Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 10 #2
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Nash contempló la estancia, tan despejada y limpia como un laboratorio, rodeada de ventanas por las que ahora se veían retazos de césped verde artificialmente iluminado.

Se preguntó cómo sería de día, cómo sería cocinar allí, y casi al instante se reprendió: «¿Qué estaba haciendo?

». No era su casa, ni siquiera tenía derecho a estar allí.

Por mucho que Margot y Robert insistieran en que a Benedict le habría gustado, se sentía tan incómoda como un vampiro que ha entrado sin invitación.

Suspiró abrumada, y como si eso fuera una señal, Margot tomó la botella de vino a la vez que salía de la habitación, invitándola a seguirla.

Cuando alcanzaron el otro extremo del pasillo, la editora abrió una puerta y accionó la luz, pero en lugar de entrar retrocedió cediéndole el paso.

Al traspasar el umbral, Nash supo por qué.

Al igual que el camino de acceso a la casa o la ventana de ojo de buey de la cocina, todas las estancias de aquella mansión parecían concebidas con un propósito teatral y, en cierto modo, dramático.

La sala, una elipse perfecta, se elevaba en una bóveda coronada por un lucernario que cuadraba en su centro. Todas las paredes, a excepción de la que se abría al jardín en un amplio ventanal, estaban vestidas de libros del suelo al techo, como una piel de conocimiento.

Salvo por una escalera con ruedas, que se apoyaba a media altura en un carril de bronce que circundaba toda la sala, solo dos muebles ocupaban el centro exacto del espacio: un sillón Eames de cuero negro y una lámpara de lectura tan fina que resultaba casi invisible a su lado.

Esta vez fue Nash quien cedió al impulso. Acariciando con la punta de los dedos los lomos de los volúmenes, trazó la elipse completa hasta regresar al lugar donde había comenzado. Margot la esperaba, con una sonrisa en los labios, una mezcla de triunfo y comprensión.

—Impresionante, ¿verdad?

No era una forma extraña de conocer a alguien, pensó Nash.

Era, en muchos sentidos, la más honesta.

En su trabajo había aprendido que lo que una persona atesora, el modo en que dispone los objetos a su alrededor, lo que elige guardar y lo que elige esconder, revela más de quién es que todo lo que pudiera contar de viva voz.

Recorrer aquella elipse era leer a Benedict Newman antes de haber compartido con él una sola mirada, un solo silencio, un solo día bajo el mismo techo.

Antes, incluso, de saber si alguna vez llegaría a hacerlo.

—Es increíble... Pero me ha parecido que no hay ni un solo libro suyo.

—Cierto, aquí no —dijo la editora yendo hacia el vértice opuesto de la elipse. Entregó su copa a Nash para empujar una sección de la estantería que cedió, poniendo de manifiesto que se trataba de una puerta escamoteada.

—Lo que me habría divertido aquí de pequeña —dijo Nash tendiéndole de nuevo la copa a la vez que entraban en el despacho de Benedict Newman.

Margot encendió las luces, apareció una habitación que volvió a asombrar a Nash.

Era un espacio amplio, dominado por tonos oscuros: las paredes, de un color intermedio entre gris marengo y ceniza.

La sobriedad de club inglés masculino de la estancia contrastaba con la cálida luz dorada, casi navideña, que se derramaba desde librerías de nogal exentas de cristal.

Los estantes albergaban decenas de ediciones de todas las novelas de Newman en cuarenta idiomas.

Margot le mostró algunas: en ruso, francés, alemán, portugués y hebreo, las peculiares ediciones japonesas, tan pequeñas, y las coreanas, tan meticulosas.

Cubrían todas las paredes a excepción de la gran cristalera y del espacio frente a ella, ocupado por un imponente espejo veneciano.

El escritorio, también de nogal y de líneas modernas, reposaba sobre una gran alfombra negra y de espaldas a la cristalera. Gruesos cortinajes de color borgoña colgaban a los lados desde lo alto de la vidriera.

Nash rodeó el escritorio con cierta liturgia y, manteniéndose a una distancia prudencial, estudió lo que había sobre la mesa: un secante de cuero que cubría casi toda la superficie, una pluma estilográfica, un bloc de notas negro, una pantalla de grandes dimensiones y un teclado perfectamente alineado en el centro del secante.

Espoleada por el interés de Nash, Margot encendió la lamparita de metal, que iluminó todos los objetos de la mesa.

—¿Qué piensas?

—Que es muy ordenado —contestó Nash.

—Sí, lo es, y muy disciplinado también. Creo que es imposible que un escritor alcance las cotas que ha alcanzado él si careciese de disciplina.

Del mismo modo que había hecho en la biblioteca, recorrió la estancia deteniéndose a mirar los pocos objetos que había entre los libros, pero esta vez sin tocar nada. La editora rellenó su copa y retrocedió hasta un sofá de terciopelo granate y respaldo bajo. Se sentó para observarla desde allí.

—¿Y los premios? —preguntó Nash—. Leí que ha recibido muchos, pero no veo ninguno.

—La mayoría los tiene guardados, no le gusta exhibirlos ni verlos.

A veces los sacamos para los posados en los periódicos y revistas.

Tiene enmarcado el diploma del Princesa de Asturias —dijo señalando una de las estanterías—, el Gold Dagger y alguno más, pero la mayoría están recogidos.

Es algo muy propio de su carácter. Dice que está bien que te los den y saber que los tienes, pero hay algo de onanismo y, de alguna manera, de estorbo en estar contemplándolos a la vez que trabajas.

—Curioso —juzgó Nash.

—Y raro también. La mayoría de los escritores que conozco están tan pagados de sí mismos que estoy segura de que, si tuvieran los premios que ha cosechado tu padre, dormirían con ellos.

Nash intentó cambiar de tema para disimular su desazón. Le ocurría cada vez que Margot se refería a Benedict Newman como su padre.

—Háblame de Colt Star y los aspectos en común con Benedict Newman. Durante la comida sugerí que en ocasiones un personaje podía ser un alter ego , pero para que ocurra debe haber, además de entrega al personaje, una gran admiración, o al menos la sensación de que el personaje te mejora.

Margot se echó hacia atrás, abriendo los brazos a ambos lados sobre el respaldo del sofá, a la vez que pensaba la respuesta.

—No, para nada.

—¿Cómo es Benedict?

—Benedict es un tipo encantador, y ya has visto su casa. Elegante, sofisticado, educado y muy amable, y como casi todos los escritores notables que conozco, reservado, incluso diría que tímido, algo excéntrico...

—No hace falta que lo jures. Para su primer contacto con una hija a la que no había visto en más de treinta años, envió a su mayordomo.

—Robert, mi señor Darcy —sentenció la editora.

Nash sonrió.

—Supongo que es la clase de cosas extravagantes que se hacen si eres millonario.

—No creas, conozco a otros escritores ricos y ninguno tiene un mayordomo.

—¿Y esta excentricidad es de los últimos tiempos? En ocasiones, esa clase de comportamientos chocantes son señal de que algo comienza a ir mal. Inicialmente, las salidas de tono se toman como una actitud original o extravagante, pero son síntomas.

—Elisa lleva toda la vida cuidando de él y de su casa, y tiene mayordomo desde que lo conozco.

Antes tenía otro, Bastian. Era estirado, viejo y más feo que un dolor, pero tan impecable y eficiente como pueda ser un mayordomo inglés.

¿Sabías que se forman en una exclusiva academia para mayordomos en Reino Unido?

—Sí, lo había leído.

—Los tipos se comportan como si estuviesen en Buckingham Palace.

A Newman le gusta, supongo. Bastian no me caía bien, creo que yo a él tampoco.

Cuidaba a la perfección de la casa y de Newman, pero reconozco que me intimidaba un poco.

Era tan exquisito y silencioso como un jaguar.

Cuando él estaba presente, me hacía sentir torpe y ruidosa como un caballo percherón.

Nash asintió, sonriendo y entendiendo a qué se refería. A menudo se sentía así cuando acudía a actos destinados a recaudar fondos para la universidad y tenía que explicar a políticos y financieros la importancia de la psicología forense.

—Ya te he dicho que era muy viejo. —Se detuvo para tomar un trago y continuó—: Se jubiló y llegó Robert, mi señor Darcy, altivo, controlado, tan atractivo.

Nash ladeó la cabeza, encogiéndose levemente de hombros.

—¿Qué? ¿Que no está bueno? —se extrañó Margot.

—No sé, no es mi tipo —contestó mientras pensaba en Laurent Herzog y su masculinidad gozosa y manifiesta. Cerró brevemente los ojos y tomó aire para borrar la imagen mental—. Reconozco que está bien, pero es demasiado estirado para mí.

—Si Robert te parece estirado, tendrías que haber visto al otro.

Nash continuó su paseo y se detuvo frente a las estanterías.

Observó que había algunas fotos, pocas, la mayoría de Newman con Margot.

Le llamó la atención una en particular: Benedict Newman aparecía vestido como un detective de época y Margot llevaba un traje de chaqueta en el más puro estilo de los años cincuenta.

Posaban en lo que parecía el decorado de una película de Humphrey Bogart.

Él miraba al objetivo, sentado en una silla giratoria tras una mesa de despacho algo desvencijada.

Sobre la superficie, un teléfono negro, un secante de piel.

Había además un fichero de metal a su izquierda y un viejo ventilador de hélice.

Ella llevaba el cabello muy bien arreglado bajo un pequeño sombrerito y permanecía de pie, con una mano apoyada levemente sobre el respaldo de la silla en la que se sentaba Newman y sosteniendo en la otra una carpeta de cartón.

Todo lo que uno podía esperar del despacho de un detective privado.

—¡Me encanta esa foto! —exclamó Margot—. Cuando se cumplieron veinte años de las novelas de Colt Star, Publishers Weekly nos convenció para posar así para su portada.