8
Desde que salió de Elbete, una extraña certeza la había perseguido, una pieza discordante en el rompecabezas de su mente que pugnaba por tomar forma.
Pero llevaba tanto tiempo sin conducir, y la sensación de manejar su Mustang por la carretera del Bidasoa, el ronroneo suave del motor, era tan grata que se abandonó a ese placer.
El pálpito, sin embargo, no tomó forma definitiva hasta que llegó a su piso en Donostia.
Esperó a llegar a su piso para tener cobertura y hacer la llamada. Oyó la voz cálida de Beth al otro lado de la línea.
—Beth, cariño, mira en el cajón de la mesita de noche de mi habitación. Debe de haber una tarjeta de visita con un nombre en inglés, Scott Sherrington o algo así.
A través del teléfono pudo escuchar los pasos quedos de la chica subiendo la escalera.
—¿Segura? No veo nada.
Nash se mordió el labio inferior mientras pensaba.
—Pues si no está, no sé dónde puedo haberla puesto. Quizá la tenga entre los documentos...
—Bueno, si no la encuentras, puedes hacer una búsqueda en Google. Con ese apellido no creo que te resulte complicado hallar alguna referencia en redes sociales o en LinkedIn.
—Sí, haré eso. Gracias, cielo. Dale un beso a la ama y a Eva cuando lleguen. Ya os echo de menos a todas.
—Y nosotras a ti. Amy se ha ovillado sobre tu almohada desde que has salido de casa. Casi no ha comido.
Nash dejó escapar un suspiro.
—Intentaré regresar lo más pronto que pueda.
Colgó y, siguiendo el consejo de Beth, buscó en Google. La primera referencia era una agencia de detectives: Lizarso si no pudiera acudir, lo cancelaría con tiempo. Colgó tras dejar sus datos.
Llegar hasta la dirección que había memorizado en su navegador le costó más de lo que había calculado.
El tráfico en el centro de la ciudad era caótico a aquella hora.
Tras dar la tercera vuelta a la manzana y comprobar que aparcar aún le llevaría más tiempo que alcanzar el destino, se decidió por un aparcamiento de pago.
Cuando el ascensor se detuvo en el tercer piso, lo hizo directamente a una estancia pulcra y agradable.
Se abría frente a un ventanal, con un único sofá de diseño de escasas dos plazas.
Había un hombre joven tras el mostrador de recepción y Nash supuso que era el mismo que la había atendido por teléfono, lo cual se confirmó al dar su nombre.
—Noa la espera, puede pasar —dijo levantándose y acompañándola hasta una de las cuatro puertas que confluían en el vestíbulo.
La mujer que se sentaba tras la mesa del despacho se puso trabajosamente en pie al verla entrar. Comprendió su modo de moverse: estaba embarazada, calculó que en los últimos meses de gestación.
—¿Nash Elizondo? Hola, soy Noa Scott Sherrington, encantada de conocerla.
El desconcierto en el rostro de Nash fue tan evidente que la otra mujer sonrió con una magnífica naturalidad, casi previendo la confusión.
—Perdón, creo que ha habido un error. He pedido una cita con Noah, Noah Scott Sherrington —explicó Nash sintiendo un leve sonrojo.
—Yo soy Noa Scott Sherrington —confirmó ella con una risa suave que la hizo sujetarse el vientre.
—Pues creo que me he equivocado de persona, porque esperaba a un hombre de unos ochenta años.
La sonrisa de Noa se amplió, iluminando la tez pálida que contrastaba con el cabello oscuro y ondulado.
Hubo algo que le recordó a Scott Sherrington, y supo que estaba en su sonrisa.
No era solo amabilidad. Nash vio algo en sus ojos que no encajaba con un primer encuentro casual. Como si ya supiera quién era.
—¡Oh, tú querías hablar con mi padre! —Hubo algo en la manera en que lo dijo que hizo que Nash la mirara de otro modo.
—Perdóname, el error ha sido mío, por supuesto. Tu padre debe de estar jubilado, claro.
—Bueno, jubilado es mucho decir de mi padre. Creo que no conoce el significado de esa palabra. Pero digamos que ya no trabaja oficialmente. Cuéntame, quizá yo pueda ayudarte.
Nash movió la cabeza negando.
—Me temo que no se trata de ningún caso.
Mi madre falleció hace unos meses y conocí a tu padre en el funeral, en Donosti.
Me dio una tarjeta, pero la he perdido y, haciendo una búsqueda en Google, me ha salido la agencia.
Pero no se trata de nada oficial, solo quería saludarle y compartir algunos recuerdos de mi madre.
«Compartir recuerdos. Qué diplomática te has vuelto cuando mientes», oyó la voz de su madre.
—Oh, pues lo siento, no va a poder ser. Mi padre se encuentra ingresado en el hospital.
—Espero que no sea nada grave.
—No, es casi rutina... No sé si lo sabes, mi padre está trasplantado de corazón. No es algo reciente, de hecho, ocurrió antes de que yo naciera...
—Sí, tu madre me lo dijo. Le llamé por teléfono en otra ocasión antes de la pandemia y entonces también lo habían ingresado.
—Al ser un paciente de riesgo le están controlando un poco más. Pero puedo pedirle que te llame cuando le den el alta. Seguramente será hoy o, como muy tarde, mañana.
—Te lo agradecería mucho —dijo Nash levantándose y tendiéndole la mano a la mujer, que todavía tardó unos segundos en conseguir salir de detrás de la mesa.
—El final del embarazo me resulta pesadísimo. He ganado peso y, además, acumulo muchísimos líquidos.
—¿Para cuándo lo esperas?
—Me quedan un par de semanas, pero por mí podría ser ya.
Noa la acompañó hasta la puerta y volvió a tenderle la mano antes de decirle:
—En cuanto hable con mi padre, le diré que quieres verle. —Su voz adquirió un tono más bajo, casi confidencial—. Estoy segura de que a él también le gustará.
Después de que Nash hubiera salido, Noa esperó unos segundos junto a la puerta, la entreabrió con sigilo y observó el pasillo hasta que el sonido del ascensor le confirmó que se había marchado.
Entonces cerró la puerta con suavidad, regresó a su mesa, se echó gel hidroalcohólico en las manos, tomó el teléfono móvil y seleccionó un número de su agenda.
— Aita? —dijo en cuanto descolgaron—. La mujer de la que me hablaste al fin ha venido. Acaba de salir de mi despacho y quiere hablar contigo.