Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 6
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El policía la esperaba apoyado contra la pared frente a la puerta batiente de urgencias.

Nash pensó al verle que su aspecto era contradictorio.

Cabello acerado, casi como un pelaje, quizá demasiado largo para llevarlo corto; el fino jersey marcaba los hombros y las clavículas; los vaqueros le colgaban de las caderas huesudas.

Los ojos tenían casi el mismo color que el cabello.

Era más alto que ella, le calculó cuarenta y tantos, y pensó que la fragilidad que podía haber pregonado su delgadez quedaba desmentida por una pose alerta, desagradablemente seductora, como de lobo famélico.

Robert también lo había visto. Sin quitarle la vista de encima, dijo:

—Si me perdonas, voy a salir a buscar a Margot. El taxista no ha entendido las indicaciones y la ha dejado en la entrada principal del hospital, a tres edificios de distancia. Así podrás hablar con el inspector. Nos encontraremos de nuevo aquí si te parece bien.

Nash confirmó con un gesto. La última mirada de Robert no fue para ella, sino para el inspector, al que dedicó una inclinación de cabeza, un escaneo breve y glacial antes de girarse hacia la salida.

El inspector se acercó un poco de lado, como si fuera a rebasarla. Se detuvo a su altura y dijo:

—¿Cree que podemos hablar ahora?

—¿Me queda otro remedio?

—El café de la máquina es terrible, pero hay una cafetería en el edificio anejo. Hay que hacer cola y tomar el café de pie, en un vaso de cartón, pero aun así vale la pena.

—De acuerdo —respondió, comprendiendo al instante la táctica. La sacaba a un terreno neutral, casi público, donde la conversación parecería informal, obligándola a bajar la guardia en medio del ir y venir de extraños.

Barezzi caminaba un paso por detrás de ella, y Nash fue consciente todo el tiempo de cómo la observaba, aunque en el trayecto hasta la cafetería no dijo una palabra.

No era un silencio incómodo, sino el modo de calibrar, la calma que precede al momento en que dos depredadores deciden si van a luchar o a cazar juntos.

Guardó cola hasta conseguir dos cafés que, como había prometido, tomaron de pie junto a un saliente de la pared.

Ambos bajaron sus mascarillas lo justo para beber, un movimiento sincronizado y carente de confianza.

Cuando él lo hizo, Nash pudo ver sus labios finos, sus dientes largos y blancos.

Ambos sostuvieron la mirada por encima de los vasos de cartón.

—No consta en ningún lugar que Newman tuviera una hija —dijo tras colocarse de nuevo la mascarilla.

«Eso no es una pregunta, no contestes.» Nash oyó en la cabeza la voz de su madre. Sonrió. Casi cuatro meses de silencio total y escogía aquel momento para volver a hablarle.

—¿He dicho algo gracioso? —preguntó él mosqueado.

—No, discúlpeme. Me ha hecho recordar a alguien...

Barezzi la estudió, calibrando su respuesta, con una sonrisa pequeña, de lobo, que no llegaba a templarle los ojos.

Nash lo observó mientras él sostenía el vaso de cartón.

No era solo un policía; era una criatura de la ciudad, forjada en sus callejones sin salida.

Un hombre que se alimentaba de los secretos de los demás, y cuya delgadez no era fragilidad, sino herramienta afilada por el uso.

—¿Le han explicado por qué estaba su padre en comisaría?

—Explíquemelo usted.

Él entornó los ojos como si de pronto hubiera cobrado interés. Nash sostuvo su mirada.

—Encontramos muerta a una mujer, una mujer joven. Tanto el modo en que se produjo la agresión como el homicidio y la forma que el asesino eligió para deshacerse del cuerpo coinciden exactamente con la descripción de una serie de asesinatos que Newman narra en su última novela.

—¿Y creen que alguien ha matado a esa mujer siguiendo el libro?

—Eso es.

La boca de Nash dibujó un gesto escéptico bajo la mascarilla, pero no dijo nada.

—Hace una semana que el libro salió a la venta —continuó él—. Y el crimen se produjo durante el confinamiento, al principio.

—Pero eso es... —Se quedó en silencio.

—Sí, es muy extraño —admitió Barezzi—. Por eso es tan importante para la policía hablar con él.

Pero todavía más raro y sorprendente es que tenemos otro cadáver anterior.

Este apareció hace casi un año. Nunca fue reclamado, no se corresponde con ninguna denuncia de desaparición y estaba en tan mal estado que no se pudo establecer su origen.

Y por el modo en que llegó a la costa, se pensó que podía haber sido arrojado en alta mar.

Pero ahora, al ser hallado el segundo, hemos establecido concordancias con el tipo de lona que se utilizó, las cuerdas y hasta el modo en que se ataron los nudos.

Nash comprendió la gravedad del asunto, aunque no lo dejó traslucir.

—Creemos —continuó él— que eso deja fuera a cualquiera del círculo editorial que hubiera podido tener acceso a la novela antes de la publicación.

A pesar de su pose pasiva, una parte de ella, la forense, aguzó el oído. Nudos, lona, un modus operandi metódico que se repetía tras siete meses de inactividad. El perfil que emergía no era el de un simple imitador de una novela, sino el de alguien con una disciplina escalofriante.

—Si apareció en prensa, puede ser que Newman lo leyera y se inspirase para escribir su novela...

—Sí, podría ser —dijo sin convicción—. Por eso era tan importante para nosotros hablar con su padre. Por esa razón lo trasladamos a comisaría y le preguntamos al respecto.

Nash lo contemplaba atenta, sin mover un músculo.

—Y lo que ocurrió es que Benedict Newman se dedicó a tirar balones fuera.

Dijo que es un tipo común de agresión, un tipo común de víctima y de comportamiento criminal.

Que muchas personas han tenido acceso a su novela antes de la publicación.

Nos dio una disertación y unas cuantas lecciones y consejos sobre lo que debíamos hacer para avanzar en nuestra investigación, hasta que le mostré unas fotografías. No eran agradables.

—Ya lo supongo.

—Y entonces fue cuando todo cambió. Le juro que hubo un momento en que pensé seriamente que ver las imágenes le había causado una conmoción traumática, pero entonces levantó la mirada y comenzó con su actuación.

—¿Me está diciendo que cree que actuaba?

—De entre todas las tonterías que he visto hacer a la gente en una sala de interrogatorios cuando la confrontas con los hechos, la más frecuente es fingirse enfermo (a menudo les dan lipotimias, mareos, náuseas y todo tipo de males), pero fingir locura no lo presenciaba desde la mili.

—¿La mili?

—El servicio militar. Antes era obligatorio.

—Sé lo que es.

—Me contaron historias de jóvenes que se fingían locos para librarse, y por lo visto la mayoría de las veces funcionaba.

Era otro tiempo, y supongo que los militares no se molestaban en pedir una segunda opinión.

Si había la más mínima posibilidad de que el chaval estuviera pirado, no iban a darle un cetme para que la liase parda.

—Así que cree que está fingiendo.

—Estoy seguro.

—¿Y los doce puntos de sutura que lleva en la nuca? ¿Cómo fingió eso? ¿Sabe que tiene un hematoma en la región occipital? Un centímetro más abajo y estaría muerto.

—Está claro que no fingió esa parte. Pero oculta algo. Cuando se inclinó a mirar esas fotos, vio más allá de lo que puede ver cualquiera. No sé qué le pasó o por qué, de entre todas las estupideces que podía haber hecho, decidió fingir.

Barezzi dio un sorbo corto al café. Chasqueó la lengua.

—¡Con lo bien que iba! Solo con que hubiera retrocedido asqueado y hubiera salido de la sala echando pestes contra la policía habría sido suficiente.

Lo único que queríamos saber era de dónde había sacado la idea.

Es un buen escritor; se le podía haber ocurrido algo como lo que usted ha dicho, que lo vio en la prensa y le inspiró.

—Ya veo. Y en lugar de eso se le ocurre fingir un ataque de enajenación y romperse el cráneo contra una silla —replicó ella sarcástica.

—Usted no lo vio.

—No, no lo vi. Pero hace un momento un neurólogo me ha descrito a un paciente con dolor de cabeza, vómitos, debilidad en las extremidades y pérdidas cognitivas graves, síntomas todos compatibles con una lesión en la columna cervical, y todo eso sucedió en su comisaría.

Eso por no mencionar que el paciente dice que fue agredido.

El inspector levantó una de aquellas manos de largos dedos en gesto de incredulidad.

—No le tocamos ni un pelo. Está todo grabado y su abogado es testigo. Se cayó hacia atrás sin que nadie lo tocase.

—Puede que sí, pero también dice que estaba siendo hostigado.

—¿Hostigado? No me joda.

—No le jodo —respondió ella inmutable—. Les advirtió de que Newman no se encontraba bien. Pidió que fuera trasladado a un hospital, y aun así ustedes decidieron continuar.

El policía la estudiaba, clavándole en los ojos el acero de su mirada.

—Su padre se sacó ese numerito de la manga para evitar responder a nuestras preguntas.

—¿Cree que uno de los maestros del misterio más importantes del mundo está implicado de algún modo en esas muertes?

Él sonrió y sus ojos brillaron. Apartó la mirada, dirigiéndola a lo lejos, como si pudiera atravesar los muros. Después suspiró sonoramente, dejando que el aire saliera muy despacio por su nariz.

—Dígamelo usted, doctora Elizondo.

Puede que la policía no supiera que Newman tenía una hija, pero Barezzi sabía quién era ella.

«No tienes que decirle una mierda», oyó a su madre en su mente.

—Dele este mensaje a su padre cuando lo vea —dijo el Lobo—. Dígale que seguimos interesados en hablar con él, que, lejos de diluirlas, su numerito solo ha conseguido que aumenten nuestras sospechas. Que no puede quedarse eternamente aquí y que le estaremos esperando cuando salga del hospital.

Nash abandonó definitivamente su vaso sobre el pequeño saliente y se colocó bien la mascarilla antes de contestar.

—Perfecto. El abogado de Newman estará encantado de añadir esto a la denuncia por hostigamiento.