Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 14
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Por un instante creyó notar la presencia tibia de Amy a su lado.

Abrió los ojos y constató el suave ronroneo que emitía la máquina del café cada pocos minutos.

Robert y Margot charlaban con Karim; flotaba sobre ellos un aire cómplice al que se sentía ajena.

Desde la conversación con Margot la noche anterior, no se percibía tan integrante del grupo.

Nash los observó desde el otro lado de la sala.

Algo huraña, se había refugiado en aquel rincón al poco de llegar, quizá porque el calor y el murmullo de la máquina tenían un eco de refugio que la reconfortaba.

Jadeó. Un leve, pero persistente, olor a desinfectante flotaba en el ambiente, una fragancia clínica que asociaba inconscientemente con la vulnerabilidad y la espera.

Miró la hora en su móvil: mediodía. Se sentía bien, a pesar de no haber dormido.

—¿Tomará el desayuno, señor Star? —había preguntado Robert.

—Creo que será mejor que acuda en ayunas, seguro que tienen planeado sacarme sangre —había respondido Colt Star. Y dirigiéndose a Margot, que lo miraba embelesada—: ¿Crees que les parecerá prudente que conduzca?

—No, Colt, no lo creo.

—Pues aun así lo haré. Si no me equivoco, mi viejo Camaro debe de seguir aparcado en el garaje desde la última vez que estuve aquí. No pienso gastar suela si decido que quiero largarme de ese moridero de pobres.

—Iré contigo. —Margot había corrido tras él hacia el garaje.

—¿Cómo lo has convencido de volver al hospital? —había dicho Nash mirando a Robert admirada.

—Le he explicado la gravedad de sus lesiones, la preo­cupación de los médicos por que pueda haber un hematoma en alguna parte y lo que eso supondría. —Había hecho una pausa y dudado un segundo—: Y le he informado de que no tiene que quedarse en el hospital si no lo desea.

—¿Por qué has hecho eso? —había preguntado desconcertada.

—Porque no he olvidado para quién trabajo —había respondido él, y su tono fue un muro de hielo.

Una voz amable la sacó de su letargo.

—Doctora Elizondo.

La doctora Duval, acompañada de otro médico, se había detenido ante ella. Nash se puso en pie y les tendió la mano. A lo lejos, siluetas enmascaradas se movían con paso apresurado; sus ojos eran los únicos puntos visibles de expresión en un mar de tela blanca o azul.

—Si nos acompaña, hablaremos mejor en una salita —dijo Duval haciendo un gesto hacia una de las puertas—. ¿Quiere que venga alguien más? —preguntó consciente de las miradas que Robert, Margot, Karim y el abogado, que acababa de llegar, les lanzaban desde el otro lado de la sala.

Asintió a la vez que hacía un gesto para que se acercaran. No tenía sentido dejarlos fuera.

Entraron en la sala donde los esperaba el resto del equipo.

—Su padre está de muy buen humor esta mañana, no parece en absoluto que su aventura nocturna le haya pasado factura. Cuando terminemos de hablar, el director del hospital quiere ofrecerles sus disculpas...

—Me temo que será necesario algo más que una disculpa —tomó la palabra Mitchell—. Exigimos una investigación para tratar de establecer cómo salió, sobre todo con el fin de que no vuelva a repetirse. Seguro que son conscientes de los riesgos que sufrió el señor Newman por su inoperancia.

—Estamos de acuerdo. Podrá transmitirle todas sus quejas al director en cuanto terminemos. Pero ahora vamos a lo que a nosotros nos interesa —dijo cediéndole la palabra a la neuróloga más joven con la que habían hablado el día anterior.

—Tenemos los resultados de algunos de los análisis que esperábamos.

Podemos descartar un hematoma, lo que son muy buenas noticias; no hay rastro de drogas en su organismo y su discurso es, si cabe, más lúcido que ayer.

El resultado de la punción lumbar tampoco revela rastro de infección.

Queremos repetir algunos exámenes, porque puede tratarse de un tipo de patógeno que esté resultando más difícil de localizar.

Duval volvió a tomar la palabra.

—Hay algunos aspectos que nos hacen sospechar que pueda ser así; el tic que presenta y las migrañas apuntan en esa dirección.

Pero algo que usted nos ha contado esta mañana nos ha llamado especialmente la atención: hemos comprobado que, en efecto, cuando se le fuerza a que explique su relación con Newman, se dan micromomentos de confusión.

Estos parecen generar la migraña, no sabemos si como una respuesta neuronal o como un mecanismo de defensa para no tener que hablar de algo que a él mismo le resulta confuso.

Nash asintió.

—Eso me pareció.

—Continuaremos con todas las pruebas neurológicas, pero no podemos cerrarnos a otras posibilidades.

Doctora Elizondo, quiero presentarle al doctor Kutz —dijo a la vez que uno de los facultativos presentes se levantaba—.

Es el jefe de Psiquiatría de este centro y le hemos pedido que haga una valoración de su padre.

—¿Un psiquiatra, por qué? —exclamó Margot—. Insinúa que Benedict no está en sus cabales. No soy médico y no sé qué le ocurre, pero ha venido conduciendo un Camaro hasta aquí. Su discurso es más coherente que el de cualquiera de nosotros.

El psiquiatra asintió lentamente a sus palabras sin restarles razón.

—Quizá le sorprenda saber que la inteligencia y la coherencia están presentes en muchas enfermedades psiquiátricas.

La imagen del enfermo mental que abunda es la del individuo desorientado o catatónico, pero la mente tiene muchos subterfugios para realizar sus huidas de la realidad, y algunos de ellos están cimentados sobre la inteligencia y la coherencia.

—Doctora Elizondo —dijo la neuróloga—, usted es el familiar más cercano y además es profesional sanitario, y tenemos que informarle de que aquí se nos plantea un problema: Benedict nos ha trasladado su intención de ser un paciente ambulatorio, no quiere quedarse en el hospital.

Hemos tratado de convencerle, pero ha sido en vano.

Nash dedicó una rápida y fría mirada a Robert, que permaneció inmutable.

—Ha pedido los formularios de alta voluntaria y ya ha firmado. Legalmente, no podemos retenerle aquí.

—Si me permiten —intervino Robert—, seguro que todos estamos de acuerdo en que lo más importante es obtener su colaboración.

El equipo asintió.

—La casa del señor Newman cuenta con un avanzado sistema de seguridad por cámaras y detectores, y hay personal suficiente como para estar pendientes de que nada malo le ocurra.

Podríamos traerle a diario para los exámenes y valoraciones, garantizando que cada noche pueda regresar a dormir a casa.

Me responsabilizo de administrarle su medicación y, si es necesario y para su tranquilidad, podríamos contratar a una enfermera nocturna.

Los facultativos se miraron asintiendo.

—¿A usted le parece bien? —preguntó el neurólogo dirigiéndose a Nash—. Su opinión es la más vinculante.

—Sí —accedió.

—Gracias, gracias —musitó la editora estrechando las manos del equipo, que casi a la vez se abalanzó sobre la omnipresente botellita de gel hidroalcohólico.