Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 15
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Al salir, el Lobo la esperaba junto a la máquina del café, que ofrecía una vista inequívoca de la puerta del despacho en el que había hablado con los médicos.

La luz fría de los fluorescentes se reflejaba en el suelo pulido de la sala del hospital, creando un brillo aséptico que acentuaba la tensión del aire, como un lago helado entre ellos.

Clavó en Nash sus ojos grises de depredador, mirándola por encima de la mascarilla, e hizo un gesto con la boca que dudó mucho de que se tratase de una sonrisa; casi a la vez imaginó sus colmillos afilados.

Hoy lo acompañaba un policía más joven, calvo, fornido, algo más bajo.

Imaginó que debía de tratarse del pipiolo al que Colt Star se había referido la noche anterior.

A pesar de estar seguro de que ella también lo había visto, el inspector caminó en su dirección con grandes zancadas, temiendo que fuera a salir huyendo.

—¡Pero qué buena suerte! Doctora Elizondo, justo esperaba para hablar con usted —dijo con sorna Barezzi.

«No lo soporto», oyó en su mente la voz de su madre.

—Hable —respondió ella cortante.

Su frialdad no pareció afectar al inspector.

—Quizá prefiera que vayamos a un lugar más discreto —propuso dirigiendo una mirada que incluía a Margot, Karim, Robert y el abogado, que salían de la sala detrás de Nash.

Robert se situó junto a ella y se inclinó para hablarle al oído. Nash llegó a percibir el olor a champú en su cabello castaño.

—Nash, permíteme que me quede.

Ella asintió sin apartar la mirada de los ojos del policía.

—Puede hablar delante de ellos, son como de la familia —dijo mientras el grupo la rodeaba.

—Sí, quizá sea mejor que estén todos. Hay algo muy interesante que quiero contarles.

Anteayer, durante nuestra conversación en comisaría, su padre —hizo un gesto hacia Nash— nos dijo que había una diferencia fundamental entre los crímenes que estamos investigando y los de su última novela.

—Hablaba con deliberada parsimonia, como si la considerase imbécil o pretendiese acabar con su paciencia.

«Lo segundo», resonó en su mente la voz de su madre.

Asintió, condescendiente.

—Nos preguntó si habíamos encontrado los bolsos de las víctimas. Le dijimos que no y —levantó un índice largo y huesudo, igual que un director de orquesta llamando la atención— ¿qué fue lo que respondió?

Como si lo hubieran ensayado previamente, el subinspector Ruano abrió una diminuta libreta y leyó:

—«El asesino en Todas las noches, todas las ciudades deja el bolso de las víctimas tirado en la calle.

No es casual; el bolso es un símbolo. Al dejarlo abandonado en la calle, está mandando un mensaje.

La señal inequívoca de que algo terrible le ha ocurrido a esa chica, porque ninguna mujer en el mundo deja su bolso tirado en el suelo, sea un Birkin de Hermès o una imitación de plástico barato.

El bolso de una mujer es su embajada». —Aclaró—: Un Birkin de Hermès es un bolso de lujo.

Barezzi continuó inmóvil, con el dedo huesudo en alto, como si escuchase una melodía solo audible para él.

—¿Y bien? —instó Margot, que por lo visto no tenía una voz maternal en su mente advirtiéndole que acabar con su paciencia era el cometido de aquel fulano.

Barezzi continuó:

—Ayer a las doce menos diez de la noche, una joven de veintidós años llamó a su padre para decirle que estaba a escasos quince minutos de casa.

Por lo visto, lo hace siempre, porque es muy prudente y le da miedo volver sola por la noche.

Cuando comenzó a retrasarse, su padre la llamó insistentemente a su teléfono sin obtener respuesta, incluso bajó a la acera, frente al portal, para ver si la veía llegar.

A la una se puso en contacto con nosotros para decir que algo malo debía de haberle ocurrido a su hija.

Inicialmente no contestaba sus llamadas y después el teléfono aparecía como apagado.

—Se detuvo y permaneció al menos cinco segundos en silencio.

—¿La han encontrado? —preguntó Margot impacientada.

—No, pero ¿sabe qué es lo que sí hemos encontrado?

—¿Su bolso? —preguntó afectada la editora.

—Su bolso, tirado en la calle, como señal definitiva de que algo terrible le ha ocurrido, tal y como Newman nos explicó.

¿Y sabe otra cosa más? Que al consultar con la policía local para comprobar si habían recibido alguna denuncia o alerta que pudiera ayudarnos en la búsqueda, nos dicen que anoche, entre las dos menos cuarto y las tres de la madrugada, se activó una alerta por la fuga de un paciente de este hospital, un paciente que finalmente fue encontrado por sus familiares y conducido a su domicilio.

Y qué casualidad que ese paciente no sea otro que Benedict Newman.

—No sé qué está insinuando, pero no me gusta —intervino Robert.

—¿Y usted es? —preguntó como si no lo supiera.

—El asistente personal del señor Newman.

—El mayordomo —comentó el Lobo con cierta sorna a su compañero, antes de dirigirse de nuevo a Robert—. No es ninguna insinuación, es un hecho. Encontramos un bolso, tal como Newman explicó, hay una joven cuya desaparición coincide en el tiempo con la hora a la que él salió del hospital.

—No, a menos que tenga problemas para el cálculo simple —replicó Robert ecuánime—.

Si dice que lo que fuera que le ocurrió a esa joven sucedió en torno a las doce de la noche, Benedict Newman está libre de toda sospecha.

A las once, en el cambio de turno, una enfermera habló con él; a la una y media, la auxiliar fue a verle y estaba durmiendo; a las dos menos cuarto se detectó que faltaba e inmediatamente se avisó a la policía local.

Los médicos podrán corroborar que, incluso en el aviso que se dio a la policía, se advirtió de que el señor Newman estaba bajo los efectos de un potente sedante.

Pretender que un episodio de confusión, muy común entre los pacientes hospitalizados, lo implique de cualquier modo en la desaparición de esa joven está totalmente fuera de lugar.

—Solo que la auxiliar que fue a verle a la una y media no comprobó que el bulto que estaba en la cama fuera Newman —replicó el subinspector Ruano.

—Tampoco comprobó lo contrario —respondió Robert imitando el modo reposado de hablar del inspector.

Barezzi levantó de nuevo el dedo señalando al mayordomo como si le concediera el punto. Bajo su mascarilla se dibujó aquella sonrisa torcida y lobuna que Nash conocía.

—Vamos a revisar las imágenes de seguridad de las cámaras del centro —dijo su compañero.

—Revisen lo que quieran —respondió Robert despectivo.

—Y queremos hablar con él —añadió Barezzi con aquella exasperante lentitud.

—Pues me temo que eso va a ser del todo imposible —respondió Nash—. Acaban de comunicarnos que Benedict Newman pasa a ser un paciente psiquiátrico de este hospital. No hace falta que le diga que no puede interrogar a un paciente psiquiátrico sin la autorización de su médico.

—¡Qué oportuno! —exclamó el policía volviendo a sonreír de aquel modo que, de no haber llevado mascarilla, habría dejado ver sus afilados colmillos—. Y de psiquiatría, ni más ni menos... ¿Por qué no me sorprende?

—Seguro que el catálogo de lo que no le sorprende es muy amplio —replicó Nash incisiva—, pero antes de venir a acusar a nadie, deberían centrarse en buscar a esa chica.

—Se ve que lo de asesorar a la policía sobre cómo debe hacer su trabajo es algo que viene de familia —respondió el inspector Barezzi condescendiente—.

Gracias por su consejo, doctora, lo haremos, y más vale que aparezca sana y salva.

De cualquier modo, solicitaremos la opinión de su psiquiatra, y será él quien valore si el paciente quiere y está en condiciones de declarar.

Observó al inspector mientras se alejaba.

Tenía Barezzi una habilidad, sin duda entrenada, para sacar de quicio.

No podía dejar de reconocer que, de algún modo, le fascinaba.

Con aquel aire de lobo escuálido, de mercenario famélico, le despertaba sensaciones encontradas.

De un modo muy básico le resultaba peligroso, excitaba en ella una sensación repulsiva y, a la vez, su salvaje naturaleza le resultaba atractiva de una manera que no podía explicar.

Como si la editora hubiera estado leyendo sus pensamientos, dijo:

—¡Por Dios! Qué tipo tan extraño. Es la fascinación del vampiro. Ahora sé lo que sentían las víctimas de Nosferatu.