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La fiebre no mata el deseo: lo desordena. Nombrarlo es empezar a gobernarlo.
B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran
Llevaba un buen rato con los pies colgando de la camilla cuando un grupo de médicos entró en la sala. Entre ellos había dos mujeres, una más joven y otra de mi edad. Conocía al menos a uno. Lo recordaba de la noche anterior, de cuando llegué al hospital.
—Doctor Martínez, ¿verdad? —saludé tendiéndole la mano mientras a ellas les dedicaba una sonrisa galante.
Él me la estrechó.
—Buena memoria, a pesar del golpe. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Como si me hubiera bebido todo el whisky de Irlanda, pero sin bebérmelo, ya me entiendes —dije dirigiéndome de nuevo a las féminas.
Me fijé en que una de ellas, la de mi edad, era particularmente guapa.
Llevaba la bata abierta sobre una falda marrón que le llegaba a la rodilla y un jersey con escote discreto.
Poseía unos ojos de cervatillo del color del whisky añejo.
Leía el informe que le había pasado Martínez.
Se lo devolvió y centró toda su atención en mí. Me sentí afortunado.
—Buenos días —dijo sonriendo mientras me ofrecía una mano firme y muy suave—. Soy la doctora Patricia Duval, la jefa de Neurología. El doctor Martínez nos ha hablado de ti y tenía muchas ganas de conocerte. Te presento a mi colega, la doctora Ana Argüelles, que me va a ayudar a evaluarte.
—Claro.
—¿Puedes ponerte en pie? —Su tono era cortante, profesional, pero al final de la frase arrastraba las vocales con un deje meloso, casi musical, que delataba un origen asturiano.
Salté de la camilla y me coloqué frente a la doctora sin disimular mi incomodidad por la bata hospitalaria.
—¿Cuándo dejarán que me ponga mi ropa? Cuesta parecer respetable vestido con un camisón de abuela —dije mirando a la doctora Duval.
Ella sonrió.
—No te preocupes, nosotros estamos acostumbrados, y es la norma del hospital.
El doctor Martínez nos contó que llegaste inconsciente a urgencias.
Nos preocupa mucho el desmayo que sufriste antes del golpe en la cabeza; queremos asegurarnos de que todo está bien ahí dentro, ¿de acuerdo?
Algunas de las preguntas que te haré a continuación ya te las hizo el doctor anoche.
Sé que puede resultar un poco pesado, pero se trata de comprobar si ha afectado a tu memoria.
Asentí.
—¿Sabes qué día es hoy?
—Pues... no estoy muy seguro.
—Dinos tu nombre.
—Me llamo Colt Star.
—¿Y qué edad tienes?
—Treinta y ocho.
No se me escapó el intercambio de miradas.
—¿Dónde naciste, señor Star?
—En Los Ángeles, California.
—¿Sabes dónde estás?
—Claro, en un hospital.
—¿Y sabes por qué estás aquí?
—Seguro que la brecha que tengo en la cabeza tiene algo que ver.
—¿Puedes explicarnos cómo te la hiciste? —preguntó el doctor Martínez.
—¿Que me la hice? —me indigné—. ¿Esa es su versión? ¿Que yo me la hice? Me metieron en una galletera, me interrogaron duramente y un policía novato y nervioso me atizó con la porra porque no le gustaron mis respuestas a sus insinuaciones.
La doctora Duval alzó una mano, conteniendo al joven médico.
—Señor Star, ¿sabes quién es el presidente del Gobierno?
—Los políticos me interesan tan poco como yo a ellos, Patricia.
Me pareció una belleza. De no haber llevado puesto un camisón, se lo habría dicho.
—Pero ¿sabes quién es el presidente?
—Pues el conservador o el republicano de turno. Pregúntame otra cosa: a qué hora salgo, o algo así.
Parpadeó, pero, antes de que pudiera decirle que tenía una boca preciosa, la otra doctora decidió aguarnos la fiesta.
—Señor Star, necesito que me preste toda su atención. Voy a darle una lista de objetos; memorícelos. Casa, cuchara, zapato, ventana, manzana. Repítalos. —Era la única que seguía tratándome de usted.
—Casa, cuchara, zapato, ventana, manzana —contesté.
El doctor Martínez intervino de nuevo.
—Ahora deletrea la palabra mundo al revés.
—O, d, n, u, m.
—Muy bien. Ahora dime, ¿cuánto son veinte más veintisiete?
—Cuarenta y siete.
—Cuenta desde cien de cinco en cinco hacia atrás —pidió la doctora.
Lo hice. Iba por sesenta y cinco cuando me detuvo.
—Repite de nuevo las palabras que memorizaste antes.
—Casa, cuchara, zapato, ventana, manzana —dije.
La doctora aguafiestas, de la que ya empezaba a sospechar que no le caía demasiado bien, extrajo un folio de la carpeta que llevaba en las manos y me lo mostró.
—¿Puede decirme qué es esto?
—Una hoja de papel.
Me la tendió mientras me pedía:
—Dóblela por la mitad.
Lo hice.
—Ahora póngala en el suelo a su derecha.
Obedecí, teniendo primero la precaución de sujetar la parte trasera del camisón antes de inclinarme. Me enderecé.
—Ahora tómela de nuevo, rásguela en dos mitades y dele una a la doctora Duval.
Seguí sus instrucciones.
—Te he apuntado mi número —bromeé mientras se la tendía.
Ella rio, y esta vez su risa fue audible.
—¿Qué harías si te encontraras una cartera llena de dinero en la calle? —me preguntó. Me encantó el brillo en sus ojos.
—Pues me quedaría en el mismo lugar, apoyado en una esquina, esperando a que un tipo con un ataque de nervios volviera como loco a buscarla.
—¿Y si no apareciera nadie?
—Entonces me daría una vuelta por la zona haciendo preguntas discretas hasta que diera con el propietario.
—¿No la entregarías a la policía?
—¿A la policía? Ese sería el mejor modo de asegurarme de que su dueño jamás la recuperase, encanto.
Mi doctora favorita parpadeó perpleja, pero no dijo nada. Sin embargo, la vi tomar notas.
—¿A qué te dedicas? —preguntó Martínez.
—Soy detective privado.
—¿Y dónde vives?
—En una urbanización de Los Cerros.
—No está mal para un detective.
No contesté, no era una pregunta. La otra doctora no me quitaba ojo, pero su mirada no estaba en mi cara, sino en mis manos, como si un forense estudiara las herramientas de un crimen.
—¿Qué le ocurre en la mano, señor Star? ¿Nota hormigueo? ¿Entumecimiento? —preguntó.
—No me pasa nada.
—¿Por qué la aprieta así?
Me miré la mano extrañado. Estaba semicerrada, los nudillos blancos. Ni siquiera me había dado cuenta. La abrí y cerré un par de veces, sintiendo un hormigueo ajeno.
—No la estoy apretando. —Me encogí de hombros, sin entender a qué se refería.
La doctora Encanto se acercó y tomó mi mano. Le sonreí contento.
—Aprieta mi mano lo más fuerte que puedas —me pidió. En ese momento ya estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me hubiera pedido, pero tuve que negarme.
—No voy a hacer eso, cielo. No soy ningún Hércules, pero te romperé un par de dedos si lo hago.
—De acuerdo —aceptó ella—. Entonces ve apretando poco a poco y yo te diré cuándo parar.
Tomé su mano, la miré a los ojos y apenas había comenzado a apretar cuando me pidió:
—Está bien, para.
Aflojé un poco y, antes de soltarle la mano, la llevé hasta mis labios e hice el gesto de besarla. Ella la retiró sonriendo. Le había gustado. El mundo empezó a parecerme un lugar más habitable. El doctor Martínez volvió a la carga.
—¿Conoces a Benedict Newman?
Resoplé hastiado antes de contestar.
—Sí, últimamente somos como una extraña pareja. No dejan de preguntarme por él.
—¿Te molesta?
—¿Por qué iba a molestarme? —contesté evasivo.
Me eché hacia atrás, sentándome de lado en la camilla—.
Es un escritor; lo conozco desde hace años.
Lo que no entiendo es qué tiene que ver él con esto.
—Me froté los ojos. De pronto parecía haber más luz en la habitación.
Me volví alarmado hacia la ventana, parpadeé incómodo.
—¿Estás cansado?
—Pues un poco, sí —admití llevándome la mano al costurón que me adornaba la nuca. Un halo brillante comenzó a dibujarse ante mi ojo derecho.
—¿Le duele la cabeza? —preguntó la doctora más joven.
—¿Le extraña? ¿Cuántas preguntas llevamos? —Me volví a frotar el ojo. Veía como a través de un prisma.
—Casi estamos terminando.
—¿Suele dolerte la cabeza habitualmente? —preguntó la doctora Duval mirando de reojo al doctor Martínez y susurrando—: Debería estar en el informe, es una de las primeras cosas que hay que preguntar.
La verdad es que una migraña de monumentales proporciones amenazó, palpitando sobre mi oreja derecha. Me llevé una mano fría y húmeda hasta allí. Sentí alivio.
—En ocasiones por las mañanas, pero solo cuando he cenado whisky —contesté deseando terminar con el interrogatorio.
Me estaba mareando; sentí cómo la boca se me llenaba de más saliva de la que podía tragar.
La doctora más joven susurró algo al oído de la doctora Duval. Ella le cedió su lugar frente a mí.
—Última pregunta, se lo prometo. Ya me ha dicho que estamos en un hospital, pero ¿en qué ciudad?
Apreté los ojos para escapar de la luz creciente. Me llevé las manos a los lados de la cabeza. Aquella doctora me caía como el culo. Su pregunta, tan simple, era un gancho directo a la mandíbula de mi realidad. Solo había una respuesta. Solo podía haber una.
—Estamos en Ciudad —contesté seco.
—Sí, pero ¿en qué ciudad?
—En Ciudad. ¿Qué ciudad va a ser?
—Está muy pálido —dijo Patricia a los médicos tomándome de la muñeca para sentir mi pulso. Sus manos estaban frías y las percibí con alivio en mi piel, que ardía—. Se va a desmayar.
—Señor Star, túmbate —me dijo Martínez mientras colocaba una mano tras mis hombros y me empujaba levemente para acompañar el movimiento.
La luz del techo me hirió las retinas como si un relámpago hubiera estallado ante mí.
Casi a la vez, una náusea arrastró el contenido de mi estómago y vomité.
Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera contener el dolor y la humillación.
Me limpié la boca con el dorso de la mano y, sin abrir los ojos, susurré una disculpa a mi doctora favorita.
—Encanto, espero que no tengas esto en cuenta cuando te pida una cita.