Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 5
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Cuando Nash entró en la ciudad, el asfalto sudaba el bochorno del mediodía.

Los edificios guardaban sus secretos tras ventanas ciegas y los peatones caminaban por la parte en sombra de la calle.

No era un lugar que prometiera finales felices.

Dejó que el navegador la llevase hasta el hospital, y se detuvo frente a la fachada gris como un panteón.

Había conducido de tirón; le dolían los hombros y tenía las manos agarrotadas sobre el volante.

Titubeó un segundo antes de acercarse lo suficiente como para que el detector de la puerta pudiera abrirla.

Pocas cosas tienen un poder tan rápido e inmersivo como traspasar de nuevo la puerta de cualquier hospital.

A Nash, de inmediato, le trajo reminiscencias de un pasado reciente, relegado a un lugar oscuro en su mente.

En un segundo, las voces contenidas, el zumbido de los aparatos y, sobre todo, el olor la devolvieron a la noche en que, apenas tres meses atrás, había fallecido su madre.

Robert estaba de pie junto a la sala de espera de urgencias.

Llevaba un traje azul marino con camisa blanca, gemelos dorados con un diseño circular y una corbata azul y gris.

Los zapatos relucientes y la pose erguida le hacían destacar como un faro entre todos los pobladores de la sala, que vestían en su mayoría con ropa deportiva.

Nash se detuvo un instante antes de acercarse.

Se alisó la falda del vestido con un gesto instintivo.

Había pasado brevemente por su casa en San Sebastián y, por primera vez en tres meses, se había puesto algo que no fuera ropa de escalada o prestada por las Mitxelena.

Había elegido un vestido azul y unos zapatos de tacón discreto. Se sentía rara.

Robert avanzó hacia ella, tendiéndole una mano que en el último segundo retiró, prudente.

Ella lo observó perpleja mientras reparaba en que la mascarilla que cubría el rostro del mayordomo también iba a tono con su traje.

Lo que la desconcertó no fue su cortesía, sino descubrir que le importaba la impresión que ella iba a causarle.

—Lo siento, la normativa covid aconseja no estrechar la mano. Discúlpeme —dijo como si realmente lo lamentase.

—No importa. ¿Hay alguna novedad?

—Ya he avisado al médico de que viajaba hacia aquí. En unos minutos saldrá a informarla.

—¿Han dicho algo sobre su estado?

—Solo que ha pasado bien la noche.

Nash echó un vistazo alrededor, incómoda.

En parte por la opresiva sensación de estar de nuevo en urgencias, pero sobre todo porque, una vez intercambiados los primeros saludos, no sabía de qué más hablar con Robert.

En un extremo de la sala localizó una máquina expendedora de café y le pareció un oasis perfecto.

Haciendo un gesto hacia la máquina, comentó:

—He madrugado mucho; me vendría bien un café.

—Por supuesto —dijo invitándola con un gesto a caminar delante de él.

Antes de que tuviera tiempo siquiera de abrir su bolso, él ya había introducido las monedas y la observó, esperando que hiciera su elección.

Nash musitó un «gracias», sintiéndose de nuevo incómoda por las atenciones y deseando que el médico saliera de una vez.

Robert esperó a que tomase el primer sorbo de café para comenzar a hablar.

—La editora de Benedict llegará en unos minutos.

Hace un rato me ha escrito para decirme que acaba de aterrizar.

Se llama Margot Faber. Además del trabajo, la une una fuerte amistad al señor Newman y ha querido venir en cuanto se ha enterado de lo que está ocurriendo.

—Robert hizo una pausa para comprobar que Nash iba reteniendo los nombres y continuó—: Quizá luego pueda conocer a Owen Mitchell; es el abogado de su padre y estaba con él en comisaría cuando tuvo el ataque.

Ha estado aquí buena parte de la noche conmigo y con Karim, el secretario de Benedict.

Hace unas horas los convencí para que se retirasen.

Ya hemos acordado que Karim me releve dentro de una hora.

No queremos que Benedict esté solo en ningún momento.

Nash asintió. Esperaba que Robert continuara, pero él bajó la voz antes de añadir la última parte:

—Mitchell, además, tenía que ir a su despacho. Va a interponer una queja formal contra la policía por el trato recibido.

—¿Por qué? Creí que había sufrido un ataque...

—Según el abogado, lo hostigaron después de que comenzase a encontrarse mal y, a pesar de que él pidió repetidamente que se detuvieran, no lo hicieron.

De hecho, ellos también están aquí. —El tono de Robert perdió su eficiencia formal por un instante, volviéndose más confidencial—.

Hace rato que no veo al otro policía, pero este —dijo, y su mirada se endureció— lleva aquí toda la noche.

—Señaló con el mentón a un hombre alto y delgado que los observaba fijamente desde el fondo de la sala.

El pelo gris acero, abundante, le caía sobre la frente.

Llevaba zapatos con cordones que presentaban una leve capa mate, pantalones vaqueros y un fino jersey de punto que colgaba de sus hombros como de una percha.

Sus ojos encontraron los de Nash e inclinó la cabeza con un movimiento breve a modo de saludo—.

Supongo que está esperando para hablar con el médico —explicó el mayordomo.

Nash confirmó con un gesto, sin saber muy bien qué decir.

—Me he tomado la libertad de pedir que preparen para usted una habitación en la casa principal.

—En primer lugar, deja de tratarme de usted; me resulta muy raro que alguien más joven que yo lo haga.

—No soy más joven que tú. —Sonrió él tras la mascarilla, y solo con aquel gesto ya le cayó mejor—. Pero te tutearé si lo prefieres.

—Lo prefiero. Y, en segundo lugar, supongo que al hablar de la casa principal te refieres a la casa de Benedict.

No voy a quedarme en su casa. Como te dije por teléfono, no estoy segura de que este sea el momento de conocerle, pero entiendo que las circunstancias hacen necesaria mi presencia aquí.

Te agradezco tu amabilidad. Hablaré con los médicos y autorizaré todo lo que sea necesario para que reciba la mejor atención, pero he reservado una habitación en un hotel cercano al hospital. Me quedaré allí.

—Precisamente iba a decirte que, si te incomoda quedarte en la casa principal, hay un pabellón de invitados y una casa de guardeses.

Karim, el secretario de Benedict, se ha quedado allí durante todo el confinamiento para poder seguir trabajando con él.

En la casa principal nos quedamos Elisa, que lleva años ocupándose de tu padre, y yo, pero hay habitaciones de sobra.

Te aseguro que de ningún modo tendrías que ver a Benedict si no lo deseas, aunque lo mandaran a casa.

Y con toda la normativa covid respecto a distancias, uso de zonas comunes, ascensores y demás, estarás muchísimo más cómoda que en un hotel.

—Déjame que lo piense —dijo evasiva.

La puerta batiente del área restringida se abrió en ese momento. Una auxiliar se asomó y se dirigió a Robert.

—¿Familiares de Benedict Newman?

—La doctora Elizondo es su hija —respondió él.

—¿Es médico?

—Sí, soy psiquiatra y psicóloga.

—Está bien, acompáñeme.

El policía había aparecido a su lado como si se hubiera teletransportado.

—Disculpe —abordó a la auxiliar.

Ella le contestó exasperada:

—Ya le he dicho que tendrá que esperar. Los médicos van a hablar ahora con la familia y después lo harán con usted.

El policía clavó la mirada en Nash.

—¿Es usted su hija? —dijo tendiendo una mano de dedos pálidos y largos—. Inspector Barezzi. Si después tiene unos minutos, tendríamos que hablar.

Nash permaneció inmóvil, contemplando la mano tendida en el aire.

—Sin contacto, normativa covid —se disculpó.

Él sonrió bajo su mascarilla, recogió los largos dedos y metió ambas manos en los bolsillos de sus holgados vaqueros.

—La espero aquí.

Nash no contestó. Siguió a la auxiliar y, en su avance, empujó levemente el brazo de Robert para indicarle que entrase con ella.

Dos botes de gel hidroalcohólico y las brillantes portadas de tres novelas de Benedict Newman, lo suficientemente manoseadas para delatar que habían sido leídas, reinaban sobre la mesa de reuniones.

Sentados alrededor había cuatro médicos, dos hombres y dos mujeres, además de otra que permanecía en pie y que fue la que habló.

—Soy la doctora Patricia Duval. Mi equipo está tratando a su padre desde que anoche ingresó por urgencias. ¿Es usted su hija?

Nash eludió la pregunta y contestó de otro modo:

—Antes de que empecemos, tengo que advertirles que Benedict y yo no hemos tenido relación nunca. No lo he visto en mi vida. Si estoy aquí es porque al parecer soy su único familiar, me han requerido para autorizar las pruebas y no sé lo que ha pasado.

La doctora Duval confirmó con un gesto.

—El médico de urgencias observó algunas conductas que le llamaron la atención y pidió su opinión al doctor Martínez, que ayer se encontraba de guardia —dijo cediéndole la palabra.

—Según relató la persona que lo acompañaba en el momento del ingreso, Benedict Newman fue requerido ayer a última hora por la policía para interrogarlo por un delito que podría estar relacionado con algo de lo que él escribe.

Robert asintió.

—Owen Mitchell es su abogado —aclaró.

—Al parecer, durante el interrogatorio le mostraron fotografías de varios crímenes y, mientras las contemplaba, por lo que ha descrito su abogado, sufrió un shock emocional que le produjo inmovilidad extrema.

—Este tipo de reacción —aclaró la doctora Duval— se da después de una experiencia traumática en la que la persona puede sentirse tan abrumada que experimenta una respuesta de lucha o huida, en este caso quedó paralizada en lo que se llama respuesta de congelación.

—Sé lo que es, soy psiquiatra.