12
Noche en Ciudad
Salieron del ascensor al primer piso de un edificio cuya elegancia susurraba historias en cada rincón: paneles de madera, metales bruñidos, el eco de pasos antiguos en suelos pulidos.
Caminaron por el pasillo, un corredor que parecía contener el aliento, hasta detenerse frente a una puerta cuya mitad superior acristalada no dejaba lugar a dudas: aquel era el despacho de un detective, un enclave único en el edificio.
Sobre el cristal al ácido, grabado en negro con una permanencia que parecía desafiar el paso del tiempo, se leía: COLT STAR. DETECTIVE PRIVADO .
La editora llevaba la llave en la mano, pero a través del cristal se percibía la claridad de una luz encendida y, antes incluso de que Margot tocase el pomo de la puerta, les llegó el olor inconfundible del humo de tabaco.
—Espera, Margot. —La mano de Nash se posó suavemente en el brazo de la editora. La miró a los ojos con un silencio cargado de significado—. No sé si estoy lista para esto. Ya te expliqué que no me sentía preparada para conocerlo aún.
—Nash, está muy enfermo y, además, ya has oído a Robert: probablemente sigue drogado y muy desorientado... Te entiendo, pero yo también te dije que es mi amigo y que iba a protegerle siempre.
Nash no contestó, pero soltó el brazo de la editora.
Su miedo no era al hombre enfermo que describía Margot.
Era al hombre de las cartas, al fantasma que había ocupado un rincón oscuro de su mente durante años.
Temía el instante en que el mito se hiciera carne y, sobre todo, temía la reacción que esa carne pudiera provocar en ella.
«Has llegado hasta aquí, ¿qué esperabas?», oyó la voz de su madre.
La puerta cedió, dejando a la vista una pequeña sala de espera con cuatro sillas de madera desparejadas y una mesita de centro cubierta de revistas profesionales.
Sentado frente a la puerta del despacho, que también estaba abierta, vieron a Benedict Newman, aunque la vieja lámpara Fase que derramaba su luz sobre el escritorio apenas permitía vislumbrar su rostro en la habitación, que permanecía en penumbra.
Fumaba un pitillo con intensas caladas. Lo apoyó sobre un cenicero de cristal verde cuando las vio entrar y procedió a ajustarse la corbata y a erguirse en su asiento.
—Está bien, Sylvie, haz pasar a nuestra clienta.
Nash, desconcertada, miró a Margot, que avanzaba hasta el interior del despacho y respondía:
—Claro, Colt. Pero, antes, ¿cómo te encuentras? Nos han avisado del hospital para decirnos que te habías ido...
—Oh, cariño, los hospitales no están hechos para tipos como yo. Soy más útil fuera que dentro. —Después sonrió tranquilo y de modo condescendiente—. No te preocupes, cielo, en serio, me encuentro bien. Y ahora, por favor, no hagas esperar más a nuestra clienta.
Nash asistía atónita a aquel espectáculo.
Ahora entendía la observación de la neuróloga, que había dicho que Benedict Newman no solo creía tener treinta y ocho años, sino que actuaba como si los tuviera.
El hombre que veía ante sí era el mismo que aparecía en las contraportadas de las novelas, pero no había rastro de la rigidez del sedentarismo en la forma en que se irguió en su asiento, ni la duda del convaleciente en el modo rápido y preciso en que sus ojos azules la escanearon.
Se movía, se comportaba, respiraba como un hombre muchísimo más joven. Los hombros erguidos, la mirada viva y azul, la precisión en los gestos, la masculinidad latente. Desde luego, no parecía alguien enfermo, drogado o desorientado.
Margot le indicó que entrara al despacho, pero ella negó, confundida.
Sin duda, todavía no estaba preparada. Aquel hombre era su padre.
Era el mismo que le había escrito una carta cada año el día de su cumpleaños, el mismo al que su madre había decidido abandonar antes de que ella naciera.
El hombre que había estado ingresando en una cuenta una cantidad ingente de dinero destinada a su educación y cuidado, y que su madre había mantenido en secreto.
La razón por la que en su lecho de muerte le había pedido a una amiga de confianza que destruyese cualquier vestigio de su relación con Benedict Newman.
Y ahora lo tenía delante, garabateando unas líneas sobre una libreta de tapas negras.
Alzó la cabeza, la miró y pareció sorprenderse al ver que seguía en la sala de espera.
—No sea tímida, señorita... —Miró a Margot esperando el apunte.
—Elizondo, señorita Nash Elizondo —respondió la editora mirando rogativa a los ojos de Nash.
Si el nombre significaba algo para él, no lo dejó traslucir.
—Adelante, señorita Elizondo. Verá que no nos comemos a nadie, y haremos todo lo posible por ayudarla.
Nash avanzó hasta entrar en el despacho con la sensación de hallarse en el interior de una vieja película hollywoodiense.
—Siéntese —le indicó él mostrándole un par de sillas de confidente—. Si no tiene nada que objetar, señorita Elizondo, Sylvie estará presente. Es de mi total confianza, tomará notas —dijo a la vez que aplastaba el cigarrillo en el cenicero donde ya se acumulaba un montón de colillas.
La editora se sentó en la otra silla mientras Newman escribía el nombre en su agenda.
Nash observó el modo en que este tomaba la pluma, encorvándose sobre el escritorio, y notó de inmediato la peculiaridad de su postura.
Giró la agenda en un ángulo pronunciado y, en lugar de deslizar la mano por el papel, la dobló por la muñeca en un gancho casi imposible, atacando la página desde arriba.
La pluma se movía bajo una presión firme, con la punta dirigida hacia su propio cuerpo mientras trazaba las letras del nombre de ella.
—Nash es un nombre curioso, no creo haberlo oído antes. ¿Es su verdadero nombre o es un apodo o algo así?
Nash no contestó.
—La señorita Elizondo es hija de Benedict Newman...
Él levantó la cabeza, interesado de pronto. Tomó el foco de la lámpara y lo proyectó hacia el rostro de Nash.
—No se parece a él. Supongo que esa belleza pelirroja se la debe a su madre.
Ella alzó una mano, protegiéndose los ojos.
—Perdóneme —se disculpó Star apartando el haz de su rostro—. Es usted de las pocas personas que podía sorprenderme conocer hoy, empezando porque no tenía noticia de que Newman tuviese una hija.
—Ni yo misma lo sabía hasta hace poco —respondió sin poder evitar cierto reproche en su voz.
Él la miró pensativo, calibrando si aquella información era de su incumbencia. Pareció decidir que no.
—No hace falta ser un lince para suponer qué razón la trae hasta mí.
—¿Ah, no?
—Por supuesto que no, señorita Elizondo. Su padre está siendo objeto de la misma persecución que yo, y probablemente detrás se esconden los mismos intereses.
—¿Qué intereses son esos?
Newman no contestó. Abrió el cajón que había a su izquierda y extrajo tres pequeños vasos y una botella de whisky.
Sirvió una buena ración de líquido ambarino y acercó los vasos a las mujeres.
Después, con calma, encendió otro cigarrillo, aspiró una densa calada, como si lo hubiera hecho toda la vida, y tomó un trago de su vaso.
—Que esté usted aquí pone de manifiesto que entiende que esa no es una pregunta fácil de responder.
La más evidente está clara: la corrupta policía de Ciudad intenta colgarnos el muerto o, mejor dicho, las muertas.
Y esto, créame, y lo sé por experiencia, va a suponer todo un reto, porque ese Barezzi y su ayudante pipiolo pueden llegar a poner las cosas muy difíciles a un hombre bueno, y su padre es uno de los buenos.
Y, por otra parte, tenemos al autor de esa barbarie, un demonio suelto en Ciudad, uno más.
—¿Te refieres al asesino de esas mujeres? —preguntó Margot.
—Un viejo enemigo. Ayer la policía me mostró unas fotos de los crímenes.
Creí reconocer el modo en que había atado los nudos de los fardos con los que se deshizo de los cuerpos.
Y aunque parezca mentira, pequé de incauto, creyendo que estaban pidiendo mi colaboración.
En menos de un minuto, la conversación dio un giro de ciento ochenta grados y me encontré con ese par de desgraciados intentando colgarme la autoría.
Estoy bastante seguro de que la conversación con su padre debió producirse en términos muy parecidos.
Colt apagó el cigarrillo que apenas había empezado, como si de pronto necesitara tener las manos libres.
—No dejo de preguntarme por qué razón. El pipiolo no tiene experiencia, aunque es una bestia parda; es uno de tantos vagos que acaba en la policía de Ciudad porque piensa que así se garantizará quince pagas y un mes de vacaciones.
Pero el Lobo es de otra calaña. Su padre también era policía, procede de una estirpe de obsesivos desalmados que medran colgándose medallas.
Me preocupa porque es de esos que, cuando atrapan a su presa, no la sueltan.
Se inclinó hacia delante, clavando los ojos azules en los de Nash.
—¿Dónde está su padre ahora?
—Benedict Newman debería estar en el hospital... —respondió Nash con intención.
Colt Star se indignó, transformando su rostro.
—¡Malditos bastardos! No me extraña que me hayan abierto la cabeza si han sido capaces de mandar al hospital a un hombre tan íntegro como Newman.
—Apretó el puño y después estiró lentamente los dedos.
Se los quedó mirando con una concentración intensa, como si el gesto lo hubiese traicionado, como si no le perteneciese. Luego miró a Nash.
—¿Usted lo conoce bien? —preguntó esta, interesada por la clase de respuesta que daría.
—Supongo que lo conozco hasta el punto en que un hombre conoce a otro.
Desde hace años escribe mis casos, mantenemos una relación casi epistolar.
No me gusta comentar los casos una vez que los he cerrado, así que le paso mis notas.
A veces hablamos brevemente para aclararle alguna cuestión.
No somos amigos íntimos si eso es a lo que se refiere.