y en la nuca. Los ojos eran azules, de un tono oscuro y gris, como cuando se avecina una tormenta.

—Me recuerdas mucho a tu madre —dijo Scott Sherrington con dulzura—. El color del pelo, los ojos, la boca... Espero que no seas una de esas jovencitas que odia parecerse a su madre.

—No, en absoluto. —Nash sonrió.

—Mi hija me dijo que querías hablar de ella, y será un placer, porque la quise mucho, siempre la querré.

Fue importantísima en mi vida, aunque me temo que en los últimos años cada uno estaba a sus cosas.

Natalia siempre fue independiente, un poco indomable, irreverente, supongo que como consecuencia de una infancia y una juventud solitarias.

Nunca le gustó dar explicaciones, pero eso ya lo sabrás.

Nash asintió. Se dio cuenta de que no se lo había planteado desde aquel punto de vista.

—Creía saber muchas cosas sobre mi madre.

Ilusa de mí, creí saberlo todo, pero después de su muerte he descubierto que ese carácter que mencionas, irreverente, a su aire, estuvo siempre presente, complicando darme algunas explicaciones que creo que me debía.

Estoy muy triste, Noah. —La voz le tembló un poco—.

Siento que en el fondo no llegué a conocerla.

—Nash —dijo con ternura—, consuélate. En el fondo nunca llegamos a conocer del todo a alguien. Si tienes suerte, podrás considerar un logro si llegas a conocerte a ti misma.

Dejó salir el aire lentamente, abatida.

—Pero estoy aquí para ayudarte —dijo consciente de su pena—. Supongo que querrás saber cómo nos conocimos y cuál era la relación que nos unía...

Asintió a la vez que su mente volaba hasta el cuaderno de tapas marrones donde su madre tomaba notas de las sesiones con cada paciente, en el que aparecía el nombre de Scott Sherrington, y que Nash no había querido leer por pudor.

—Bueno, sé que fue tu psiquiatra, pero si no quieres hablar de eso...

—Todo lo contrario. Me siento muy orgulloso de esa época de mi vida.

Acudir a un psiquiatra fue una de las mejores decisiones que he tomado.

Nací en Escocia, viví toda mi primera vida allí.

Era policía, un inspector del DIC, y un día, de pronto, cuando tenía cuarenta y dos años, sufrí un ataque cardíaco fulminante.

Experimenté la muerte súbita, morí literalmente.

Lo escuchaba absorta.

—Cuando me reanimaron en el hospital, me comunicaron que tenía una grave miocardiopatía y que me quedaban días contados.

En aquel tiempo, los trasplantes de corazón eran ciencia ficción.

Tuve que asumir que iba a morir. Estaba muy atemorizado y triste.

—Por un instante, Nash llegó a percibir aquella tristeza en sus ojos—.

Había dedicado mi vida entera al trabajo, apenas tenía amigos, mi última novia se había casado con uno de mis compañeros, y siempre creí que me daba igual, hasta que llegó ese día.

Asintió comprensiva.

—Te fuiste.

—Sí, decidí irme de allí. Supongo que estaba huyendo.

No fue un pensamiento muy lógico, siempre lo describo como una corazonada, seguir el puro instinto.

Cuando llegué a Bilbao estaba muy deprimido.

La medicación que tomaba para mantenerme vivo era también un veneno; tenía tantas contraindicaciones que no sabía qué me mataría antes.

»Me alojé en una pensión inmunda con una bruja como patrona y dedicaba mi tiempo a recorrer los bares, mezclándome entre los trabajadores del puerto. Cada noche soñaba que moría, y comencé a recordar la experiencia de un modo horrible.

—¿Tuviste una experiencia cercana a la muerte con recuerdos?

—Recuerdos muy angustiosos —admitió pesarosamente—. Y quiso la bendita suerte que una jovencísima psiquiatra tuviera su primera consulta en el mismo portal que la pensión La Estrella.

Sonrió encantada, y pensó que la pensión en la que ella se había alojado en Elizondo antes de conocer a las Mitxelena se llamaba igual y hasta tenía una bruja por patrona.

—No lo sabía —dijo.

—En el último piso y sin ascensor —añadió él riendo—.

Me costaba un triunfo llegar hasta allí.

Pero me encontré ante una gran profesional.

Recuerdo el primer día. A pesar de ser consciente de que necesitaba ayuda, no estaba muy por la labor.

Supongo que fui un borde y un desagradable; estaba desesperado y muy asustado.

Le solté a bocajarro que me estaba muriendo y que no estaba seguro de que fuese a haber una segunda visita.

Me parecía demasiado joven como para saber nada de la muerte.

—Es la tónica general para la mayoría de los pacientes en la primera sesión. —Sonriendo—. ¿Cómo te convenció para regresar?

—Se quitó la blusa.

Abrió los ojos, sorprendida.

—Me mostró la cicatriz de su espalda —explicó Noah.

Nash dejó salir todo el aire de sus pulmones.

La cicatriz que su madre tenía en la espalda.

Le cruzaba desde el hombro hasta el omóplato, rugosa, blanca y nacarada como el interior de una ostra.

Nunca hablaba de ella. En los últimos tiempos supo hasta qué punto la vieja doctora Elizondo se había convertido en una experta en soslayar los temas de los que no quería hablar.

Cuando alguna vez Nash le preguntaba, le decía que la tenía desde pequeña, de algún accidente doméstico que ni siquiera recordaba.

Bajó la mirada, tratando de disimular su desazón al tiempo que negaba muy despacio.

Noah debió de interpretarlo como una duda, porque añadió:

—Del incendio en el que murió toda su familia, tu familia.

—El caserío Elizondo —murmuró ella casi para sí misma mientras a su mente regresaba la imagen de la tumba de su familia y los nombres casi borrados de la arenisca en el diminuto cementerio de Elbete.

—Me habló del día en que ocurrió, de la gata que la despertó en mitad de la noche, la voz que la instó a salir de la casa. ¡Vaya, que me convenció de que era una experta en la muerte y en escapar de sus garras! —refirió Noah dando por hecho que Nash conocía la historia.

—La gata —murmuró ella.

—La gata pequeña y negra que ella creía que la había salvado.

En su mente, la cicatriz en la espalda de su madre dejó de ser una simple marca física para convertirse en un mapa silencioso de su supervivencia, un relieve áspero que guardaba el secreto de las llamas y también el coraje de una gata.

—Amy —susurró sin darse cuenta.

—¡Oh! Había olvidado el nombre —se disculpó—.

El caso es que Natalia me ayudó muchísimo.

Es una de las que está en la lista de las personas a las que les debo mi vida —dijo llevándose una mano al corazón—.

Y ahí fue cuando comenzó mi segunda vida.

Me trasplantaron en Bilbao, en una operación casi experimental, pero me pusieron el corazón de un campeón, así que no podía fallar.

Se quedó en silencio un momento, buscando por dónde seguir. Nash no le apuró.

—Me enamoré, me casé con Maite, crie a Begoña y tuvimos otra hija, Noa, a la que conociste ayer.

Está embarazada de su primera hija, que será mi cuarta nieta; ya tengo tres de Begoña.

Fundé junto con mi socio, Lizarso, esta agencia de detectives, y trabajé en esto hasta que me jubilé hace unos años.

Afortunadamente, mi hija ha tomado el relevo y sigue con mi socio.

—Me alegro muchísimo, Noah. La tuya es una preciosa historia de segundas oportunidades.

—Y no sabes bien en cuántos sentidos, y lo muchísimo que me ayudó tu madre.

Después de mi operación, dejamos de vernos tan a menudo.

El primer año me lo pasé prácticamente viviendo en el hospital, el segundo y el tercero, casi casi.

Y en ese tiempo ella se trasladó a vivir a San Sebastián.

Cuando me casé con Maite, vino a la boda.

Solíamos llamarnos de vez en cuando y nos escribíamos postales en Navidad, pero nos veíamos muchísimo menos.

—¿Conociste a mi padre?

—No.

—La razón de que esté en la ciudad tiene en parte que ver con él. Mi padre... —se detuvo; aún le costaba decir aquella palabra— es Benedict Newman.

—¡Oh, el escritor! ¿En serio? Sé quién es, por supuesto. No he leído nada suyo, no me gustan las novelas de detectives, deformación profesional. —Rio—. Pero mi hija es una gran fan.

Nash apretó los labios y se encogió de hombros antes de hablar:

—El caso es que albergaba la esperanza de que pudieras contarme algo sobre él, o sobre la relación de mi madre con él. Nunca he tenido trato con mi padre, solo hace unos meses que sé de su existencia.

—Lo lamento, no puedo ayudarte —dijo Noah, y pareció apenarse de corazón—. Tu madre me llamó un día, me dijo que había tenido una niña, y cuando le pregunté si también tenía pareja, me dijo que aquello se había terminado. Ya sabes cómo era, no dio más explicaciones.

Asintió pesarosa.

—¿Has venido para conocerle?

—No exactamente —rechazó ella—. No es así como yo lo habría planeado. La policía lo interrogó con relación a un caso similar a uno que describe en su novela.

—Un asesor... —sugirió Noah.

Ella no lo desmintió ni lo confirmó, y le pareció percibir que Noah se percataba del detalle.

—Sufrió un desmayo, una especie de ataque mientras estaba en comisaría. Está ingresado en el hospital, aún le están haciendo pruebas, pero ha afectado a su memoria. Es terrible, y me avisaron porque yo soy su único familiar directo.

Noah se alarmó.

—¡Oh, Dios mío, eso es espantoso, Nash!, porque entonces... —dijo, como si hubiera tomado conciencia de la situación—. Se me ocurre que quizá podamos ayudarte profesionalmente.

—No entiendo.

—Somos una agencia de detectives, nos dedicamos a eso. Podemos rastrear todo tipo de documentos, lugares de residencia, estados civiles... Para nosotros es muy fácil.

—No lo sé —dudó—. Tendría que pensarlo, pero creo que no es eso lo que estoy buscando.

No quiero saber dónde ha trabajado, ni si está al día con Hacienda; no me interesa con quién ha salido, dónde ha vivido.

Hace unos meses contactó conmigo a través de otra persona y descubrí que ha estado ingresando dinero para mí y enviándome cartas desde que nací.

Pero ahora ni siquiera recuerda que tuvo una hija.

Siento que he llegado tarde. Solo busco a alguien que los hubiera conocido entonces, que pueda arrojar algo de luz sobre la historia de mis padres.

Noah permaneció sentado junto a la ventana mucho rato después de que Nash se hubiera ido.

La joven doctora Elizondo había dejado una estela de energía casi palpable.

Noah no había exagerado: se parecía tanto a su madre que era como estar viendo un holograma proyectado desde el pasado.

Una joven buscando respuestas, sincera hasta donde podía serlo, y una historia de la que se guardaba una parte. A Noah no le sorprendió.

Tras media vida como policía y otra media como detective, había aprendido a distinguir las partes que un cliente cuenta y las que prefiere reservarse de momento.

Pero había en ella un ímpetu que ya había conocido en su madre, ese que perseguiría a pesar de saber que quizá no traería certezas, sino más preguntas.

Noah se puso en pie y fue hasta la mesa de su hija, levantó el teléfono y esperó.

—Lizarso, amigo, hazme un favor. Consulta por qué razón interrogó la policía a Benedict Newman, el escritor. Sí. Por lo visto sufrió un desmayo en comisaría hace un par de noches y tuvo que ser trasladado a un hospital. A ver qué puedes averiguar.