10
Noche en Ciudad
Margot, solícita, se empeñaba en rellenar la copa de vino pese a que habían terminado de cenar hacía rato.
Nash la llevó, sin probar un sorbo, hasta el vasto ventanal y se sumió en la contemplación de la luz anaranjada que, como un eco de Elbete, le traía la añoranza de las Mitxelena y la gata Amy, la extraña familia con la que ahora contaba, como si siempre hubiera sido así.
Los haces, tamizados por la espesura del bosquecillo, aquel que ya la había cautivado al llegar, se derramaban en cúmulos, pequeñas constelaciones de verdor que contrastaban con la oscuridad casi absoluta del exterior.
Lo primero que le había impresionado fueron las copas inmensas de árboles viejos, que sobresalían sobre un muro gris tapizado de liquen blanco y rojizo, como un soldado británico.
El número de la calle, diminuto en comparación, casi le había resultado invisible junto al portón de acceso, oscuro y sin fisuras en su estructura que permitieran atisbar, ni por asomo, lo que guardaba en su interior.
Detuvo el motor del Mustang y, antes de bajar del vehículo, comprobó en su teléfono móvil la ubicación que Margot le había enviado.
Vio entonces, casi oculto entre las piedras del muro, un timbre provisto de cámara.
Extendió una mano hacia la tecla, pero antes de que llegara a tocarla, la puerta comenzó a abrirse en absoluto silencio.
Fue como si la propia finca, consciente de su llegada, hubiera decidido por ella que aquel era un umbral que estaba destinada a cruzar.
Al frente apareció una pista que serpenteaba entre los árboles, tan profusos que asemejaban una pequeña selva. Avanzó dejando a la derecha una casita de dos plantas que parecía rescatada de un cuento clásico de los Grimm.
A lo lejos, entre la frondosidad, se adivinaban los tejados de pizarra y las galerías acristaladas de otras fincas, casonas de un estilo colonial que recordaban a las que construían los viejos indianos, testigos mudos de fortunas hechas al otro lado del mar.
Llegó a una glorieta que, en torno a una fuente, presidía la entrada de la casa principal.
Aquel recorrido, propio del acceso a Manderley, estaba estudiado para que fuese menos impactante encontrar esperando al pie de la escalinata al mayordomo y a una mujer de unos sesenta y cinco años que, por su indumentaria, no podía ser otra que el ama de llaves.
Robert la presentó como Elisa. Vestía de un negro impecable que, sin embargo, no lograba disimular su figura oronda, acentuada por su escasa estatura.
El cabello, de un negro tan intenso que Nash supuso que era producto de un tinte, solo cobró sentido al ver sus ojos: oscuros y brillantes como dos barriles destinados a recoger agua de lluvia, profundos.
La mujer sonrió, y en esa mirada Nash percibió una serenidad que le gustó. No era la quietud de la sumisión, sino la de un río caudaloso que oculta sus corrientes. Aquella mujer había visto cosas y sabía cómo guardarlas.
No hubo manera de impedir que Robert cargase con su equipaje: una maleta, una pequeña bolsa de viaje y el voluminoso maletín de aluminio provisto de cerradura, donde guardaba su ordenador y los secretos que su madre le había ocultado durante toda su vida.
Robert abrió la puerta del dormitorio y la invitó a pasar. Al cruzar el umbral, Nash lo sintió a su espalda mucho más cerca de lo que la cortesía exigía, y por un instante, antes de que él hablara, el silencio tuvo una densidad extraña. Después Robert dijo:
—Celebro que hayas decidido quedarte aquí.
Solo siento no poder enseñarte la finca.
Me iré en cuanto estés instalada; relevaré a Karim en el hospital esta noche, pero ya está todo dispuesto para que estéis cómodas.
En una media hora, Elisa os servirá la cena a Margot y a ti.
Imagino que estarás cansada, ha sido un largo día.
Nash asintió y le dio las gracias, pero no dijo nada más.
Sonreía, impresionada por la sensación de ser atendida de aquel modo distante, elegante, en que Robert hacía parecer un acierto de ella lo que había sido propuesto por él.
Se quitó el vestido azul que había llevado todo el día, lo cambió por unos pantalones cómodos y una blusa y bajó la escalera, mientras pensaba si llegaría a entender la particular relación que podía darse con alguien que te asiste así.
Se volvió hacia el interior del salón para mirar a Margot y regresó súbitamente al presente.
—Cuando Robert me habló esta mañana de la casa principal, creí que se trataba de un eufemismo propio de sus modales.
La editora sonrió asintiendo.
—Sí, es una finca impresionante. De hecho, hay dos edificaciones más: la casa de guardeses que habrás visto nada más entrar y, en la parte de atrás, un pabellón de invitados.
Creo que desde tu habitación se ve. Durante el confinamiento, Karim se instaló allí para minimizar los riesgos y poder seguir trabajando con Benedict.
Mañana, de día, si quieres, podemos dar un paseo.
—¿Y Robert y Elisa viven aquí?
—Sí. Robert en el área principal, cerca del dormitorio de Benedict desde el ataque del año pasado, y Elisa en un apartamento que hay en otra ala de la casa.
Nash caminó hacia el interior a la vez que estudiaba la estancia. En una de las estanterías que ocupaba un lugar central había, casi expuestos, unos cuantos ejemplares de la última novela de Newman.
—Me esperaba más libros —dijo recorriendo con la mirada los escasos anaqueles en los que se exhibían pocas, pero exquisitas, piezas de cristal de Murano.
No era solo la ausencia de libros; era la extraña quietud, imposible en casa de un creativo.
El silencio perfecto, el orden milimétrico de los objetos de cristal, la falta de cualquier rastro de vida cotidiana.
Aquella no era una casa que invitara a quedarse, sino un espacio diseñado para ser admirado a una distancia respetuosa. Y ella había cruzado esa distancia.
—¡Oh, claro, no has visto la biblioteca!
Benedict exhibe en el salón únicamente su último libro en su edición más reciente.
Se me olvidaba que Robert no ha podido enseñarte la casa —dijo poniéndose en pie—.
Trae tu copa y sígueme —indicó tomando la suya en una mano y la botella de vino en la otra—.
Lo primero que tienes que ver para entender esta casa es el templo de Benedict.
Nash la siguió hasta el hall y desde allí, por un pasillo, hasta una puerta batiente coronada por una ventana de ojo de buey. Margot la empujó con la cadera a la vez que alzaba la voz.
—Con tu permiso, Elisa.
Nash sostuvo la puerta oscilante y entró en la habitación tras la editora.
Dudó de qué clase de lugar era aquel. La pieza era alargada y todas las paredes daban al exterior, culminando en un mirador semicircular coronado por una cúpula de cristal que miraba hacia el jardín iluminado.
Vio que Elisa se levantaba de un banco que recorría el perímetro de los ventanales y venía hacia ellas a la vez que decía:
—Adelante.
Los muebles, todos bajos, se repartían en el centro del espacio y eran una sucesión de mostradores de madera oscura con encimeras de mármol blanco veteado en negro.
Solo cuando avanzó lo suficiente se dio cuenta de que se encontraba en una cocina.
Las líneas rectas y las superficies lisas se sucedían bajo una invisible tira de neón ámbar que las iluminaba desde el techo.
Margot dejó la botella de vino sobre una encimera y recorrió la habitación llevando en una mano su copa, a la vez que dejaba que las puntas de los dedos de la otra se deslizaran sobre el mármol lustrado.
Cuando Nash fue tras ella, vio que había un fogón de gas de ocho fuegos, una plancha de acero, un horno de convección y otro de vapor, un baño maría y una colección de tablas de cortar por las que Beth habría matado.
Margot se detuvo ante los fogones.
—Llevo años intentando convencerlo de que pose cocinando. Sería portada de tres o cuatro publicaciones de las más relevantes y a sus lectores les encantaría, pero no hay manera. Dice que esto pertenece a su ritual privado.
—¿Su ritual? ¿Para qué? —preguntó Nash.
—Para descansar, para desconectar —intervino Elisa— y para inspirarse. Cuando está escribiendo, apenas sale de la propiedad. Hace ejercicio, da un paseo por el bosquecillo o nada en la piscina climatizada, pero prácticamente no hace otra cosa que escribir, y de vez en cuando para y cocina.
—Descansa cocinando, y no cualquier cosa. Platos superelaborados, propios de un restaurante estrella Michelin, ¿te lo puedes creer? —La editora sonrió.
Nash no contestó. Pensaba en su propia cocina. Excepto en la cama con un buen colchón, un sofá y un televisor, apenas había invertido dinero en amueblar su casa; sin embargo, la cocina se había llevado un buen pellizco de sus ahorros, para desazón de su madre.
«¿Por qué querría alguien invertir tanto dinero en una cocina cuando apenas cocina?
», le había recriminado. Y de pronto, una idea absurda y helada le recorrió la espalda.
Aquella inversión desmedida en su propia cocina, aquel impulso que nunca había entendido del todo...
¿Sería posible que fuera un eco? ¿Una herencia invisible de este hombre que cocinaba para inspirarse, para huir, para encontrarse?
—¿Qué suele cocinar? —preguntó a Elisa para escapar de sus recuerdos.
—Casi siempre pescado, sobre todo bacalao. Debe de conocer unas mil recetas. Siempre le digo que debería escribir un libro de cocina —explicó Elisa.
La editora alzó las cejas y su copa hacia Elisa.
—Esa es una magnífica idea. No entiendo cómo no se me ha ocurrido a mí —exclamó.