Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 12 #2
16%

12 #2

—Antes ha mencionado al asesino de esas mujeres como «un viejo enemigo». También ha dicho que Benedict Newman escribe los casos que usted investiga. ¿Significa eso que conoce al agresor de esas mujeres?

Pareció que iba a contestar, casi que daría un nombre. Vaciló un instante y finalmente dijo:

—Aún no estoy seguro, por eso estoy aquí, para consultar mis notas, mis viejos cuadernos de bitácora.

—Nash estaba segura de que se guardaba información—.

He llevado miles de casos en mi vida, algunos me han ocupado unas pocas horas, otros los he arrastrado como gruesas cadenas de condena durante años.

Es pronto para afirmarlo, pero, si estoy en lo cierto, no es la primera vez que actúa ni será la última.

—Lo que trata de decirme es que Benedict Newman escribió en esa novela un caso que usted le contó hace tiempo.

—Exactamente es eso lo que estoy diciendo.

—Entonces, no sería descabellado pensar que quizá Newman también sospeche la identidad del asesino.

Colt no contestó, pero la miró entornando los ojos, como si tratase de extraer de su gesto cuánto sabía ella.

Nash asintió levemente y, prestando especial atención a la reacción de Colt, dijo:

—Barezzi vino a hablar conmigo —soltó consciente de cómo Margot le hacía un gesto de oposición.

Encendió otro cigarrillo.

—¿La molestó de algún modo? —replicó irritado, casi dándolo por sentado.

Nash lo pensó.

—Sí, supongo que de alguna manera lo pretendía: me dio un mensaje para Benedict Newman.

—¿Qué le dijo ese animal?

—Que su actuación, lejos de disipar su interés, lo ha aumentado, y que estarán esperando para interrogarlo de nuevo en cuanto salga del hospital. Me pareció que el inspector estaba seguro de que Benedict Newman ocultaba información crucial.

—Señorita Newman... —comenzó, calmado de pronto.

—Elizondo —corrigió ella.

—Como desee, señorita Elizondo. Créame, si le importa lo más mínimo la vida de su padre, debería sacarlo de ese hospital y llevarlo a un lugar seguro y secreto, fuera de Ciudad.

—Dio una profunda calada a su cigarrillo—.

Al menos hasta que yo pueda arrojar algo de luz sobre este asunto o encuentre al asesino...

Y no se preocupe, acepto el caso; limpiaré el nombre de su padre y el mío.

—Perdóneme, señor Star —dijo ella con intención—, pero si tiene una firme sospecha sobre la identidad del autor de esos crímenes, ¿por qué no compartir ese nombre con la policía?

Súbitamente, Colt Star apretó los ojos en un gesto de dolor a la vez que se llevaba la mano a la nuca, del mismo modo que si hubiera recibido un latigazo.

Margot se alarmó.

—Llevas una buena brecha en la cabeza y parece que te duele. Deberías volver al hospital, tu fuga habrá desatado todas las alarmas.

El hombre abrió lentamente los ojos, conteniendo el jadeo por recuperar el control. Con la mano todavía en la nuca, respondió:

—Sylvie, querida, se diría que no me conoces.

No voy a volver al hospital. No tiene nada que ver con el porrazo que llevo en la cabeza, es una migraña, seguramente provocada por la ausencia del whisky y el tabaco.

Me han tenido dos días en dique seco. Nada que no pueda controlar con un par de aspirinas y media botella de whisky.

—Entonces, al menos acompáñanos a casa de Newman. Si te están buscando, este será el primer lugar al que vendrán.

Él miró alrededor, preocupado.

—Tengo que quedarme aquí, he de revisar todas mis notas sobre los casos antiguos.

—Newman tiene las mismas notas en su casa, acabas de decírnoslo —rebatió ella.

—Tienes razón, como casi siempre —admitió a la vez que se ponía en pie y tomaba un sombrero del perchero.

Nash se rezagó para observar a aquel hombre mientras cruzaba el umbral.

Newman se detuvo y miró con atención el dintel de la puerta.

Alzó la mano izquierda y elevó dos dedos hacia el marco, casi como si fuera a tocarlo.

Como congelado, se fijaba en algo que desde su posición resultaba invisible para Nash.

Palideció súbitamente y pareció que todas las fuerzas y la decisión de las que hacía gala solo unos minutos antes lo abandonaban por completo.

El cigarrillo casi consumido que sostenía se escapó de entre sus dedos y cayó al suelo.

—¡Por el amor de Dios! —La editora lo sujetó por la cintura, a la vez que pasaba un brazo por detrás de su cuello para ayudarle a caminar hacia el ascensor.

—Estoy bien, no es nada —la tranquilizó él dejándose llevar.

—Vamos bajando. Nash, por favor, apaga y cierra todo. Te esperamos en el coche.

Nash se quedó atrás aposta. Recorrió con la mirada el despacho del detective, un espacio radicalmente distinto al del escritor, pero que era, sin embargo, todo lo que cabía esperar de la guarida de un detective privado de novela negra.

Observó el cenicero de cristal verde, una pieza vintage con indudable carácter y áspera distinción, un altar a Bette Davis.

Era una pieza elegida con cuidado, la clase de objeto que querría tener a mano un auténtico fumador.

Los cigarrillos habían sido consumidos con fruición, y las colillas, aplastadas con eficaz deliberación, como lo hacen los fumadores empedernidos. Contó diez colillas.