Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 9
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Hay un momento en que el cazador comprende que también es presa, lo que hagas en ese instante te define.

B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran

Noche en Ciudad

Existe un momento, un instante que podría ser igual a otro, pero que no lo es y lo cambia todo.

Es el segundo en el que has tomado tu decisión.

El mío se produjo al despertar en aquel hospital.

Lo primero que sentí fue la densidad de aire; cada bocanada parecía impregnada del olor a desinfectante y a la indiferencia de un lugar donde los sueños van a morir; casi pesaba.

Observé a mi alrededor, la habitación estaba vacía, pero no me dejé engañar: siempre hay ojos que vigilan, alguien que escucha.

Al incorporarme, percibí la presencia tenue y punzante de la migraña en mi cabeza, como el estruendo de una tormenta que se aleja, pero ya no duele.

Lo último que recordaba era la aguja entrando en la vena de mi brazo y la suave oleada con la que el calmante me había arrastrado a la inconsciencia.

Aparté las sábanas y saqué los pies de la cama, sintiendo, agradecido, el frescor que desde el suelo de mármol trepaba por mi piel.

Me llevé la mano al costurón de la nuca que el pipiolo me había dejado como recuerdo y dediqué unos segundos a hacer un recuento de daños.

Tenía la boca seca como el esparto; intenté humedecerme los labios agrietados, pero fue imposible.

Habría dado el pulgar derecho (el izquierdo lo necesito para sujetar mi Colt Detective Special) por un buen lingotazo de whisky.

Estiré los brazos y la espalda me crujió en un par de lugares, como queja por el duro catre hospitalario.

Después, y teniendo la precaución de apoyarme en la cama por si acaso, me puse en pie.

Por comparación, estaba razonablemente bien; sin duda muchas veces he estado peor.

La enfermera había dejado la ventana entreabierta.

Hasta mí llegó la suave brisa húmeda, llamándome como los brazos abiertos de una amante.

Eché un vistazo por la ventana. La lluvia, cayendo como un llanto sordo sobre el pavimento de Ciudad, no era un aguacero violento, sino esa llovizna fina y persistente, casi niebla, un orballo helado que se pegaba a los huesos.

Funcionó como un presagio de lo que me esperaba fuera.

El panorama no resultaba muy alentador, pero dediqué otra mirada al duro catre y decidí que no iba a quedarme.

No solo porque un hospital no fuera lugar para hombres como yo, sino porque el rostro del Lobo, Barezzi, se había grabado a fuego en mi memoria.

Las fotografías. La trampa. Estaba claro que alguien quería incriminarme, y ese alguien, con toda certeza, me quería allí, neutralizado en un catre, con la cabeza llena de ruidos y las venas llenas de droga.

Nunca me he caracterizado por plegarme a los deseos de otros. Ya estaba talludito para empezar hoy.

Aunque sabía de sobra que me los habían confiscado, palpé los bolsillos vacíos de mi americana buscando un cigarrillo.

La nicotina me llamaba como un viejo amigo pendenciero al que no podía dejar de lado.

Pero, a pesar del concienzudo registro, no encontré nada.

Sentí que me moría por fumar y ese deseo se mezcló con la urgencia de salir de aquel lugar.

Me sacudió un leve mareo mientras trataba infructuosamente de permanecer en equilibrio para ponerme los pantalones.

Terminé de hacerlo sentado como un viejo.

La lluvia que seguía cayendo contra el cristal arreció, logrando colar algunas gotas por la estrecha rendija.

Lo interpreté como un augurio que me advertía de algo, como un tambor lejano que marca el ritmo de una tragedia inminente.

El pipiolo y el Lobo no eran los únicos que querían mi cabeza en el sentido más literal.

Ahí fuera había alguien que ansiaba verme caer, infinitamente más peligroso que la policía corrupta de Ciudad.

Un fantasma del pasado que creía muerto y enterrado.

Accioné el interruptor. La cruda luz fluorescente de la cabecera de mi cama convirtió el cristal de la ventana en un espejo nublado que me devolvió una imagen bastante más respetable de la que pensaba.

Me ajusté la corbata y me pasé los dedos por el pelo para tratar de acomodarlo antes de salir al pasillo.

No había nadie en el control de enfermería.

Nadie se fijó en mí cuando atravesé las instalaciones de urgencias, las consultas vacías, aunque con todas las luces encendidas, que fenecían con el zumbido quedo de los aparatos de diagnóstico en pausa.

Al llegar a la sala de espera, encontré a un par de parroquianos con pinta de drogadictos esperando mientras dormían o dormitando mientras esperaban.

La puerta principal se abrió a mi paso con un siseo suave y rasgado, como el estertor de un moribundo.

El aire fresco me golpeó como una bofetada que agudizó el deseo de fumar, hasta el punto de que pensé en la posibilidad de volver sobre mis pasos y pedirle a alguno de aquellos perdularios que me regalase un cigarrillo.

Pero al volverme hacia el neón blanquecino de urgencias obtuve una vista general de Ciudad y pensé que ella estaba más enferma que yo, y casi tan necesitada.

Decidí que la nicotina tendría que esperar mientras caminaba por la calle bajo la lluvia, que por una vez se mostró amistosa conmigo y comenzó a remitir.

Me subí el cuello de la americana y eché a andar.

Desde algún lugar me llegó el eco del tañer cobrizo de unas campanas y, aunque alcé la mirada buscando el origen, solo logré distinguir las siluetas umbrías de los edificios.

Era la hora de los soñadores, pero yo sabía que solo hay descanso para los justos y que, ocultas en las sombras de Ciudad, permanecían al acecho dos clases de espíritus que no duermen: el del mal que había regresado y el del ansia que dominaba mi alma y que no tendría tregua hasta haberlo detenido.

Al pasar cerca del parque, el aroma a tierra mojada y flores blancas se mezclaba con el olor mentolado y resinoso de los eucaliptos, y hasta creí adivinar entre ellos otros, salobres, de agua marina, que quizá habían cabalgado las mareas remontando el río hasta llegar al corazón de Ciudad.

Aspiré, profundo y melancólico, porque el mar tiene para mí ese efecto tirano de tenerme siempre preso de su aroma en el recuerdo.

Como el perfume de una amante que crees haber olvidado, pero que siempre regresa para recordarte que tienes dueña.

Mis pasos sonoros en la noche se fueron disolviendo entre el rumor del tráfico según me acercaba al corazón de Ciudad.

Las luces de neón parpadeaban lujuriosas y el sonido del tráfico era una sinfonía caótica y húmeda de neumáticos contra el asfalto mojado.

A diferencia de otras ciudades portuarias, crecidas como un pulpo hacia el mar, el corazón de Ciudad era un núcleo duro.

Una lógica antigua, defensiva, que hablaba de un tiempo en que la urbe era un bastión amurallado, una ciudadela pensada para resistir asedios que venían desde los valles.

Llegué a mi oficina y me di cuenta en ese instante, probablemente gracias al efecto de las drogas, de que no tenía la llave.

Por fortuna, lo que siempre llevo conmigo son mis recursos.

Registré mi cartera y encontré un montón de tarjetas rígidas que ni recordaba que tenía.

Tardé menos de un minuto en abrir la puerta.

La oscuridad me recibió, amistosa y cómplice.

Caminé sin necesidad de luz entre los muebles del espacio que tengo grabado en mi memoria y me senté tras mi escritorio.

A tientas, abrí el cajón inferior y saqué una petaca plateada que reflejaba débilmente la escasa luz que se colaba entre los listones de la persiana.

Un pequeño trago, suficiente para humedecer el gaznate.

Del mismo cajón recuperé un paquete de cigarrillos.

Solo cuando la primera bocanada llegó hasta el fondo de mis pulmones me di permiso para encender la lámpara que, sobre la mesa, iluminó, delatora, el polvo que se había acumulado en mi ausencia.

Estudié el tablero de corcho vacío y el viejo fichero metálico en el que guardaba mis cuadernos de bitácora y un buen montón de aire de Ciudad.

Tenía que ponerme a trabajar. El pasado venía por mí, y para que eso no llegara a ocurrir, debía encontrar a un viejo enemigo y detenerlo cuanto antes.

Aquel que dejaba a sus víctimas envueltas como regalos macabros, aquel que creía muerto y enterrado, y del que esta vez debía dar buena cuenta sin que quedara lugar para la duda.