Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 3
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Nash Elizondo empujó la puerta de la cocina de las Mitxelena con la taza de café aún en la mano.

A pesar de ser junio, Beth había encendido la cocina de leña, un poco para perfumar la estancia y un poco para templar las paredes de piedra del viejo caserío, pero sobre todo para acompañar en el húmedo amanecer a su madre y a su hermana.

El coche fúnebre no estaba en su lugar habitual frente al portón, y Nash supuso que Susana y Eva habrían salido temprano para atender el trabajo de la funeraria que regentaban desde hacía cuatro generaciones.

Dejó la taza sobre la mesa y dedicó una mirada a la cocina templada antes de cerrar la puerta.

—Buenos días, doctora Elizondo, qué madrugadora.

—Buenos días, inspectora Salazar, lo mismo digo. Cuando he visto el coche patrulla, he pensado que ya había incumplido alguna norma. Iban a multarme por no ponerme bien las gafas, no llevar la mascarilla del color correcto o cualquier otra norma absurda.

Amaia rio tras su mascarilla.

—No voy a multarte, he venido a despedirme.

—¿Te vas? —preguntó Nash.

—Yo no, pero parece que tú sí. Te llamé temprano, aún dormías, pero las Mitxelena me dijeron que te ausentas unos días.

Nash sonrió mientras negaba, sintiendo cómo la incredulidad le arqueaba las cejas contra su voluntad.

—Son la hostia, todavía no lo he decidido. Se suponía que este paseo serviría para pensármelo.

—¿Quieres pasear en coche patrulla?

—Pues no lo sé. Siempre había pensado que, si alguna vez subía a uno, iría atrás y esposada.

—Eso podemos arreglarlo. Quítate la mascarilla y te detengo.

Dio la vuelta al coche por delante, abrió la puerta y se sentó junto a Amaia. Fijó la mirada al frente, como si con ella pudiera traspasar los muros del palacio Jarola.

—Ya te hablé de Benedict Newman. Unos días antes de que decretasen el confinamiento, un empleado suyo, su mayordomo...

Amaia se giró hacia ella, levantando una ceja.

—Como lo oyes, un mayordomo inglés. Se llama Robert.

Vino a verme para contarme que Newman era mi padre y que quería conocerme.

Me explicó que se había mantenido al margen por expreso deseo de mi madre y que, después de su fallecimiento, entendía que su promesa quedaba sin efecto.

Fue muy considerado, el tipo —dijo con ironía—: me concedió ser yo la que tomase la decisión de hacerlo o no.

Le dije que lo pensaría y prometió que se mantendría al margen hasta que llegase, si lo hacía, en ese momento.

Amaia asintió.

—Anoche recibí una llamada de Robert. Por lo visto, la policía acababa de presentarse en el domicilio de Newman y se lo llevaban a comisaría para interrogarlo sobre un crimen idéntico a los que aparecen en su última novela.

—¡Joder!

—Él no me ha pedido que vaya, y yo no tengo ninguna gana de ir.

Y no sé por qué las Mitxelena te han dicho que me iría.

Supongo que en otras circunstancias sería normal que acudiese, pero, si ya tenía pocas ganas de conocerle, hacerlo mientras está detenido en una comisaría termina de convertirlo en una pésima idea... —dijo.

—Bueno, déjame que le quite hierro al asunto. Probablemente quieran interrogarle como testigo; lo normal es trasladarlo a comisaría por diversas cuestiones legales. Pero si está detenido, tienen que presentar cargos, y por lo que me explicas, no hay cargos, solo preguntas.

—No, Robert no habló de detención...

—Seguramente un pirado está tratando de homenajear a su escritor favorito.

Todavía no he leído su última novela, pero Newman es del hard-boiled , duro, pero no macabro.

La mayoría de los crímenes que narra encajan con el noventa por ciento de las puestas en escena de los crímenes reales.

Es bastante clásico, y no es una crítica.

Cuando leo puestas en escena estrambóticas, siento que estoy leyendo ficción; no me las creo.

—No te imaginaba leyendo esas cosas.

—¿Y qué imaginas que leo?

—Yo qué sé, El Necronomicón , El libro de los muertos , Platero y yo ...

Las dos rieron. Nash se secó las lágrimas incipientes con los bordes de la mascarilla. De pronto dijo:

—¿Sabes que no se pueden llevar gafas con la mascarilla? Se llenan de vaho de tu propio aliento y no ves nada. Respirar o ver, hay toda una filosofía en eso, ¿no crees?

Amaia asintió, calibrando la emoción tras las palabras, y recondujo la conversación.

—¿Sabes de qué cuerpo de policía se trata o en qué comisaría está? Puedo intentar enterarme de algo.

—No, no me lo ha dicho. Es probable que ya esté de vuelta en casa, aunque supongo que Robert me habría llamado. Quizá lo llame yo para preguntárselo. Gracias, Amaia, con lo que me dices terminas de convencerme. No creo que sea el momento, y no sé si alguna vez lo será...

—De acuerdo, miss Daisy, ¿le ha gustado el paseo? —preguntó Amaia indicándole la puerta.

Nash miró perpleja hacia el exterior.

—Pero si no nos hemos movido del sitio.

—Ni un solo paso para una mujer, pero un gran salto para la humanidad.

—Para haberte criado en Estados Unidos, tienes mucho de baztanesa.

Nash caminó hacia la carretera general. Apenas había tráfico. Superó la gasolinera y, antes de cruzar frente al camino de acceso al cementerio, apretó contra el puente de la nariz la mascarilla, que se le metía en los ojos impidiéndole ver si venían coches.

El camposanto reflejaba el abandono de los meses de confinamiento.

Los topos se habían adueñado por completo de las parcelas entre las tumbas, dejando a la vista los montones de tierra que, entre la hierba alta, parecían bordados hechos con esencia de Baztán.

Había una persona en el cementerio; vestía ropa de mahón y estaba de pie frente a la tumba de la familia Elizondo.

Se volvió al oír el golpe metálico de la cancela y levantó una mano como saludo.

Nash había visto la furgoneta del marmolista aparcada en el camino.

Avanzó asegurando los pasos sobre la tierra blanda y aireada y se plantó ante la tumba de su familia.

—Ángel Otaño —se presentó el hombre, respetando la distancia y haciendo casi un gesto de disculpa por no tenderle la mano.

—Sí, vi tu número en el cementerio de Gaztelu; después me enteré de que eras el primo del alcalde. Iba a llamarte entonces, pero llegó la pandemia...

No contestó. El marmolista debía de tener poco más de sesenta años. Manos grandes, espalda aún recta a pesar de las décadas inclinado sobre la piedra. Observaba las lajas de caliza agrietadas que cubrían la tumba. Tocó una de las planchas con la punta de la bota, pero continuó en silencio.

Nash ya había aprendido a tratar con la gente del valle; sabía que aquellos silencios que a otros podrían resultarles incómodos eran habituales en los hombres del Baztán. Quizá para animarle, Nash comentó:

—Bueno, ya ves que está en muy mal estado, hay que cambiarlo todo, la losa que lo cubre, pero también la de la cabecera, y volver a inscribir los nombres.

Mi madre falleció en marzo, unos días antes de que nos confinasen; el enterrador ya me advirtió entonces que, debido al estado de la piedra, el nombre no se podía grabar.

—Hice un presupuesto para esta tumba hace años —dijo sorprendiendo a Nash.

—¿En serio?

—Para una señora de esta familia, igual hasta era su madre. Llegamos a encargar el mármol, pero después no volvió a ponerse en contacto. No llegamos a grabarlo. Lo aprovechamos para otro.

—¿No recordará cómo se llamaba?

—Fue hace muchos años, yo tendría entonces, no sé..., veinticinco o veintisiete. Aún estaba soltero; vine solo, pero trabajaba con mi padre, que es de quien aprendí el oficio.

Nash asintió creyendo que su explicación era una especie de disculpa, pero entonces él volvió a sorprenderla.

—Se llamaba Natalia. Pidió casi lo mismo, sustituir la losa y volver a grabar los nombres en un cabecero nuevo. Pero por lo que sea, luego no se hizo.

Nash no supo si se trataba de alguna clase de reproche, así que se disculpó:

—Era mi madre. Lo siento; creo que yo ni siquiera había nacido, pero puedo asegurarle que tengo intención de llevar a cabo la obra. No le haré perder el tiempo.

—No pasa nada, en ocasiones cuando alguien acaba de sufrir una pérdida está un poco aturullado; encargó el trabajo, después quizá ya no quiso volver por aquí, a algunos les pasa...

—En cuanto tenga listo el presupuesto, le pagaré por adelantado.

El hombre sacó un flexómetro y comenzó a medir las piedras. Hizo un par de preguntas sobre el tipo de mármol y se fue.

Nash no había visitado a su madre desde que decretaron el confinamiento.

Había soñado que lo hacía, había imaginado que lo hacía, pero ahora, detenida ante las piedras desgajadas que cubrían la tumba de la doctora Elizondo, no supo cómo expresar lo que sentía.

Aquella voz que durante años oyó en su cabeza, con toda su fuerza, su sarcasmo y su inteligente discurso, la que la acompañó cuando la enfermedad le robó la capacidad de hablar y la muerte se la llevó para siempre, permanecía ahora en un silencio rotundo.

Aquel silencio, cargado de la altivez pretenciosa y la intención que Nash tan bien conocía, era en sí mismo una respuesta.

Lo había aprendido con los años; era el modo en que su madre le decía: «Toma tu decisión y afronta las consecuencias, cúbrete de gloria o de mierda, pero no te daré ni un solo argumento para que termines haciéndome responsable».

La doctora Elizondo, incluso desde el más allá, seguía ejerciendo su influencia, moldeando la voluntad de su hija, ahora con la imponente ausencia de su voz.

El peso de su legado, de sus enseñanzas implícitas y explícitas, era un eco que resonaba en la mente de Nash recordándole que la autonomía era un camino solitario y que las decisiones, buenas o malas, eran exclusivamente de uno mismo.

Era la lección más valiosa que su madre le había inculcado: la responsabilidad personal inquebrantable, una armadura contra el victimismo y un catalizador para la acción. El silencio en la tumba no era vacío, sino un último y poderoso mensaje de independencia.