Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 10 #3
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—Como Colt Star —dijo Nash pensativa—. Volviendo a los casos de los que te hablé antes, aunque Béla Lugosi poco podía tener en común con el conde Drácula, sin duda se enamoró del personaje.

Se identificaba con él; de algún modo se sentía liberado cuando interpretaba, incluso puede que le permitiese mostrar facetas de su personalidad que no asomaban cuando era el actor.

—Pues eso no tiene nada que ver con la relación entre Benedict y Colt.

—La editora meneó la cabeza negando—. No te dejes confundir por esa foto.

Benedict jamás lo reconocerá en público, porque Colt Star le ha hecho millonario, pero Benedict creó a Star para burlarse del hard-boiled .

El Star de los inicios era machista, trasnochado, duro y rancio.

¡Joder, si hasta su nombre está compuesto por la marca de un revólver y de una pistola!

—Es verdad —asintió Nash.

—Cuando publicó la novela y obtuvo semejante éxito, no se lo podía creer, y tengo que confesar que fue una sorpresa en el mundo editorial, pero el público enseguida lo adoró.

Entonces yo no era su editora, pero su historia es una leyenda del mundo editorial.

Benedict me contó que habían transcurrido pocas semanas desde la publicación cuando la editorial se reunió con él; los lectores querían más, los índices de ventas se habían disparado y las cesiones para traducciones internacionales llovían a diario.

Pero lo que terminó de convencerle fue que las ventas de sus otras novelas, más literarias y que, a pesar de gozar de una excelente crítica, habían tenido ventas irregulares, comenzaron a moverse también.

—Bueno, supongo que es algo que le habrá pasado a más de un escritor, que de pronto triunfe un personaje que no se esperaba, pero asumo que el éxito profesional y económico debe ser suficiente estímulo como para animarte a escribir más.

—Aun así, no fue fácil convencerle. Mencionar la posibilidad de que siguiera escribiendo las aventuras de Colt Star era como hablar de míster Hyde con el doctor Jekyll: Benedict lo detestaba.

Así que hizo lo único que un creador puede hacer con un monstruo al que no puede matar: intentó darle un alma.

Esos cuadernos de bitácora en los que filosofa sobre sus casos, esa moral inquebrantable que le añadió después...

No eran para los lectores, Nash. Eran para él.

Eran el intento del doctor Jekyll de ponerle una correa a míster Hyde, de obligarle a tener una conciencia.

Margot hizo girar el tallo de la copa entre dos dedos. Nash esperó, consciente de que todavía había más.

—Por eso hay algunas diferencias entre la primera novela y las siguientes.

Poco a poco lo fue dotando de moral propia y de unos principios inamovibles a los que Colt Star es fiel: es íntegro, no miente jamás, odia la corrupción policial sobre todas las cosas.

En el ámbito personal tiene sus propias reglas y no es mala persona.

Es peculiar, es difícil y está convencido de que respeta a las mujeres, pero de aquella manera.

—¿Y no se parece en nada a Benedict Newman?

—Colt es genial a su modo, a mí me encanta, pero es otro tipo de masculinidad, de lenguaje, de moral.

Tiene treinta y ocho años, está soltero, le gustan las mujeres, todas.

Se alimenta de café, huevos fritos, beicon y tostadas, tortitas de arándanos y pastel de manzana, y cuando cobra por un caso, se da un festín para celebrarlo con un bistec con patatas y maíz asado.

Y no sabe freír un huevo. Todo lo engulle en cafeterías de Ciudad, gasolineras abiertas hasta altas horas de la madrugada, drugstores y bares de carretera.

Jamás cocina, no le interesa ni le impresiona el lujo ni el refinamiento.

—Está claro que en eso no se parecen —dijo Nash lanzando una mirada alrededor.

—Benedict tiene dos casas más, una en Beverly Hills y otra en Bahamas, preciosas las dos.

Colt tiene casa porque tener un despacho para su trabajo es un trámite.

Aterriza en su apartamento o en su oficina para descansar, pero su vida transcurre en las calles de Ciudad, y las conoce bien.

Solo bebe whisky. Despierta con resaca cinco días de cada semana.

Fuma muchísimo. Se ducha a diario y se viste como se espera de un detective, pero jamás se perfuma.

Se insinúa a las mujeres y parece siempre dispuesto, aunque nunca con las clientas, y en veinte novelas solo se ha medio enamoriscado un par de veces, siempre de chicas malas, y nunca ha ido de putas.

—¿Y Newman? ¿Cómo es en el plano romántico? Por lo poco que he podido intuir de su relación con mi madre, parece que era bastante mujeriego.

La editora curvó los labios y juntó las cejas en un gesto de extrañeza.

—A ver, no es que sea un monje ni nada por el estilo.

Tiene miles de fans y, por supuesto, las mujeres se le acercan con interés.

Pero en estos años no ha habido ninguna relación que prosperara.

Lo que trato de decirte es que no es su personaje.

El gran amor de Benedict Newman es la literatura, y el gran amor de Colt Star también es su trabajo, pero lo lleva como una condena, como si estuviera destinado desde su nacimiento a ser un pacificador.

Se mezcla con los bajos fondos, desciende al lodo, se mete en líos, parece que se romperá en pedazos, a veces se ensucia las manos, pero se las arregla para salir intacto.

Es puro estoicismo, como escribió Marco Aurelio.

Da igual cuánto tiempo arrastres una esmeralda por el fango, nunca perderá su color ni su brillo, porque es algo intrínseco.

Nash asintió, valorando el peso de lo que Margot contaba.

—Y en la primera novela era todavía peor —agregó la editora.

—Ya lo entiendo, pero creo que, aun así, escribir sobre un personaje que es totalmente diferente a ti puede ser una especie de vía de escape psicológica.

—Hace muchos años que conozco a Newman y ya te digo que no necesita nada de eso.

Pero es cierto que Benedict encontró una fórmula que le permitió mostrar otra cara del personaje, y en la segunda novela, Star comienza a escribir una especie de cuaderno de bitácora que narra su viaje personal en cada caso que investiga.

Como en un diario, aunque recoge más el pensamiento que las acciones, que, por otra parte, ya las va desgranando el lector según avanza.

En esos cuadernos, Colt Star muestra la complejidad de la aparente simplicidad de su vida; se revela, solo en privado y únicamente en esos cuadernos, como un hombre sensible, con una moral impecable y que se conoce a sí mismo, poniendo de manifiesto la importancia de la narrativa interna, el ser capaz de contarse, de encontrar el inicio de tu propia historia.

—¿Y no crees que eso procede más de Benedict que de Colt Star?

—Por supuesto. Ha tenido que ir dotando al personaje de atribuciones que lo hicieran tolerable para él.

Por otra parte, además de permitirle estar en paz con el detective Star, le da una atalaya para hablar sobre algo que Benedict defiende a ultranza en la literatura y en la lectura: la pérdida de la narrativa.

Este fue el germen que lo llevó a crear su fundación y a su gran pasión: seguir promulgando esto entre las generaciones de escritores más jóvenes.

—La Fundación Newman —apuntó Nash.

—Las becas de la fundación son muy prestigiosas.

Al principio, Benedict se ocupaba personalmente de la selección, pero el volumen de solicitudes aumentó tanto que pronto tuvieron que contratar a un editor externo para hacer el cribado general.

Siempre según los criterios de Benedict, claro.

Aun así, en la última fase él siempre revisa algún trabajo, alguna de las propuestas que más le llaman la atención, y a menudo pide reunirse con algunos de los autores.

Le encanta descubrir nuevas voces. Muchos de los becados acaban publicando en las mejores editoriales.

—Margot hizo una pausa—. Cuando Benedict está escribiendo, como este último año, es Karim quien se encarga de la selección junto con el editor externo.

Hace poco Benedict me habló de un chico brillante de la última convocatoria, que había escrito un ensayo sobre criminología victoriana.

Supongo que el covid les habrá obligado a replantear algunos de los programas de la beca.

Nash asintió, procesando la información.

—Pero si lo odiaba, ¿por qué siguió escribiendo sobre el detective Star?

—Porque, además del gran éxito, poco a poco Benedict descubrió el placer de escribir sobre Star. Digamos que ha ido congraciándose con un personaje que inicialmente le resultaba odioso. Él nunca lo admitirá, pero es así, es lo más alejado que puedas imaginar de un alter ego .