2 #2
El silencio que siguió se tensó, cargado con el peso de esa revelación.
Por primera vez, el control de Benedict se resquebrajó.
Un tic casi imperceptible le latió en el párpado.
Mientras tanto, su mano derecha se contrajo en un puño rápido sin objeto, y, al instante, los dedos se estiraron con una lentitud casi dolorosa.
Newman bajó la mirada, fijándola en sus dedos como en algo ajeno.
Agradeció llevar mascarilla cuando se dio cuenta de que estaba apretando los labios hasta hacerlos desaparecer.
—¡Dios mío! —susurró cerrando los ojos. Los mantuvo así un segundo, dos, tres—. ¿Y el bolso? —preguntó alarmado.
—¿Qué bolso? —repitió Barezzi extrañado.
Abrió los ojos y habló muy bajo:
—El bolso de la joven. El asesino en Todas las noches, todas las ciudades deja el bolso de las víctimas tirado en la calle.
No es casual; el bolso es un símbolo. Al dejarlo abandonado en la calle, está mandando un mensaje.
La señal inequívoca de que algo terrible le ha ocurrido a esa chica, porque ninguna mujer en el mundo deja su bolso tirado en el suelo, sea un Birkin de Hermès o una imitación de plástico barato. El bolso de una mujer es su embajada.
Barezzi aspiró profundamente antes de reconocer el hecho.
—No hallamos ningún bolso.
—Pero alguien pudo llevárselo, ¿no? —argumentó Ruano perdiendo fuerza.
La actitud de Newman cambió. Puso las manos sobre la mesa, dejando que los índices y los pulgares se tocaran.
—Escúchenme, usted y la persona o personas que se encuentran al otro lado del espejo.
—Hablaba como alguien que tiene la honrosa y responsable obligación de comunicar una triste noticia—.
Lamento profundamente la pérdida de esta joven vida, pero suponer que tengo algo que ver porque describo en mi novela un tipo de víctima que coincide con la suya, y que por desgracia pertenece al grupo más común de víctimas, está traído por los pelos.
Por más secretismo que tratemos de darle, lo cierto es que decenas de personas del equipo editorial leen mi novela antes de la publicación, se envía a cientos de periodistas que preparan sus artículos para la fecha de salida y, una vez en imprenta y distribución, miles de libreros, transportistas, por no mencionar los lectores que se la leen del tirón en menos de veinticuatro horas tras su publicación, tienen acceso a ella.
Ruano hizo ademán de interrumpirlo. Barezzi le puso dos dedos en el antebrazo sin mirarlo.
—Y respecto a la causa de la muerte, déjeme decirle que la sofocación manual, aunque se utilice cordel, es el método más común en este tipo de agresión.
Pone de manifiesto fuerza, superioridad física; somete a la víctima y da visibilidad al agresor, que, ahogando la voz de la víctima, privándole del aire y enmudeciéndola para siempre, imprime una marca personal.
Al otro lado del espejo, el comisario Ferrer se movió hacia delante en su silla. Newman lo notó sin verlo.
—En mi novela, el bolso es la firma; el bolso es fundamental en todo el perfil. Por lo demás, es un placer prestarles mi colaboración en lo que necesiten, y de nada —concluyó sereno y pesaroso, como quien ha cumplido con una triste obligación.
Newman se puso en pie e hizo una seña a su abogado, que lo siguió con aire de no saber muy bien qué acababa de ocurrir.
La silla, al arrastrarse, rompió con un chirrido agudo el silencio de la sala.
Barezzi lo dejó hacer mientras asentía muy despacio, como si razonase las consideraciones del escritor.
Newman llegó hasta la puerta, pero antes de salir se volvió hacia él.
—No es mi intención enseñarles cómo deben hacer su trabajo, pero seguramente el forense podrá arrojar más luz sobre el caso ayudándoles a perfilar mejor a su sospechoso.
Yo apuesto por un hombre, alguien joven, fuerte, entre treinta y cuarenta y cinco años, aunque me inclino por menos de cuarenta y más de treinta.
Hagan un estudio de la víctima y se acercarán bastante al tipo de agresor.
No voy a mencionar el ADN porque supongo que lo habrán buscado sin hallarlo; de otro modo, no habrían esperado tres meses y no estarían dando palos de ciego.
Barezzi se mordió el interior de la boca, algo flácida. Aunque la mascarilla ocultaba parte, su rostro se veía casi plano en las mejillas, como si hubiera perdido mucho peso en poco tiempo. Estiró la mano de largos dedos y la dejó reposar sobre la carpeta de tapas marrones mientras suspiraba.
—Tiene razón en algo: no hemos hallado ADN del agresor, pero se equivoca en que hayamos tardado tres meses.
Sabemos que el asesinato se produjo hace tres meses por el estado del cadáver y porque es la fecha en la que se le perdió la pista a la víctima.
Durante el confinamiento, su familia se aferró a la posibilidad de que hubiera quedado incomunicada en el lugar donde fuera que la hubiera sorprendido la orden gubernamental.
Pero el hallazgo se ha producido hace cuarenta y ocho horas.
Un barco de la Comandancia de Marina detectó un fardo flotando en el puerto.
—Abrió la carpeta mientras indicaba a Newman que se acercase.
El escritor se inclinó y frunció el ceño. Al principio no pudo distinguir muy bien lo que estaba viendo. Se sentó de nuevo y su abogado lo imitó.
—¿Puedo? —dijo palpándose la pechera de la americana—. Las gafas; me temo que no veo muy bien sin ellas.
—Claro —autorizó Barezzi.
Extrajo una funda de cuero del bolsillo interior de su americana, sacó unas gafas de montura de acero, se las puso e inclinó la cabeza sobre la fotografía que Barezzi le acercó mientras decía:
—Al igual que usted, los de la Comandancia tampoco sabían qué podía ser cuando lo vieron flotando. Pero al acercarse, y en cuanto lo engancharon para subirlo a bordo, estuvieron seguros de que, fuera lo que fuese, estaba podrido.
Con uno de aquellos largos dedos, Barezzi apartó la primera fotografía.
La siguiente correspondía al momento en que alguien había rasgado el plástico azul.
Un cadáver humano, de mujer, en avanzado estado de descomposición.
Blanco e hinchado, la piel se había desprendido como una bolsa de plástico llena de agua.
Mitchell abrió la boca como si fuera a protestar, pero Newman no reaccionó.
Ni una palabra. Ni un gesto. Se quedó inmóvil mirando la fotografía, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor.
Ese silencio alarmó al abogado más que cualquier exclamación. Mitchell se puso en pie.
—¿De verdad creen que esto es necesario? —dijo dirigiéndose a la ventana tras Barezzi—. Me llevo a mi cliente a menos que quieran hacer una acusación en firme, que lo dudo.
Benedict Newman seguía inmóvil, mirando la foto. Barezzi se dirigió al abogado.
—No hemos terminado. Siéntese. —Cuando el abogado obedeció, continuó—: Lo de esas fotos no es todo, porque hace diez meses, a finales de julio de 2019, el servicio de limpieza de playas localizó un bulto idéntico en un arenal, y, aunque era temprano, no pudieron evitar que varios turistas hicieran fotos del fardo que terminaron circulando por las redes sociales.
Por suerte, lo retiraron antes de que nadie pudiera ver el contenido.
Puso una foto ante él.
Una pulpa gris y un amasijo de huesos tintados de marrón por los humores corporales. Aquí y allá se adivinaban cabellos rojizos como cables de cobre enmarañado.
—Era una mujer que aún no ha sido identificada debido al estado del cadáver.
El tiempo que había permanecido en el agua y la acción del sol en la lona aceleraron la putrefacción.
Nadie reclamó el cuerpo, no había rastros ni denuncias que hicieran pensar que fuera de la zona, y finalmente se barajó la posibilidad de que pudiera haber sido arrojada en alta mar y arrastrada hasta la playa por la marea.
Como comprenderán, el nuevo hallazgo nos hace replantearnos de dónde provenía.
—¿En agosto de 2019, dice?
El policía asintió.
—Y afirma que la acción del agua y el sol sobre el atado de lona aceleraron la descomposición del cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevaba muerta? Tendrán una data de la muerte, aunque sea aproximada...
Barezzi lo miró tratando de entender su intención, pero Ruano se adelantó.
—La forense estableció que no más de cuatro días.
—Si hubiera empezado por ahí, nos podría haber ahorrado esta desagradable situación.
En el mes de agosto pasado, el señor Newman sufrió un ataque, ingresó en un centro hospitalario y estuvo en observación todo el mes.
Cuando le sobrevino, llevaba varias semanas en casa de su editora en Suiza.
Por la mañana les haré llegar todos los informes médicos, pero ya les adelanto que han metido la pata.
Fue Ruano el primero en darse cuenta de que algo raro estaba sucediendo.
Tocó el brazo de Barezzi para llamar su atención.
Los tres hombres se callaron súbitamente y observaron a Newman.
El escritor seguía inmóvil, inclinado sobre las fotografías sin emitir un solo sonido, como si fuera ajeno a lo que ocurría a su alrededor.
Lo único que se oía era el tictac del reloj de pared que nadie había notado hasta ese momento y el roce áspero de la respiración del escritor contra su mascarilla.
—Benedict —llamó Mitchell.
Newman no contestó.
—Benedict, ¿estás bien?
Newman parecía petrificado. Los policías se pusieron en pie, pero fue Ruano el que dio la vuelta a la mesa y se agachó un poco para poder ver sus ojos.
Estaban vidriosos; no parpadeaba. El policía pasó una mano, interponiéndola entre la fotografía y la mirada de Newman.
No hubo reacción. Alarmado, Mitchell se acercó, situándose junto a su cliente, y suavemente le tocó el hombro.
—Benedict, ¿te encuentras bien?
Benedict Newman parpadeó e irguió la cabeza lentamente.
—¡Por Dios, Benedict, me has dado un susto de muerte!