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Newman se quitó las gafas y las miró perplejo, dejándolas sobre la mesa. Después tomó aire, hinchando el pecho, ladeó la cabeza y entornó los ojos. Compuso una sonrisa torcida mientras se echaba hacia atrás en la silla.
—No sé qué demonios os enseñan en la academia, pipiolo, pero si crees que se me va a alterar el pelo por ver un cadáver, estás muy equivocado.
Ruano lo miró incrédulo.
—¿Me ha llamado pipiolo?
Newman le mantuvo la mirada, retador. Alzando ambas manos, se quitó la mascarilla, la arrojó hacia atrás como en un brindis ruso y, tocando con su índice la fotografía, dijo:
—No es la primera vez que veo esto. Reconozco los nudos, el envoltorio. Lo he visto antes.
—Se ha quitado la mascarilla —dijo Ruano dirigiéndose a los que observaban tras el espejo—. Hay que parar hasta que se la ponga.
Pero Barezzi lo ignoró y volvió a sentarse, se inclinó para llamar la atención de Newman.
—¿Los reconoce? ¿Los había visto antes de describirlos en su novela?
—Es un viejo caso que llevé hace tiempo. Nunca se resolvió.
—Señor Newman, ¿de qué caso habla? —preguntó Barezzi perplejo.
Esta vez fue Newman el que pareció confundido cuando contestó:
—¿Newman? ¿Por qué me llamas así? —contestó tuteándolo de pronto—. Me llamo Star.
Ruano lo miró y miró a su jefe.
—¿Que se llama cómo?
—Colt Star.
—¿Star, como Patricio Estrella? —se burló Ruano.
—Colt Star —repitió con calma el escritor palpándose los bolsillos de la chaqueta como si buscase algo—. Star como la pistola y Colt como el revólver, y soy detective desde antes de que te salieran pelos en las pelotas.
—Oh, Dios mío —exclamó el abogado llevándose las manos a la cabeza—. Solicito que se interrumpa inmediatamente el interrogatorio. El señor Newman no se encuentra bien.
—¿Es una broma? —preguntó Barezzi mirando al escritor a los ojos.
Newman alzó la barbilla, apuntando con ella al policía.
—Dímelo tú. Me hacéis venir hasta aquí, me preguntáis por este caso y ahora decís que no sabéis de qué hablo.
—Sé de qué habla, lo que no entiendo es por qué dice que no es Newman.
—¿El escritor?
—Sí, el escritor. Usted.
Newman sonrió.
—Es curioso, él me contó que alguna vez le había ocurrido.
—¿Que le había ocurrido qué?
—Que lo llamasen Colt Star —dijo encogiéndose de hombros como si le divirtiera—.
No es porque lo confundan conmigo, pero si lo piensa, al fin y al cabo, él es famoso y a mí no me conoce nadie.
Si saben mi nombre, es por sus novelas, pero para algunos de sus lectores Colt Star tiene el aspecto de Newman; es a él a quien visualizan cuando leen.
Ruano meneaba la cabeza con grandes gestos negativos mientras levantaba las manos incrédulo.
—Espere un momento, ¿está intentando hacerse pasar por el personaje de sus novelas?
Miró a Barezzi impacientado.
Mitchell se puso en pie de nuevo.
—Tenemos que suspender inmediatamente este interrogatorio.
Newman volvió a palparse la ropa.
—Escuchadme bien, porque no tengo tiempo que perder.
Mitchell lo interrumpió.
—Mi cliente no se encuentra bien. No lleva mascarilla, está confuso...
—Qué estupidez, me encuentro perfectamente.
Ruano apuntó con el dedo a Newman.
—Pues yo creo que te estás riendo de nosotros. Y como coja el covid por tu culpa, maldito cabrón, te vas a acordar.
Newman sonrió, alzó una mano. Lo miró retador con los ojos entornados y la boca entreabierta y, con dos dedos, le hizo gesto de que se acercara.
El Lobo observaba toda la escena que se desarrollaba a su alrededor como si asistiera a una obra de teatro, pero alzó una mano para detener a Ruano, que parecía responder a las provocaciones de Newman.
Impotente, el abogado llegó hasta la cristalera espejada buscando ayuda.
—Exijo que detengan el interrogatorio. Mi cliente está enfermo. Llamen a una ambulancia, hay que trasladarlo a un hospital de inmediato.
Su tono era desesperado.
Casi a la vez, el subinspector Ruano se desplazó arrastrando su silla en el avance, interponiéndose entre el espejo y el abogado.
—Su cliente se ríe de nosotros. Dígale que se ponga la mascarilla o lo esposaré y se la pondré yo mismo.
—Eh, pipiolo, ¿a quién le hablas así? —gritó Newman apuntando con el dedo a Ruano—. Puede que intimides a putas baratas y conductores borrachos y hasta que te saques un extra con las multas, pero corrige tus modales o te sacudo la badana.
Ruano se volvió hacia Newman.
No había entendido todo, pero sí la amenaza.
—¿Qué cojones significa eso de las multas? —dijo ofendido.
—Ruano —lo apaciguó Barezzi.
—Ya sabes lo que significa. —Newman se puso en pie—. El cuerpo de policía de Ciudad no se caracteriza precisamente por su honradez, pero no estás hablando con un turista ni con un paleto de visita. Si tengo que sacudirte el polvo, lo haré.
—No me jodas. —Ruano miró a Barezzi—. ¿Esto es serio?
—Más serio que un infarto, pipiolo. Ya me tienes harto.
—Newman fue hasta el espejo y se dirigió a quien pudiera estar escuchando—.
Han acabado con mi paciencia. Llamen al comisario Harris.
Somos viejos amigos; servimos juntos en el ejército.
Díganle que estoy aquí y vendrá inmediatamente. No hablaré con nadie más.
Barezzi se llevó la mano al oído derecho mientras escuchaba el reporte que le llegaba por el audífono.
—No hay ningún comisario Harris en esta comisaría, a menos que esté jubilado...
Newman lo miró mosqueado.
—Tiene mi edad.
Miraron a Newman. A pesar de la hechura impecable de su traje, de su bronceado, de su buen corte de pelo y de que se mantenía bien erguido, era evidente que rondaba la edad de jubilación.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Barezzi cambiando al tuteo.
—Ya tienes todos mis datos. Soy más joven que tú y mayor que el pipiolo este.
El abogado lo miró angustiado.
—¿Llevas una identificación encima? —continuó Barezzi calmado.
—Por supuesto, el sargento de puerta la ha fotocopiado antes de entrar aquí.
—Muéstramela —pidió con amabilidad.
Newman sacó del bolsillo interior de donde antes había tomado las gafas un carnet de identidad que exhibió ante el rostro de Barezzi.
—¿Eres tú?
—¿Quién iba a ser?
—¿Puedes leer lo que pone?
—Claro.
—Espera —lo detuvo—. ¿No necesitas gafas?
—No uso gafas.
—Pues si eres tan amable, lee todos los datos, el anverso y el reverso.
Newman colocó la tarjeta ante sus ojos y comenzó a leer.
Durante un instante, sus labios se movieron en silencio, formando sílabas que no llegaron a convertirse en sonido. Sus pupilas se dilataron.
Un súbito espasmo sacudió su cuerpo.
Comenzó a caer hacia atrás, los ojos poniéndose en blanco.
Hubo un golpe seco y sordo cuando su cráneo impactó contra el borde de la silla. Su cuerpo inconsciente quedó desmadejado en el suelo mientras un charco de sangre se extendía rápidamente como una orla oscura alrededor de su cabeza.
—¿Van a llamar a una ambulancia de una puta vez? —clamó el abogado.