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Volvió sobre sus pasos sin cruzarse con nadie, aunque avistó a un par de vecinos que desde detrás de sus mascarillas la saludaron alzando levemente las manos, como si el embozo de tela les hubiera borrado la voz.
Al llegar a la encrucijada que unía la pista principal con la de acceso a la casa de las Mitxelena, vio a la gata Amy que se atusaba el pelaje sentada en el banco de piedra junto a la entrada de la cocina.
—Psss, pss —bisbiseó deteniéndose.
La gata saltó desde el banco y avanzó hacia Nash con el trotecito propio de gata joven y flaca.
—¿Me acompañas? —le preguntó cuando estuvo a su altura. Y echó a andar, segura de que Amy caminaba a su lado—. You’ll never walk alone —canturreó.
En los meses de confinamiento había perdido la sensación de ridículo que le suponía hablar con la gata.
Era lo único que había perdido; si hacía recuento, se tenía que poner en la fila de los que habían salido ganando con aquel encierro forzoso.
Un sueño placentero y renovado, apetito, una familia de piradas maravillosas, una amiga policía, una momia sospechosa de andar sola por ahí y maldiciones para emparedar un círculo del infierno.
Había aprendido a cocinar media docena de platos nuevos, había leído algunas novelas y todas las cartas de Benedict Newman: las que le había escrito a ella, una por año, cada 12 de febrero desde su nacimiento, y las que le había enviado a su madre desde el día en que rompieron su relación.
Cartas unidireccionales, de las que era fácil deducir que ella jamás le respondió.
Caminó hasta que la carretera se volvió pista y levantó la mirada hacia la leve colina sobre la que se alzaba la casa de Andrea Dancur, al menos la que había sido su casa hasta que fue asesinada.
Ella y resolver aquel caso fueron la razón primera por la que había recalado en Baztán.
Nash pensó en todo lo que ahora la unía a aquel lugar.
Dedicó un último vistazo a la gran casa.
Los portillos estaban cerrados, Andrea estaba enterrada en el cementerio de Elbete, muy cerca de la madre de Nash.
Al pensarlo sintió una profunda pena. Sacudió la cabeza como si descartase una idea y continuó caminando hasta que la pista se transformó en camino, y hasta que el camino se borró y no quedaron más que calvas de tierra entre la hierba, que conducían a las ruinas del caserío Elizondo.
El sol de finales de junio calentaba con fuerza y había conseguido evaporar cualquier vestigio de la humedad de primera hora de la mañana.
Penetró en el solar por el lugar donde seguramente había estado la puerta principal y, como si en algún rincón de su memoria guardase un plano con la disposición de la casa, buscó el espacio que habría ocupado la mesa y se detuvo ante los restos de la chimenea.
Amy se ovilló a sus pies y las dos permanecieron así, inmóviles en medio del solar despejado, al calor imposible de la antigua lumbre.
Nash se dirigió hacia uno de los extremos, donde aún se acumulaba media docena de piedras del muro exterior.
Distinguió los restos de papel mojado y la tinta desvaída de las preguntas que la gente dejaba allí.
Con un pudor infantil que la sorprendió, miró alrededor antes de deslizar entre las piedras un trocito de papel en el que había garabateado su duda.
Trazando el mismo recorrido que había hecho para entrar en la casa, regresó al camino seguida de Amy.
Al llegar al cruce entre el pueblo y el camino al molino, le pareció vislumbrar una presencia en la ventana de la casa de Garbiñe.
Todavía recordaba su desencuentro de la última vez, cuando su curiosidad la había puesto en una situación delicada.
Resuelta a no volver a ofenderla, bajó la mirada y solo volvió a levantarla al pasar frente a la casa de Salomé.
Se fijó en que los maceteros de las ventanas, que meses atrás evidenciaban el abandono por el tiempo en que la mujer había estado en prisión, volvían a estar llenos de geranios florecidos.
Algo se aflojó en su pecho, una tensión que no sabía que cargaba.
Los geranios en flor eran de algún modo una respuesta que no había pedido. Sonrió bajo la mascarilla.
—¿De qué sirve hacer preguntas a los muertos si después no respondes a las llamadas?
Alarmada, se giró al escuchar la voz estridente y deliberadamente aniñada de la mujer del teléfono.
Había sonado tan cerca que casi esperaba encontrarla tras ella.
Sin embargo, la valla de metal, el estrecho jardín delantero y los tres escalones que elevaban la puerta sobre el nivel de la calle las separaban.
La mujer, sin mascarilla, había entreabierto la puerta lo justo para asomar la cabeza.
—¿No quieres pasar, guapa? —Su voz guardaba todos los ecos de los terrones de infancia.
Nash se tomó un instante, giró completamente para que la mujer pudiera verla y le contestó:
—Claro, pero ella entrará conmigo, ¿le parece bien? —dijo señalando a Amy, que casi como si imitara su gesto se había detenido a su lado.
La mujer retrocedió como ante una ofensa y cerró dando un portazo. El golpe resonó en la calle vacía y espantó a un mirlo que picoteaba entre los geranios de Salomé.
Pasó ante su coche aparcado frente a la puerta abierta de la cocina de las Mitxelena.
Un rectángulo de luz solar se derramaba lechoso sobre las baldosas.
Amy se tumbó en el suelo templado en cuanto superaron el umbral.
Saludó y ellas correspondieron. La casa olía al café que Susana y Eva removían en sus tazas y a algo mineral y húmedo que no supo identificar.
Las mujeres apartaron la vista de sus tazas y Nash levantó dos dedos como saludo mientras se quitaba la mascarilla liberando al fin la piel del roce húmedo de la tela.