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Noche en Ciudad
Desde la sala contigua, a través del cristal espejado, el comisario Ferrer observó a Benedict Newman.
Bufó y dejó salir el aire con disgusto, sintiendo cómo rebotaba cálido contra la tela de su mascarilla.
Se había dejado arrastrar por el entusiasmo del inspector Barezzi, pero traer a comisaría a aquellas horas a un escritor tan prestigioso como Benedict Newman era una mala idea.
Si Barezzi se equivocaba y no sacaban nada en limpio de aquella entrevista, le iban a pedir responsabilidades desde arriba.
El silencio pesado de la comisaría en horario nocturno, roto solo por el zumbido constante de las luces fluorescentes y los susurros de los policías presentes, parecía amplificar los nervios de Ferrer.
Se volvió hacia el inspector Barezzi: inmóvil, con la mirada fija en su presa, como un depredador que espera el momento de atacar.
Al otro lado del espejo, el escritor permanecía sentado con la espalda recta, las manos sobre los muslos.
No había dicho una palabra. Sus ojos recorrían la estancia, cada esquina desangelada, cada marca en la mesa metálica, cada rayón en la pared.
Pasó un dedo por el borde de la mesa, observó el polvo acumulado en la yema y lo frotó con visible disgusto.
Después estudió su propio reflejo en el espejo, consciente de que lo observaban.
El abogado, a su lado, era el único que mostraba incomodidad.
Se inclinaba constantemente hacia su cliente, susurrándole consejos, mientras el escritor los rechazaba con lentos y tranquilos movimientos de cabeza.
—¿Crees que un tipo que lleva tres meses confinado se pone un traje de tres piezas para estar en casa? —comentó el subinspector Ruano.
—No lo sé, mi mujer es lectora suya desde hace años y dice que siempre va impecable, es parte de su imagen. Y habéis dicho que estaba hablando en línea con un periodista... —contestó Ferrer.
—Un crítico de The New York Times . Entre el secretario y el mayordomo nos lo han repetido cien veces —explicó Ruano.
—Es uno de los periódicos más importantes de Estados Unidos —dijo el comisario con aprensión.
—Casi había terminado, jefe —intentó tranquilizarlo Barezzi.
—Tiene un mayordomo inglés, ¿os lo podéis creer? —dijo Ruano dirigiéndose a la decena de policías presentes en la sala. A pesar de la hora, nadie quería perderse el interrogatorio al escritor.
—Le dieron treinta millones de libras de adelanto por su anterior novela. ¿Sabes cuánto es eso en euros? Casi treinta y cinco millones. Puede tener lo que le salga de los huevos —contestó uno de ellos—. Leí que tiene una mansión en las Bahamas y hasta un avión privado.
—No sabía que los escritores pudieran ganar tanta pasta —comentó otro de los policías.
—Para la mayoría no es así. No habrá más de media docena en todo el mundo —contestó el primero.
El comisario, que los había escuchado mordiéndose el labio inferior, se volvió a mirar al inspector.
—Espero que sepas lo que haces, Barezzi —dijo en voz baja, para que solo él lo oyera—. Se nos va a caer el pelo si este hombre sale de aquí sin cargos.
—Sé lo que hago.
El comisario no contestó; miró a través del espejo.
—¿Quién es el abogado? No lo había visto nunca.
—Es que no es de penal —respondió Ruano—. Se nota que es caro, pero debe de ser el que le lleva los asuntos personales. Estoy seguro de que es la primera vez que está en una comisaría; parece que le va a dar un ataque en cualquier momento.
—Mejor a él que a Newman —susurró el comisario—. ¿No creéis que habría que advertirle que quizá debería esperar a otro abogado?
—Lo hemos hecho, y su abogado también, pero no quiere esperar, quiere declarar ya e irse a casa —explicó el subinspector.
Barezzi se frotó las manos.
—Que quiera declarar sin esperar al penalista nos da ventaja. Lo de que se vaya a ir a casa, ya lo veremos.
Barezzi tendió una carpeta hacia Ruano.
—Me sentaré frente a él y tú a mi lado. No digas nada, colócala sobre la mesa sin abrirla y me dejas empezar a mí. Vamos a entrar ya —dijo ajustándose un auricular en el oído derecho—. Solo lamento no poder obligarle a declarar sin mascarilla. Mataría por verle la cara.
—Barezzi —lo detuvo el comisario.
El inspector se volvió a mirarlo.
—No te pases —dijo, entre una advertencia y un ruego.
Al abrir la puerta, una corriente de aire frío y rancio se coló desde el pasillo, trayendo consigo el olor a café quemado y a sudor viejo que impregnaba la comisaría tras un largo día.
Barezzi se bajó la mascarilla un instante.
—Algo oculta, puedo sentirlo aquí. —Barezzi sonrió y se golpeó con el dedo índice el colmillo derecho.
Newman estudió a los policías que entraban en la sala y dirigió la mirada a las cámaras encendidas y al espejo de mala calidad tras el cual percibía las luces de la sala contigua. Sobre la mesa, un interfono que seguramente solo servía para intimidar.
—Tienes razón, me encantaría poder verle la cara —resonó la voz del comisario en el auricular de Barezzi, que asintió mientras ocupaba su puesto frente a Newman.
Ruano lo hizo frente al letrado. Miró al escritor y, con deliberada lentitud, puso sobre la mesa la carpeta fina de tapas marrones. Cuando estuvo seguro de que Newman la miraba, la arrastró hasta la mitad del tablero y la dejó allí.
Newman se giró hacia su abogado. Hasta con la mascarilla puesta notó cómo Owen Mitchell boqueaba como un pez fuera del agua. Llevaba sus asuntos desde hacía más de veinte años, pero era un abogado mercantilista. Eso fue lo primero de lo que le advirtió en cuanto llegó a comisaría.
—Benedict, necesitas a un abogado de penal. He llamado a mi hijo, que viene hacia aquí, pero todavía tardará un par de horas en llegar. ¿Por qué no me permites negociar que te interroguen mañana?
—De eso nada, quiero acabar con esto cuanto antes.
—Benedict, no puedo garantizarte la asistencia que necesitas.
—¿Qué dices? No necesito ninguna asistencia, no he hecho nada. Que estés aquí es solo un formalismo.
—Por descontado que estaré a tu lado, pero esto no es lo mío. El mejor consejo que puedo darte es la primera norma de penal: no digas nada.
Barezzi recitó una fórmula de fecha y hora y la advertencia de que grabarían la conversación. Las luces verdes de las cámaras se tornaron rojas y él se dirigió al escritor.
—¿Es usted Benedict Newman?
—Sí.
—Señor Newman, diga a qué se dedica.
—Soy escritor.
—¿Es usted el autor de la novela Todas las noches, todas las ciudades ?
—Ya me lo ha preguntado antes...
—Conteste, por favor. Es para que conste.
—Sí, soy el autor de esa novela.
—¿Es el único autor o colaboró alguien en la escritura?
Newman se inclinó ligeramente hacia delante.
—He escrito cada palabra de todas mis novelas. ¿A dónde quiere llegar?
Barezzi ignoró la pregunta.
—¿Lo asesora alguien?
—Todo tipo de expertos, dependiendo del tema de la novela.
—¿Aportan parte del texto sus asesores?
—Por supuesto que no. Aportan información que luego yo introduzco como más me conviene para dar verosimilitud a la novela.
—Señor Newman, ¿sabe por qué está aquí?
—Lo que sé es lo que me dijeron en mi casa: que se había cometido un crimen idéntico a uno de los que se describen en mis novelas.
—¿Y bien?
Newman se aproximó al policía.
—Siento curiosidad.
—¿Le digo que hace unos tres meses se cometió un crimen como el que narra en la novela que acaba de publicar, y todo lo que siente es curiosidad?
Newman sonrió mientras dejaba salir el aire por la nariz.
—Lo primero que debe aclararme es a qué clase de crimen se refiere.
El espectro criminal es muy amplio; en una novela de género policiaco, los crímenes que se describen van desde el chantaje o la corrupción policial hasta la agresión, el asesinato o la venganza —dijo con intención—. ¿Se refiere a esa clase de crimen?
Barezzi se giró levemente hacia la ventana que había a su espalda. Casi podía imaginar al comisario tras el espejo. Al preguntar de qué tipo de crimen se trataba sin dar por hecho que fuese un asesinato, Newman acababa de apuntarse un tanto.
—Nos referimos a un asesinato —intervino por primera vez Ruano.
—¿Cuándo ocurrió exactamente? —preguntó el abogado.
—Hace alrededor de quince semanas.
—Eso es antes del confinamiento...
Barezzi asintió.
—¿El asesinato de una mujer? —preguntó Newman.
—Una mujer joven, con un perfil similar al que describe en su novela.
Mitchell tocó el brazo de Newman en señal de advertencia. El escritor se apartó con un gesto seco.
—¿Y por eso me tienen aquí? Una mujer joven es el perfil de víctimas de homicidio más común en el mundo, cualquier criminalista lo sabe, y en la medida en que desciende su posición social, aumenta el riesgo.
—¿Y cómo lo sabe usted?
—Porque soy bueno en mi trabajo.
Barezzi tomó de nuevo la palabra.
—Pero no se trata solo del perfil de la víctima: coinciden la causa de la muerte, por estrangulación; la violencia sexual, el estado del cuerpo dificulta saber si hubo penetración, aunque creemos que es probable, casi seguro mientras la estrangulaba; y fue despojada de toda su ropa, exactamente como describe en su novela.
Los ojos azul intenso de Newman reflejaron inquietud, perdiendo un poco de seguridad. Parecía genuinamente preocupado. Cruzó un brazo sobre el pecho y elevó la mano derecha, apoyándola en el mentón, como si pensara bien lo que iba a decir.
—Por desgracia, es un modus operandi habitual en un tipo de agresor maníaco-sexual que está documentado desde el estrangulador de Boston hasta Samuel Little o Russell Johnson.
No hay nada nuevo bajo el sol —dijo calmado, sentencioso y bastante satisfecho al comprobar por el gesto de Ruano que no sabía quiénes eran. El Lobo sí.
Barezzi se inclinó hacia delante y clavó la mirada en la de Newman.
—Utilizó cordel de tender —dijo muy despacio—. Cuando la encontraron, todavía colgaba de su cuello.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire viciado de la sala. El zumbido de los fluorescentes se intensificó, como si la propia luz contuviera el aliento.