11
Noche en Ciudad
—Perdón —las interrumpió una voz masculina.
Ambas se volvieron en dirección al hombre que se había detenido en el umbral. Tendría treinta años a lo sumo. Era tan alto como Nash, y el cabello corto, abundante y negro le caía sobre la frente de un modo estudiado.
—No quería molestar, pero he visto la luz desde la casa de invitados y he pensado que quizá por despiste me la había dejado encendida.
—Karim —saludó Margot poniéndose en pie mientras el secretario de Newman avanzaba hacia el interior de la estancia—. Nash, Karim es el secretario de Benedict. Karim, te presento a Nash Elizondo; es la hija de...
—Sé quién eres —cortó él mientras tomaba la mano que Nash le tendía. Le sonrió, mostrando una dentadura perfecta e ignorando a Margot—. Rojo —murmuró embobado señalando su pelo—. No sé por qué, lo había imaginado oscuro, como el de Newman. —Parecía genuinamente arrobado.
—Mi madre era pelirroja —contestó Nash divertida.
—Pues tu madre debió de ser una mujer preciosa. Sé que falleció hace poco, lo siento.
Nash se sintió incómoda mientras susurraba un «gracias» casi inaudible.
Nunca sabía qué decir ni qué hacer cuando le daban el pésame.
A veces se preguntaba cuánto tiempo duraría aquello, cuánto tiempo después se sigue dando el pésame a alguien que ha perdido a un ser querido.
«¿No había un tiempo límite, como para felicitar el Año Nuevo? »
Margot salió al rescate con una catarata de preguntas mientras consultaba su reloj.
—¿Vienes ahora del hospital? ¿Cómo está Benedict? ¿Han dicho algo más los médicos?
—No, hace rato que he llegado. Iba a acostarme y he visto la luz. Cuando Robert ha llegado para sustituirme, ha salido la jefa de enfermeras y nos ha dicho que Benedict aún estaba bajo los efectos del calmante que le habían puesto para la migraña; seguía dormido.
—Oh. —La editora pareció desinflarse—. Justo hablábamos de él. Trataba de dibujar para Nash un perfil de su padre. La he traído aquí porque creo que este lugar le representa bastante bien.
Él observó alrededor, casi como si viera el lugar por primera vez.
—Tú has trabajado a diario con él en los últimos meses —dijo Nash.
Karim asintió.
—Llevo seis años siendo su secretario, y hace cuatro que Benedict inauguró la fundación cultural que lleva su nombre, ha sido un gran éxito y nos está dando bastante trabajo, así que, cuando decretaron el confinamiento, decidimos que quedarme en la casa de invitados era lo más acertado.
—¿Has notado algún comportamiento fuera de lo habitual? A los médicos les interesa saber si ha tenido migrañas, si has reparado en que tuviera algún tic, un movimiento repetitivo.
—Sí, he hablado con ellos. El gesto que hace con la mano lo ha tenido siempre, nunca pensé que fuera un tic. Es verdad que se quedó un poco débil después del ataque del año pasado, pero se recuperó muy rápido. Hace bastante ejercicio, camina y nada a diario.
—Está estupendo —estuvo de acuerdo Margot.
—Hubo un par de cosas —propuso pensativo Karim—. En su momento no le di importancia y lo cierto es que tampoco puedo saber si es algo de los últimos tiempos o siempre ha sido así, porque lo observé al quedarme a vivir aquí durante el confinamiento.
Las dos esperaban expectantes, y Nash supo que era una táctica estudiada.
Hubo algo en el silencio que siguió, en la manera en que Karim esperó a que lo miraran, que a Nash le recordó vagamente el modo en que ella misma, en las periciales, sabía retener un dato para soltarlo cuando más peso tuviera.
Karim tenía un atractivo mediterráneo muy marcado, con su piel bronceada y su sonrisa de anuncio.
A pesar de que, según él, estaba a punto de acostarse, llevaba un traje italiano bastante ceñido, una camisa ajustada que dejaba traslucir su musculatura bajo la tela y, aunque no llevaba corbata, Nash habría jurado que acababa de perfumarse.
—Puede que Benedict sea sonámbulo —dijo al fin—. Desde la casa de invitados se ve el ventanal del despacho y más de una noche la luz estaba encendida a altas horas. Después, cuando le preguntaba si había trabajado de madrugada, siempre lo negaba.
—¿Sonámbulo? No lo sabía. Las personas que lo son suelen tener constancia —observó la editora.
—Pues me llegó a contar que en ocasiones encontraba texto escrito de su novela, texto que no recordaba haber escrito —añadió Karim.
—¿Les has dicho todo esto a los médicos? —preguntó Nash.
—No, la verdad es que es algo que he recordado ahora, al volver a ver la luz del despacho encendida cuando se suponía que no debería haber nadie aquí.
—Creo que es importante que lo comentes con su neuróloga.
Elisa entró en los dominios de Newman llevando en la mano un teléfono inalámbrico, y la preocupación reflejada en su rostro.
—Es Robert, desde el hospital. —Se detuvo ante ellos mientras tendía el teléfono y miraba, dudosa, a Nash y a Margot sin saber a cuál de las dos dárselo.
Fue Margot la que lo tomó.
—Margot, es Benedict —dijo Robert—. Ha desaparecido.
—¡Oh, Dios mío!
Nash se acercó al auricular para poder escuchar lo que decía Robert. La editora puso el altavoz.
—Falta su ropa y sus zapatos. Ya han avisado a la policía local y lo están buscando por las instalaciones y los alrededores. El calmante que le habían dado era muy fuerte y creen que puede estar desorientado.
—Pero ¿cómo es posible? —se indignó Margot—. ¿Una persona en su estado, ingresada en un centro hospitalario, y desaparece?
—Lo peor es que no saben precisar desde qué hora falta de la habitación.
Una enfermera pasó a verle antes del cambio de turno y estaba dormido.
Más tarde, otra que hacía la ronda creyó verlo, pero han comprobado que era un bulto de almohadas y mantas.
Yo salgo ahora mismo hacia allí. Pienso que lo más probable es que intente llegar a casa —terminó Robert. Todos estuvieron de acuerdo.
Margot cerró los ojos un instante.
—Un bulto de almohadas... —susurró, casi con una mueca de admiración amarga—. No es solo una fuga, es una puesta en escena. Es la clase de truco que escribiría en una de sus novelas.
Cuando colgaron la llamada, Nash observó a Margot y a Karim, preocupada.
—¿Qué hacemos?
—Yo voy a salir a buscarle con el coche —dijo Karim—. Si viene caminando, tiene que subir toda la colina y solo hay un camino que serpentea entre las casas.
—Sí, es una buena idea —aprobó pensativa la editora mientras Karim salía corriendo hacia el garaje.
Nash observó a Margot. Había abandonado la copa de vino y, con las manos en las caderas, tenía la cabeza un poco inclinada y los ojos entornados.
Su mirada recorrió el despacho como si buscara una respuesta en el aire, hasta que se detuvo en una de las fotografías de la estantería: la de ella y Benedict, posando como Colt Star y su secretaria.
Una chispa de reconocimiento brilló en sus ojos. Se irguió de golpe.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Nash.
Margot no le contestó. Se volvió hacia el ama de llaves.
—Elisa, tú quédate aquí. Alguien tiene que permanecer en casa por si regresa. Si lo hace, llámame inmediatamente. Nash, tú ven conmigo. Se me ha ocurrido algo. Quizá me equivoque, pero...
Antes de salir del despacho, la editora tomó de la estantería la foto en la que aparecía junto a Newman, la observó un instante y volvió a dejarla en su lugar.
—Vamos en tu coche —dijo arrastrando a Nash fuera del despacho.
Margot no volvió a decir nada hasta que hubieron traspasado el portón de la finca.
—Es solo una corazonada. Antes te dije que no era tan raro que en su delirio Benedict me tomase por su secretaria.
Nos pareció divertido que en esta foto su editora tomara el rol femenino de secretaria, tan habitual en las novelas de detectives, y siguiendo el juego de la secretaria de Colt Star, a veces él me llamaba Sylvie.
Cuando nos lo propusieron, a Benedict le encantó la idea, pero insistió en ocuparse personalmente de decorar el set para la fotografía.
No le satisfacía, así que finalmente optó por alquilar una oficina real y habilitarla como se describe en sus novelas: la zona para recibir a los clientes, una pequeña sala de espera y un miniapartamento con una cama plegable.
La sesión de fotos fue increíble, pero después Benedict decidió quedarse el despacho.
Antes de la pandemia, en ocasiones iba allí a escribir.
—¿Ese lugar existe?
—Está en la calle Mayor. Hasta hicimos tarjetas de visita con un pequeño revólver y el nombre de Colt Star. Por eso creo que si Benedict ahora siente que es Colt...
—Es probable que haya ido allí —terminó la frase Nash mientras introducía la dirección en el navegador del coche.