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—Oh, de acuerdo. Entonces le resultará más fácil entenderlo.
Esta fue su primera reacción. Durante ese periodo de congelación no reaccionaba a los estímulos externos, cuando por fin lo hizo presentó un trastorno disociativo como mecanismo de defensa, negándose a atender por su nombre y afirmando que era otra persona.
—¿Que era otra persona?
—Uno de sus personajes, un detective de sus novelas.
Sin duda, alguien con más recursos que un escritor para enfrentarse a un interrogatorio y a esas imágenes tan perturbadoras.
La tercera reacción se produjo cuando le enfrentaron a los datos de su propio DNI.
En ese momento cayó y se golpeó la cabeza, abriéndose una brecha en la nuca y quedando inconsciente.
Y aquí está una de las cuestiones que nos inquietan.
Su abogado, que lo acompañaba, no ha sido capaz de aclararnos si se desmayó antes de caer o como consecuencia del golpe, si convulsionó o no.
Hemos solicitado las imágenes a la policía porque verlas puede ser muy aclaratorio sobre lo que realmente ocurrió.
—Robert me ha dicho que recuperó la consciencia al llegar al hospital.
Los médicos intercambiaron una mirada antes de responder.
—Sí, está consciente, pero su conducta sigue alterada.
—¿Qué quiere decir?
—Que recuperó la consciencia, pero no tiene la percepción de ser Benedict Newman, sino Colt Star, su personaje —explicó la doctora Duval.
—¿En serio? ¿Un delirio de identidad? ¿Quizá un síntoma de alzhéimer o de demencia senil? —sugirió Nash.
—Hay muchos aspectos que descartar antes de pensar en demencia o en alzhéimer. Debemos descartar el origen orgánico o incluso que esté relacionado con el golpe que sufrió.
—¿Cómo es el delirio? ¿Hasta qué punto es coherente?
—El delirio está extremadamente bien estructurado, lo que nos hace tener muchas dudas.
Acabamos de hacerle el miniexamen de estado mental y la evaluación cognitiva Montreal, y sus respuestas han sido sorprendentes y desiguales.
Es cierto que ha evitado responder algunas, pero ha usado subterfugios muy ingeniosos, evasivas inteligentes, como lo haría alguien que simplemente no quiere contestar.
Martínez intervino.
—Yo estaba de guardia anoche y, después de que mis compañeros de urgencias le hicieran las primeras curas, me mandaron llamar.
Cuando hoy ha vuelto a verme, me recordaba perfectamente, y los resultados de anoche fueron muy parecidos a los de hoy.
Sabe que está en un hospital, aunque cree que terminó aquí porque un policía le atizó con una porra.
La doctora Duval continuó:
—Perfecto en atención y cálculo, sin problemas para memorizar y repetir una lista, sin problemas para nombrar objetos, repetir frases o seguir instrucciones, y sin ningún problema aparente en habilidades visuoespaciales.
Se ha mostrado colaborador, inicialmente de buen humor, incluso se ha permitido coquetear conmigo. —Los otros médicos sonrieron.
Nash no lo hizo. La imagen de su padre —un hombre que no conocía— flirteando en medio de un delirio le tensó la mandíbula. Y, sin embargo, una parte de ella tomaba notas.
—Pero se identifica como Colt Star, un detective privado, y cree estar en la ciudad de sus novelas —añadió.
—Una ciudad que no existe —apuntó Robert.
—O que podría ser cualquier ciudad —sugirió Martínez.
—Dice que tiene treinta y ocho años, y lo más curioso es que se mueve y se comporta como si los tuviera —apuntó la otra doctora.
—¿Qué edad tiene? —preguntó Nash.
—Sesenta y ocho —contestó el mayordomo antes de que lo hicieran los médicos.
La doctora Duval asintió y continuó hablando.
—En algunas fases tempranas de enfermedades degenerativas, en personas muy inteligentes, se ha visto este uso de recursos.
Al tomar conciencia de lo que les ocurre, fingen.
Y no olvidemos que es un gran escritor, sabe inventar y con gran verosimilitud.
En ocasiones, las personas que padecen demencia senil o alzhéimer adoptan falsas identidades; suele ser pasajero.
—¿Creen que es eso lo que está ocurriendo? —preguntó Robert.
—Necesitamos hacerle más pruebas y algunas preguntas sobre su comportamiento habitual para poder comparar.
Nash titubeó antes de contestar.
—Como les he dicho, no he tenido relación con él. No sé cómo suele comportarse habitualmente. Seguro que Robert puede ayudarles más que yo; es una especie de asistente personal.
—Así es, pero hace poco más de un año y medio que trabajo para él —se disculpó—. Haré lo que pueda.
La doctora Duval consultó sus notas antes de dirigirse de nuevo a Nash.
—El acompañante de su padre en el ingreso nos refirió un ataque transitorio de hace unos diez meses.
Su naturaleza está sin especificar, no hay informes, lo que nos lleva a pensar que fue un ataque isquémico sin consecuencias; sucede cuando la irrigación sanguínea al cerebro está bloqueada por poco tiempo.
Si bien el daño a las células cerebrales no es permanente, lo coloca en mayor riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular.
—Lo sé, mi madre sufrió un ictus, sin duda muchísimo más grave, pero estoy familiarizada con los efectos.
—¿Tiene en la historia clínica familiar antecedentes de accidentes cerebrovasculares?
Ella negó, consciente de lo poco que sabía de su propia familia.
—La persona que lo acompañaba en el momento del ingreso no ha podido precisarnos si en este tiempo se han observado secuelas, aunque fueran leves, de aquel episodio. ¿Pueden aportar algo a esto? No tenemos el informe; por lo visto, lo trataron en otro hospital.
Nash volvió la vista hacia Robert, que contestó:
—Yo tampoco lo sé exactamente. Sé que sufrió un desvanecimiento y estuvo ingresado.
Su editora está llegando desde el aeropuerto y es la persona que mejor lo conoce.
Ella estaba con él cuando ocurrió. Lo que sí puedo decirles es que no toma ninguna medicación y no ha vuelto a presentar ningún síntoma que yo haya podido observar en todo este tiempo.
—Durante el examen ha experimentado una fuerte migraña. Nos ha dicho que le suele doler la cabeza al despertar. ¿Es algo que haya padecido siempre o es de los últimos tiempos? —preguntó Duval.
Robert abrió las manos a los lados en gesto de disculpa.
—Me consta que alguna vez le ha dolido la cabeza, pero no diría que es algo frecuente.
—¿Puede que las haya confundido con una resaca? Él ha insinuado que suele ocurrir después de haber bebido bastante por la noche —sugirió el doctor Martínez.
—Debe de haber un error. El señor Newman no bebe.
—Pues según él, bebe y fuma. Las enfermeras le han requisado un paquete de tabaco y un mechero. Nos ha dicho que fuma un paquete y medio al día.
—Jamás lo he visto fumar un solo cigarrillo.