Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 5 #3
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Los médicos intercambiaron miradas extrañadas.

—Entonces tenemos que suponer que su personaje es el que lo hace. Yo ya lo había leído, pero vamos a tener que emplearnos a fondo con eso —dijo la doctora más joven señalando las brillantes portadas de los libros de Benedict Newman.

—Quizá sea la manifestación más palpable de la profunda inmersión que un escritor llega a lograr con su propia creación, una simbiosis que ahora resulta inquietante —dijo la doctora Duval, casi para sí—.

También hemos observado un tic —continuó Duval— en ambas manos, sobre todo en la derecha.

Aprieta el puño sin objeto, de modo inconsciente e involuntario, y después, como si se diera cuenta, hace un movimiento contrario, como aflojando y estirando los dedos.

¿Lo habían observado antes? Tiene un tic motor, breve, rápido, repetitivo, carente de objetivo.

De nuevo, Nash se volvió hacia Robert, que negó.

—Sí, lo he visto hacerlo, pero no creí que fuese un tic.

Quiero decir que era algo como una manía, un gesto propio, un movimiento para desentumecer la mano.

Pero no lo llamaría un tic, y desde luego no parece involuntario.

Es como un gesto de autoconfianza o incluso de vanidad —dijo imitando un gesto como de mirarse las uñas, puliéndolas después contra la solapa de su chaqueta—.

El señor Newman es muy cuidadoso con su aspecto.

—La frecuencia y la intensidad de los tics pueden variar a lo largo del tiempo y pueden ser más prominentes en situaciones de estrés o ansiedad. Las migrañas, unidas al tic, también podrían llevar a pensar en una infección de origen orgánico —apuntó el médico que lo había atendido en urgencias.

La doctora Duval asintió, aprobando su observación.

—Voy a repetir todas las analíticas. Las que le hicieron cuando ingresó por urgencias no apuntan a nada demasiado llamativo.

Está en su peso, el colesterol y la presión arterial son normales.

Se hicieron radiografías para descartar fracturas craneales, pero necesitaré algunas autorizaciones.

Quiero hacer una resonancia magnética, un TAC, un electroencefalograma, alguna prueba más...

—¿Tiene algún tipo de alergia? —preguntó el doctor Martínez.

—Es alérgico a los contrastes yodados —contestó Robert.

—¿Algo más? ¿Medicamentos, alimentos?

Robert negó.

—Necesitamos autorización también para un test de drogas.

La indignación fue evidente en el tono del mayordomo.

—El señor Newman no consume drogas.

—Las que buscamos no son únicamente las que se ingieren de modo consciente, sino las de exposición a tóxicos —explicó el médico.

Robert pareció apaciguarse.

—¿Podría verle? —dijo dirigiéndose a la jefa de Neurología.

—Ahora está descansando. Hemos tenido que administrarle un calmante para la migraña y, además, todavía no estamos seguros de cómo va a gestionar la aparición de personas que quizá no recuerde. Veremos cómo evoluciona en las próximas horas y lo iremos haciendo de modo paulatino.

La doctora se dirigió a Nash.

—La pandemia ha sido devastadora en la salud de las personas más allá de lo evidente.

Con el levantamiento del confinamiento, han comenzado a llegar casos de alteraciones conductuales y de pérdida de realidad.

El aislamiento, la falta de comunicación y el miedo han sido demoledores para algunas personas, sobre todo en los adolescentes y en los más mayores.

Nash pensó que ella misma los había experimentado, cuando pensaba en los días previos al decreto tenía la sensación de que aquello había ocurrido meses antes.

La muerte de su madre a veces se le antojaba algo que acababa de pasar, y a la vez algo que había sucedido hacía mucho tiempo.

Recordó cómo el estrés por el hallazgo de los restos de Andrea Dancur, y la precipitación extraordinaria que vivió en los días que siguieron, la habían llevado a olvidar acontecimientos cotidianos como su propio cumpleaños.

Se había pasado hasta mayo diciendo que tenía un año menos.

—Doctora, me gustaría saber si han tenido en cuenta la posibilidad de que lo valoren en Psiquiatría —dijo Nash.

Robert chascó la lengua.

—Lo hemos hecho. El psiquiatra lo ha visto esta misma mañana y su recomendación ha sido descartar el origen orgánico antes de plantear una valoración.

—No creo que el caso del señor Newman sea psiquiátrico, o al menos no que la pandemia haya afectado a sus rutinas en modo alguno —intervino el mayordomo—.

Ha seguido saliendo a diario. Posee una finca de dos hectáreas por la que pasear.

Nada a diario en su piscina climatizada.

En su casa vivimos dos personas de servicio y, además, su secretario se instaló como invitado en la finca para poder seguir con su rutina de trabajo.

Por la mañana escribe y por la tarde se ocupan de cuestiones que tienen que ver con la fundación que el señor Newman preside.

Le puedo asegurar que su rutina apenas se ha visto alterada en comparación con cualquier otro periodo de escritura.