Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 12 #3
17%

12 #3

Se sentó tras la mesa, comprobando la incomodidad de una silla que no había sido ideada para pasar largas horas en ella.

Al reclinarse descubrió, sin embargo, que de aquel modo ofrecía una postura ideal para pensar.

Abrió cada uno de los tres cajones del lado izquierdo y observó que el inferior, que era el más grande, guardaba las huellas del lugar donde el detective apoyaba los pies cuando se recostaba en su silla.

En el interior, dos cartones enteros de tabaco.

El celofán se veía brillante y, al tocarlo, se deslizaron suavemente uno sobre otro, indicando que llevaban poco tiempo allí.

Había media docena de paquetes de cigarrillos sueltos y uno abierto.

Extrajo el tabaco y observó el papel, que se veía blanco, sin manchas amarillentas que habrían denotado el tiempo transcurrido.

Vio también un mechero Ronson plateado con las iniciales C.

S. grabadas en el costado, cuatro vasos de culo grueso y una botella mediana de whisky.

En el cajón de arriba, dos plumas estilográficas de acero, sobres blancos y cuatro libretas nuevas con tapas de cuero sobre las que aparecía grabada la inscripción «Cuaderno de bitácora».

Nash pasó las hojas, pero todas estaban en blanco.

En el cajón superior había un cofrecito de madera que en un primer momento le pareció una caja de puros; cuando levantó la tapa, vio que se trataba de un estuche para un arma.

La imitación de terciopelo rojo del interior dibujaba la huella cóncava de un revólver.

No había rastro del arma. La duda en forma de escalofrío recorrió la espalda de Nash.

Aquello cambiaba las reglas. Una cosa era un escritor jugando a ser su personaje; otra muy distinta, un personaje suelto por el mundo con un arma real.

Se acercó al fichero metálico y lo empujó, esperando que se zarandeara ante el envite.

O era un armario increíblemente pesado o estaba repleto.

Comprobó que los cajones permanecían cerrados con llave, a excepción del primero.

En su interior, perfectamente alineadas de lado, había una docena de libretas idénticas a las del cajón del escritorio.

Antes de tocarlas supo que, a diferencia de las otras, estas estaban escritas.

El cuero se veía manoseado y los lomos deformados como consecuencia del uso.

Tomó una. El interior aparecía cubierto de una solvente caligrafía algo anticuada.

Deslizó la libreta entre su piel y la cinturilla de los pantalones y la cubrió con la blusa.

Dedicó una última mirada a aquel lugar, aparentemente de atrezo y que, sin embargo, guardaba huellas reales de la existencia de un hombre al que no conocía.

Dejó salir el aire muy despacio por la nariz mientras pensaba que ahora que se estaba comportando como una psicóloga forense, que por fin estaba haciendo su trabajo, lograba el equilibrio que le había sido esquivo los últimos días.

Cuando aplicaba su método, el mundo tenía sentido para ella, y se encontró admitiendo que había estado evitando hacerlo de un modo inconsciente. No había escuchado su instinto porque en la mente de Nash el eco era el de otra voz, la de su madre: «Confía en mí».

¿Qué significaba aquella frase, pronunciada en el lecho de muerte, en este nuevo escenario?

Como psicóloga forense, su mente analizaba sin descanso los gestos de Colt, sus palabras, su actuación .

No era solo una farsa, era una defensa, ¿una estrategia?

Pero ¿defensa de qué?, ¿contra qué? Se preguntó si las advertencias de su madre, las cartas para las que no hubo respuesta, eran súplicas para que se mantuviera alejada de un hombre que, incluso si estaba fingiendo locura, exudaba un magnetismo fascinante y peligroso.

La brecha en la cabeza de Benedict no era la única herida que temía abrir en su propia vida.

El verdadero enigma no era si Benedict actuaba, sino si su madre, al pedirle confianza, le imploraba que no diera un solo paso hacia un pasado que prometía devorarla.

Traspasó el umbral y se detuvo en el mismo lugar en que lo había hecho el escritor.

El chasquido de la puerta al cerrarse resonó en la quietud del pasillo.

Nash alzó la mirada buscando aquello que había perturbado tanto a Colt Star.

Era un rastro oscuro dibujado con dos dedos.

En uno de los extremos, el fluido se había concentrado, formando una gota más densa.

Nash alzó los dedos hasta casi tocarlo, pero los retiró antes de hacerlo, a la vez que pensaba que así debió de ser cómo los hebreos marcaban con sangre de cordero las puertas de sus casas para evitar que el ángel de la muerte se llevara a sus primogénitos.

Volvió sobre sus pasos, extrajo un sobre del segundo cajón y regresó a la entrada.

Situó el sobre bajo el reguero oscuro y, con una moneda, raspó un poco de lo que fuera, que cayó en el interior del sobre.

Después marcó un número de teléfono. Sonrió incluso antes de escuchar la voz de la doctora Kalo.

—Doctora Elizondo, son las putas mil de la madrugada. Tienes suerte de que duerma poco.

—Eneka, voy a mandarte un sobrecito con un poco de algo. No sé qué es, pero parece sangre. A ver qué puedes sacar en limpio.