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Se desató el chubasquero de la cintura y dejó el teléfono sobre la mesa.
La pantalla mostraba dos llamadas perdidas del mismo número: prefijo de Madrid, Ministerio de Cultura.
La tercera vez en dos días. «Herzog no pierde el tiempo», pensó con fastidio.
Que los funcionarios del Patrimonio Histórico hubieran retomado su acoso, antes incluso de que se normalizara la actividad tras el confinamiento, decía mucho de la insistencia de aquel hombre.
Apartó el pensamiento y se inclinó para inspeccionar el contenido oscuro de varios saquitos de tela y para oler el engrudo en tarros de cristal.
Beth sonrió y contestó antes de que preguntara.
—Estoy haciendo masa madre, de trigo, de centeno y de avena.
—¿Por qué son tan oscuras? —preguntó.
—Es harina integral. Los fermentos que necesito para que leve sin añadir levadura residen en las cáscaras de los cereales.
Nash sonrió.
—¿Sabíais que hay una teoría sobre que las posesiones demoníacas de Salem en Estados Unidos fueron realmente alucinaciones causadas por el cornezuelo de la harina de centeno?
—No te preocupes, la harina actual está libre de cornezuelo. —Sonrió la chica—. Pero no deja de ser llamativo metafóricamente que el demonio se manifestase a través de la harina y de un hongo que recuerda a un pequeño cuerno.
Nash miró a Beth, asombrada por su visión.
—¿Quieres café? —preguntó Eva mientras servía una taza y la pasaba por encima de los tarros.
Nash tomó un trago y frunció los labios ante el amargor. Agregó dos cucharadas de azúcar y removió despacio, consciente del peso de las seis pupilas clavadas en ella. Las Mitxelena esperaban inmóviles como figuras de un retablo.
—He decidido que no iré.
En silencio, Nash las vio levantar las tazas a la vez, el sorbo contenido, y supo leer en aquel gesto sincronizado todo lo que no le decían. Así que añadió:
—Si ha esperado treinta y tres años para decidir que quería conocerme...
—Eso no es así —interrumpió Eva—. En sus cartas te decía que siempre quiso conocerte.
—Y a pesar de la oposición de tu madre, intentó cuidar de ti —añadió Susana.
—Bueno, da igual. El caso es que han pasado treinta y tres años y no me parece normal ir a conocer a Benedict Newman a una celda.
—¿Lo han mandado a prisión? —preguntó Beth.
—No, claro que no. Es una manera de hablar. Robert dijo que lo habían trasladado a comisaría para interrogarle, eso es todo. Pero lo he pensado y creo que, de todos los momentos incómodos para conocer al padre que creía no tener, este se lleva la palma.
Las Mitxelena permanecieron en silencio, los ojos entornados, los labios en aquel gesto de juicio mudo tan propio de ellas.
El teléfono de Nash vibró sobre la mesa con el zumbido de una avispa moribunda. Su mandíbula se tensó al ver el nombre en la pantalla.
—Es Robert —dijo antes de contestar, aunque todas lo habían visto.
—Nash, lamento molestarla de nuevo —se disculpó él.
—No te preocupes, ¿qué pasa?
—Su padre está en el hospital.
—¿Qué ha pasado?
—No conozco todos los detalles, pero ayer, cuando le estaban tomando declaración en comisaría, comenzó a comportarse de un modo extraño.
—¿Extraño? ¿Qué quieres decir?
—Yo no estaba presente, así que me limito a repetir lo que me ha contado su abogado, que estaba con él.
Por lo visto, en un momento de la entrevista se quedó en blanco, no reaccionaba y, cuando lo hizo, comenzó a conducirse de manera anómala e incoherente, completamente desorientado.
Después se desmayó y, al hacerlo, se golpeó en la cabeza y se abrió un corte bastante profundo.
Lo trasladaron al hospital y, aunque recuperó la conciencia, lleva toda la noche en observación.
—¿Qué han dicho los médicos?
—No gran cosa, que de momento va a seguir en observación y que tienen que hacerle más pruebas, y es precisamente por eso por lo que la llamo. Benedict no está en condiciones de tomar decisiones sobre su salud; el médico insiste en hablar con un familiar, y, Nash, usted es su único familiar.
—Oh —contestó Nash mientras valoraba las consecuencias de lo que le pedía Robert. Como si hiciera lo mismo, este añadió:
—Soy consciente de lo complicado de lo que le estoy pidiendo y de que esto precipita mucho las cosas, pero no lo haría si hubiera otra opción.
—No lo entiendes, ya había decidido no ir.
—Ya...
—Y ahora me llamas para pedirme que tome decisiones sobre la salud de alguien que no conozco.
—No tiene por qué conocerlo.
—¿Qué?
—Nash, sé que esta es una situación muy difícil para usted.
Entiendo que no quiera hacerlo. Pero escúcheme: no tiene por qué enfrentarse a él si no está preparada.
Puede venir, hablar con el médico en una sala aparte cada mañana, firmar las autorizaciones y marcharse.
Nadie la obligará a entrar en esa habitación. Me encargaré personalmente.
Nash volvió a mirar hacia el exterior por la puerta abierta de la cocina. La chapa del Mustang relucía bajo el sol de junio como un potro mimado.
—No sé cuánto tardaré en llegar... —dijo al final.
—No me moveré de aquí —contestó él antes de colgar.