Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 7
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Robert arrastraba, cortés, una maleta con ruedas. A su lado caminaba una mujer que debía de ser la editora de Benedict Newman.

Margot Faber le cayó bien en cuanto la vio.

Por alguna razón, se había imaginado que la editora de un escritor de la talla de Newman debía ser mayor, y la mujer que tenía ante ella aparentaba cuarenta y cinco como mucho.

Se reconvino de inmediato; como mujer, se había enfrentado a menudo a que dudaran de que, a su edad, hubiera finalizado Psicología y Medicina, y además la especialidad de Psiquiatría, e incluso diera clases en la universidad.

«En este mundo infantilizado puedes ser madre de dragones con diecisiete años, pero no doctora con treinta y tres. »

Nash la observó mientras Robert y la mujer llegaban a su altura.

El cabello liso y castaño le caía sobre la frente en un flequillo abierto que se prolongaba hasta las clavículas.

Llevaba un vestido corto sobre medias tupidas de color amarillo y unos zapatos de charol granates de doble pulsera.

La escasa estatura se veía compensada con una mirada franca, llena de curiosidad y de sincero interés.

Aun con la mascarilla puesta, la sonrisa le iluminaba el rostro, achinándole los ojos de miope.

Y aunque llevaba lentillas, conservaba sobre el puente de la nariz las indelebles señales de los que han llevado gafas durante años.

Dejó que Robert hiciera las presentaciones y se retirara llevándose con él la maleta de la editora.

—Nash Elizondo, me hace muy feliz conocerte al fin —dijo cuando estuvieron a solas—. Si no estuviera prohibido, te abrazaría.

Nash supo que era verdad.

—¿Sabes quién soy? —preguntó.

Margot asintió sonriendo.

—Benedict me ha hablado mucho de ti. Me alegra muchísimo que estés aquí, y si él lo supiera, también se alegraría.

Nash apretó los labios, incómoda. Le resultaba difícil imaginar afectos provenientes de alguien a quien no había visto jamás, aceptar que se refería a ella.

—¿Has hablado con los médicos? —dijo tratando de desviar el tema de la conversación en otra dirección—. Tenían muchas preguntas que, evidentemente, yo no podía contestar, y Robert tampoco lleva tanto tiempo trabajando para él.

—Sí, he hablado con ellos y he podido ver a Benedict.

—¿Te han dejado verle? A Robert no se lo han permitido...

—Me han dejado después de hablar con la neuróloga que lleva su caso, la doctora Duval, y de contarle que no es la primera vez que esto le ocurre.

Nash se sorprendió.

—Al decir «esto», ¿te refieres a no saber quién es o a creer que es Colt Star?

—A ambos —se interrumpió—. Pero ¿qué te parece si salimos de aquí? Odio los hospitales, me da náuseas cómo huelen y me ahogo con la mascarilla. Además, me muero de hambre. ¿Qué tal si te lo cuento mientras comemos?

Dudó, recordando que tenía una cita aquella tarde. Consultó el reloj en su móvil. Aún era temprano, y el último café con el inspector Barezzi le había dejado un agujero en el estómago. Terminó aceptando.

Salir del hospital le produjo la misma sensación que aterrizar en un planeta extraño, con una atmósfera diferente, quizá más liviana.

El bullicio de la zona hospitalaria y el tráfico ruidoso de la ciudad hasta llegar al restaurante le provocaron una especie de leve vahído vertiginoso que justificó por el tiempo transcurrido en Baztán, las jornadas sin salir de casa de las Mitxelena y el modo en que extrañaba aquel pequeño mundo que se había convertido en el suyo, en el que estaba a salvo.

Sentada a su lado, Margot hablaba con la soltura de alguien que te conoce de toda la vida.

—Robert me ha dicho que había un policía esperando para hablar contigo. ¿Cómo ha ido?

Nash lo pensó.

—Desagradable. Pero no tanto por lo que ha dicho, sino por el tipo en sí. No sé, no quiero hablar de eso ahora. Es una de esas personas que te produce la sensación de que necesitas una ducha después de hablar con él. Es una especie de Harry el Sucio, escuálido, reposado y cruel. Muy salvaje.

—Guau, quiero conocerle —exclamó Margot riendo.

Nash sonrió, divertida ante su audacia.

—Y ya veo que las capacidades descriptivas son algo de familia —concluyó la editora.

«No te pareces a él», oyó la voz de su madre.

Nash no contestó.

—Robert también me ha dicho que te quedarás en un hotel.

—Sí.

—Entiendo que te pueda resultar violenta la idea de quedarte en la casa de Benedict cuando, como quien dice, no lo conoces.

—Es que no lo conozco.

—Cierto, pero Benedict no está, y todo apunta a que no va a estar en casa en los próximos días.

Piénsatelo. Yo viajo mucho. Desde que han levantado el confinamiento he estado en tres hoteles y, en todos, la experiencia ha sido horrible.

Las zonas comunes están cerradas, el ascensor hay que usarlo individualmente sin tocar los botones y los bufetes han sido sustituidos por una versión reducida.

Todo con pinzas, todo con guantes, todo con mascarilla.

Además, para poder mantener la distancia dentro de las zonas comunes, hay que esperar turno.

No hay servicio de habitaciones, no se puede utilizar la piscina ni el gimnasio ni la sauna.

Piénsatelo, la mansión de Benedict es enorme y, además, yo me quedaré allí.

Nash sonrió. Después de todo, no era tan mala idea.

Además reconoció que le resultaba estresante todo aquel ritual de ponerse y quitarse la mascarilla, mantener la distancia, volver a frotarse las manos con aquel gel que estaba por todas partes y que ya había conseguido resecarle por completo la piel, leer con su móvil el código QR para poder ver la carta.

Sin embargo, toda esa sensación se diluyó cuando estuvieron sentadas frente a frente.

Ambas se quitaron las mascarillas y Margot alzó su copa de vino, invitándola a un brindis.

—Cuéntamelo —pidió Nash en cuanto el camarero dispuso ante ellas la comida.

—Ocurrió hace unos meses. Benedict pasaba unos días en Suiza, en mi casa. Es una costumbre que tenemos desde hace años: cuando acaba una novela, o me vengo a pasar unos días a su casa o él viene a la mía. Me leo la novela de un tirón y trabajamos juntos en la edición.

Margot se sirvió un poco más de vino sin preguntar si Nash quería, y lo hizo despacio, como si calibrara por dónde seguir.

—Una mañana, cuando bajé a desayunar, lo encontré sentado a la mesa con la mirada vidriosa, como ausente.

Estuvo así unos segundos. Cuando ya comenzaba a alarmarme porque no respondía, me miró, miró alrededor y comenzó a actuar como Colt Star.

Al principio pensé que era una broma, le seguí el juego.

Conozco a Colt tan bien como el propio Benedict.

Pero entonces pasó algo más: comenzó a decir cosas extrañas, ideas inconexas, que no tenían ningún sentido para mí, y se desplomó.

Llamé a una ambulancia y lo trasladaron a un hospital.

Dejó la copa, aunque no había bebido. Cruzó las manos sobre la mesa.

—Cuando recuperó la conciencia no hablaba, no se comunicaba de ningún modo, apenas parecía comprender las órdenes más básicas y actuaba como si estuviera aterrado, sin entender quién era ni dónde estaba.

Fue terrible, Nash. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—.

A duras penas mantenía el control de los esfínteres.

Nash asintió, frustrando un suspiro. El gesto era insuficiente para contener la oleada de empatía que la recorrió.

Conocía esa impotencia, el horror de ver a una mente brillante desmoronarse.

Sus recuerdos no solo viajaron a los días vividos con su madre, sino al rostro de Margot en ese momento, imaginando su soledad y su miedo.

La profesional que había en ella catalogaba los síntomas: afasia, desorientación, pérdida de control motor, pero la mujer solo veía un sufrimiento que le era demasiado familiar.

—Estuvo así cuarenta y ocho horas y, de pronto, una mañana al despertar, volvía a ser el de siempre, como si nada hubiera ocurrido.

—Suspiró—. Me dio un susto de muerte y aún no puedo explicar bien lo que pasó.

Los médicos lo tuvieron semanas en observación, hablaron de que quizá había sido un trombo en el cerebro que se había disuelto solo, pero, a pesar de que hicieron todo tipo de pruebas, no encontraron ninguna secuela y Benedict no recordaba nada.

—Sí —admitió de mala gana Nash—, el médico ha hablado de la posibilidad de un ataque isquémico. Una vez que se ha producido uno, las posibilidades de que se produzca otro se multiplican. ¿Te ha reconocido?

—Bueno, no soy una extraña para él, si es eso a lo que te refieres, aunque no me ha ubicado exactamente.

Nash la interrogó con la mirada.

—Colt Star cree que soy su secretaria. Pero en el fondo eso tampoco es tan raro.

Nash elevó las cejas sorprendida.

—¿Cómo es su discurso?

—Muy lógico y razonado, como en la otra ocasión en que creyó ser Star. Recuerdo que hasta le mostré los libros de Newman. Los ojeó y me contestó que eran sus casos, que Newman escribía sobre él.

—Lo argumenta... —dijo Nash reflexiva.

—Sí. La neuróloga me ha explicado que, en ocasiones, cuando son conscientes de que algo va mal, recurren a esa especie de trucos, disimulando o tratando de demostrar que se dan cuenta de sobra.

Pero es tan peculiar... Siento que conozco a Colt Star casi tanto como a Benedict, y hablar con él tiene algo de magia, como estar en una película, o incluso en algo más enrevesado, como el parque de atracciones de la mente de un genio creativo.

Nash consultó el reloj en su móvil mientras calculaba cuánto le llevaría llegar a su próxima cita y contestó:

—No es tan raro. En la mayor parte de las enfermedades neurodegenerativas con deterioro cognitivo, en el alzhéimer, pero también en la demencia por cuerpos de Lewy o en la demencia vascular, pueden producirse confabulaciones y falsas identificaciones, que a veces están relacionadas con su entorno y otras con su propia identidad.

En estos casos es habitual que introduzcan en el delirio elementos significativos para ellos: familiares, parejas, personas de su pasado, y, en ese sentido, es perfectamente posible que piensen que son un personaje creado por ellos mismos que, como en este caso, estaba mucho tiempo en su foco de consciencia.

—¿Quieres decir que es posible que crea que es Colt Star porque se ha pasado mucho tiempo pensando y, de alguna manera, siendo Colt Star?

—Supongo que conoces a los actores Johnny Weissmüller o Béla Lugosi.

—Sí, claro.

—Lugosi fue uno de los primeros en interpretar al conde Drácula.

Lo hizo en innumerables ocasiones y amó tanto al personaje, se metió tanto en su piel y durante tanto tiempo que llegó un momento en que se identificaba absolutamente con él.

Las leyendas de Hollywood dicen que se vestía como el conde, incluso tenía un ataúd en su casa en el que pasaba horas descansando.

Sus últimas palabras antes de morir fueron que era Drácula, el rey de los vampiros y, por lo tanto, inmortal.

—Joder.

Nash asintió.

—Weissmüller falleció internado en un psiquiátrico completamente loco y con un deterioro físico tan extraordinario que era irreconocible, pero aun así recorría los pasillos emulando el grito del rey de los monos que todos recordamos como la manera en que Tarzán convocaba a los animales.

Mientras Nash exponía su teoría, observó un cambio sutil en Margot.

No la interrumpió, pero en el fondo de su mirada había una sombra de tristeza, un leve negar con la cabeza casi imperceptible, como si escuchara una explicación perfecta para un fenómeno equivocado.

Era la mirada de la experta que conoce el original y sabe que ninguna copia, por bien razonada que esté, le hace justicia.

Margot cruzó los dedos de ambas manos sobre sus labios. Los retiró muy despacio y preguntó:

—¿Crees que es eso lo que le pasa a Benedict?

—Como dicen sus médicos, es pronto para saberlo, pero si ama muchísimo al personaje y se siente muy identificado con Colt Star, si lo vive como una especie de alter ego , podría ser...

—O no. En ese caso, no.

—¿No? —se sorprendió Nash.

—Ven a casa cuando termines lo que sea que tienes que hacer. Tengo mucho que explicarte sobre Benedict, sobre Colt Star y sobre ti. Aún tienes que contarme lo que te ha dicho Harry el Escuálido.

La conversación se deslizó hacia el momento de la partida de Nash.

Justo cuando se preparaba para levantarse, Margot, en lugar de alzar la copa, la hizo girar despacio entre sus dedos.

Su gesto, que un instante antes reflejaba la charla distendida, adquirió una quietud reflexiva, un matiz que Nash no había visto antes.

No era solo conocimiento lo que veía en ellos, sino también una chispa de una honda fascinación, la misma que un editor siente ante un genio indescifrable al que ha dedicado años de su vida.

—Nash —dijo Margot, su voz apenas por encima de un susurro pero cargada de un peso inesperado—, lo que te he contado es...

es lo que sé. Lo que he visto. Pero con Benedict siempre hay...

hay más. Profundidades que ni yo misma he terminado de explorar y, créeme, como editora, me fascina intentarlo.

—Hizo una pausa, la mirada fija en el vino que se movía en la copa, y luego se posó en Nash, con una nueva intensidad—.

Entiendo tu curiosidad, y por eso debes venir a la mansión.

Pero has de saber, Nash, que Benedict...

es un espíritu frágil. Y yo siempre siempre siempre estaré de su lado.

Las palabras de Margot no contenían una advertencia explícita, pero sembraron en Nash una inquietud como niebla oscura.

No se trataba solo de los hechos narrados, sino de la implicación, de la mezcla de secreto y vulnerabilidad que parecía rodear a Benedict Newman y que su editora quería proteger con celo.

Al levantarse, Nash sintió que la urgencia de la cita había quedado relegada a un segundo plano.

Algo había cambiado en aquella comida. Ya no se trataba de cumplir con una obligación: ahora quería saber.

Y la mansión de Benedict Newman, con todo lo que Margot callaba y protegía, se había convertido en el único lugar donde encontrar respuestas.