Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 1 #3
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El policía miraba fijamente a Newman a través del cristal. El gesto de pedir tiempo muerto se mantenía, pero ahora iba acompañado de una leve inclinación de cabeza, como si quisiera transmitir un mensaje silencioso.

—Señor Newman —la voz del Lobo le llegó incluso a través de la puerta, esta vez con un matiz de impaciencia contenida y amenaza velada—, ¿podríamos hablar ya?

Benedict sintió un desasosiego que brotaba de algún lugar de su pasado. La sonrisa en su rostro se mantuvo, inquebrantable, pero sus ojos, ligeramente entornados, delataban una mente que trabajaba a toda velocidad.

—Linus —dijo, su voz tranquila a pesar de la urgencia—, me temo que mi gato Ike ha hecho una travesura más allá de lo esperado. Parece que la policía ha venido a buscarlo. Tendremos que dejar la entrevista aquí.

Linus Gerber, con una expresión entre sorprendida y divertida, asintió.

—Comprendo, Newman. Cosas de gatos, supongo. Ha sido un placer, como siempre. Espero que Ike no cause demasiados problemas a la policía.

—Es un chico de campo, Linus. Está acostumbrado a la aventura —respondió Benedict con un último destello de su sonrisa.

Se quitó los auriculares. El mundo exterior, la audiencia de cien mil personas invisibles, se cortó. La burbuja de su despacho, antaño impoluta, se había roto. La realidad, en forma de dos policías, llamaba a su puerta.

Se levantó, se colocó con cuidado la ropa y caminó hacia la entrada con calma estudiada.

—Señor, lo lamento, estos hombres son de la policía, quieren hablar con usted —se disculpó Robert.

Los hombres habían avanzado entrando en el despacho, y aunque se habían detenido junto a la puerta, Newman percibió que traían adherido a la ropa el aroma de la noche, de prendas que se han llevado durante demasiadas horas y del aliento viciado contenido tras las mascarillas.

—Benedict, tienen... —comenzó Karim.

Pero Newman le cortó, airado:

—Y deduzco que debe ser extraordinariamente urgente para interrumpirme mientras trabajo —atajó sin que quedase muy claro si se dirigía a Robert, a Karim o a los policías—. A ver, ¿dónde está el fuego? —dijo visiblemente irritado.

—Quizá bajo sus pies —respondió el policía más joven.

—¿Qué se supone que significa eso?

El joven no contestó; fue el Lobo el que habló:

—¿Es usted Benedict Newman?

—Sí.

—¿Es usted el autor de la novela Todas las noches, todas las ciudades ?

—Ya sabe que sí. ¿A qué viene esto?

—Inspector Barezzi y subinspector Ruano, de la Policía Nacional —dijo mientras mostraban sus acreditaciones—. Tiene que acompañarnos a comisaría.

Benedict Newman los miró de hito en hito.

—No voy a acompañarlos a ninguna parte. Vienen a mi casa en plena noche, interrumpen una importantísima conversación, ¿y pretenden que vaya con ustedes a comisaría sin darme ningún tipo de explicación?

—Las explicaciones se las daremos cuando lleguemos allí —dijo el policía más joven, que se había adentrado en la estancia, mientras inspeccionaba la superficie de la mesa ojeando un montón de folios impresos con apuntes en los márgenes—. ¿Es su última novela?

—Es la que acaba de publicarse —aclaró Karim—, es una versión de trabajo, de hace meses, y no puede tocarla a menos que tenga una orden de registro.

—No la necesito, ustedes nos han permitido entrar, esos papeles están a la vista, y pueden estar relacionados con la comisión de un delito, no solo puedo tocarlos, sino que me los voy a llevar a comisaría junto con su jefe.

—Benedict, voy a llamar a tu abogado —dijo Karim sacando su móvil.

—No voy a ir a ninguna parte —repitió el escritor dirigiéndose primero a su secretario y después a los policías—.

Robert ha sido muy amable al dejarlos pasar, pero no es el propietario de la casa.

Soy yo. Y yo no los he autorizado a entrar, así que, a menos que tengan una orden judicial, pueden ir saliendo de mi domicilio o llamaré a la Guardia Civil.

El joven iba a responder. El mayor levantó la mano con gesto apaciguador. Contuvo a su compañero.

—Señor Newman, tenemos una orden de comparecencia —dijo señalando un pliego azul cielo que Robert sostenía—.

No está usted detenido, aunque puede acabar estándolo si se empeña.

Está siendo investigado con relación a un crimen.

Acompáñenos a la comisaría, le haremos unas preguntas y seguramente todo habrá terminado en unas horas.

—¿Crimen? ¿Qué crimen? —preguntó Karim extrañado.

—Todas esas cuestiones se las explicaremos al señor Newman en comisaría —contestó el Lobo mientras el otro ponía una mano en el brazo del escritor, quizá con demasiada firmeza. Comenzó a recitarle sus derechos.

—Pero esto es ridículo —protestó Newman zafándose—. Llevo meses sin salir de casa, todos llevamos meses sin salir de casa, ¿cómo iba a cometer un crimen?

El policía más joven volvió a tomarle por el brazo, esta vez con más fuerza. La voz rasposa del inspector Barezzi cortó el aire.

—Eso es precisamente lo que tiene que explicarnos. ¿Cómo es posible que en su novela recién publicada se describa un crimen que se cometió hace semanas?