Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 13
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Noche en Ciudad

Eran las cuatro de la madrugada. Nash apartó la mirada de las pequeñas constelaciones verdosas que formaban los haces de luz de las farolas del jardín de Newman, sintiendo que repetía una coreografía ensayada.

Se volvió hacia el interior del salón donde se habían reunido.

Karim se sentaba junto a Elisa, que se veía completamente demudada.

Margot se retorcía las manos, pequeñas y pálidas, mientras escuchaba a Nash.

Solo Robert, que permanecía de pie en la puerta, conservaba la actitud del que sabe qué hacer.

Nash lo buscó brevemente con la mirada, como si su inmovilidad fuera la única superficie estable en una habitación de gente que se retorcía las manos. Él también la miraba.

—Sigo pensando que lo mejor sería trasladarlo de nuevo al hospital —insistió Nash.

—Entiendo tu preocupación, pero lo conozco y te aseguro que está bien —alegó Robert—.

En este momento está tranquilo y descansando.

Creo que podemos esperar a mañana. Han sido demasiadas emociones en una noche y tiene que estar agotado.

Entre el hospital y el despacho de Colt Star hay al menos cinco kilómetros, y todo lleva a pensar que los recorrió caminando.

—¿Sois conscientes de que ese comportamiento puede deberse a una conmoción severa? —advirtió Nash.

—No, por Dios —exclamó Margot horrorizada.

—Pues yo opino como Nash —dijo Karim mientras Elisa asentía preocupada—. Si tiene un hematoma, podría causarle un ictus mientras duerme. No quiero ni imaginarlo.

Robert asintió antes de proseguir.

—Los médicos ya descartaron esta mañana que hubiera un hematoma. El dolor del que hablabais ha desaparecido en cuanto se ha dado una ducha y se ha acostado; incluso ha cenado un bocadillo. Pero lo vigilaré el resto de la noche. Si vuelve a dolerle la cabeza, pediré una ambulancia sin dudarlo.

—Tú has hablado con el hospital, ¿qué han dicho ellos? —preguntó Karim dirigiéndose a Nash.

—Que lo más sensato sería trasladarlo inmediatamente, pero también están de acuerdo en que es mejor que sea de modo voluntario.

Creen que un ingreso a la fuerza podría ser contraproducente, eso sin olvidar que puede pedir el alta en cualquier momento.

Así que, en cuanto amanezca, habrá que intentar convencerle de que debe regresar.

—Así lo haremos —asintió Robert—. Es consciente de que tiene pruebas pendientes y de que la herida de la cabeza es grave. Quizá si se lo planteamos como algo ambulatorio... Pero ahora lo más prudente es que vayan a descansar. Es tarde y mañana será un día complicado. Yo velaré el sueño de Benedict.

Cuando todos se retiraron y Nash creyó haberse quedado sola, volvió a mirar hacia el exterior. Una voz a su espalda la sorprendió.

—No dejo de darle vueltas a cómo le has hablado en el despacho de Colt Star —dijo Margot—. Sé que tiene que ser difícil para ti conocerle en estas circunstancias, pero se diría que no te lo crees.

—No es eso —rebatió Nash—. Bueno, quizá sí, en parte —admitió—.

Pero no tiene que ver con que no me crea su estado, sino con el verdadero Benedict Newman y que, de alguna manera, todo esto parece orquestado para que yo esté aquí.

No deja de ser un desconocido para mí. Todas las referencias que tengo de Benedict Newman son una colección de cartas edulcoradas que escribió a una niña a la que no conocía y las que escribió a mi madre. Ella nunca contestó, ¿sabes?

Margot se sentó y extendió los brazos sobre el respaldo del sofá con un gesto que ya comenzaba a ser habitual en ella.

—Son un monólogo en el que él esgrime sus justificaciones —continuó Nash—: sus disculpas, sus promesas y sus ruegos.

Estoy aquí porque no dejo de estar fascinada.

No creo que se me pueda reprochar la curiosidad.

He crecido pensando que era fruto de un tratamiento médico y de un donante anónimo en una clínica suiza.

Más tarde, en otra época de mi vida, creí que era la consecuencia de una cana al aire en una noche de verano.

Hay algo que no puedo evitar pensar, y es que mi madre me lo ocultó toda la vida, y en su último aliento le pidió a alguien cercano que siguiera ocultándomelo.

«Confía en mí», acudió a su recuerdo.

Margot se puso en pie, se acercó a ella y extendió su mano hasta tocar la de Nash.

—Supongo que lo importante es que estás aquí —dijo.

Nash permaneció en silencio. Ella no lo creía. Si lo importante era estar, ¿por qué se sentía como si formase parte de una función, casi como si hubiera entrado en escena cuando el maestro de ceremonias lo había ordenado?

Miró alrededor, a la exquisita estancia en la que se encontraban, los dominios de Benedict Newman, mientras pensaba que, después de todo, valdría la pena comprobar cómo se las arreglaba Colt Star para representar su papel en aquel escenario.

Dio las buenas noches a Margot y se quedó a solas en el salón.

Tomó de la estantería uno de los ejemplares de Todas las noches, todas las ciudades , eligió un sillón cómodo cerca del ventanal y se sentó a esperar el amanecer.

Si algo había aprendido en los últimos tres meses era a no dormir si cuerpo y alma no lo pedían, y esta noche Nash era una de las que no duermen.