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—No es tanto un secreto como parte del disfrute literario.
Todas las noches, todas las ciudades nos habla del hecho de que la ciudad donde vive el detective Star podría ser cualquiera: Nueva York, Roma, Los Ángeles, París o Barcelona, y de la atemporalidad del crimen, deliberadamente sórdido, deliberadamente urbano.
—Lo disfrutamos; sin embargo, muchos de tus lectores constituyen grupos de lectura en los que debaten sobre el misterio de esa ciudad.
Existe un pódcast dedicado a resolver el misterio, e incluso se rumorea que una conocida casa de juego en el Reino Unido acepta apuestas sobre la identidad de Ciudad.
—Esa es la clase de literatura que quiero hacer, Linus.
Ahí reside la magia: en que una ciudad de ficción trascienda hasta la realidad, ocupe tiempo, recursos y estimule la imaginación, la percepción y las habilidades investigadoras de mis lectores.
Créeme, dedico mucho tiempo y esfuerzo a crear ese entretenimiento para ellos.
—Es difícil situar la acción temporal y geográficamente, pero el detective Colt Star evoca el género hard-boiled de Chandler o Hammett actualizado a la perversidad contemporánea.
Tras la ambientación naturalista y urbana, los contextos marginales y la corrupción política, presiento una delicada labor de encaje.
—Creé a Colt Star con esa mezcla de acción violenta donde se cruza la barrera entre el bien y el mal, pero añadiendo la sensibilidad psicológica de la que a menudo carecen los detectives de este género. Un lenguaje crudo, callejero, pero analítico.
Un movimiento junto a la puerta acristalada del despacho captó su atención.
Desvió la mirada. Robert, el mayordomo, hablaba con dos desconocidos que lo observaban a través de los cristales.
A pesar de las mascarillas que les tapaban parcialmente la cara, distinguió que uno era más joven, de cuerpo atlético, movimientos rápidos.
Unos treinta, calculó. El otro, más mayor, con esa delgadez que delata edad y que asediaba al propio Newman.
Policías, pensó de inmediato. Las chaquetas demasiado amplias, el modo desacompasado de moverse, como una pareja formada por una ardilla y un lobo, y que tan a menudo delatan a los policías, aunque vistan de paisano.
Karim ya había llegado a la puerta. Benedict observó cómo Robert, que hasta entonces había permanecido inmóvil en un segundo plano, daba dos pasos silenciosos, interponiéndose entre la puerta y la amenaza en el umbral.
Karim entreabrió la hoja lo justo para colarse fuera.
Las voces contenidas llegaron con un suave rumor incomprensible pero cargado de tensión antes de que Karim cerrase, suficiente para que, por primera vez en más de treinta años de entrevistas, Benedict Newman perdiera la atención y no escuchara la siguiente pregunta.
—Discúlpame, Linus, me temo que alguien ha dejado una puerta abierta y mi gato está haciendo de las suyas, ¿podrías repetirme la pregunta?
Linus no lo hizo.
—Bueno, no sabíamos que tenías un gato —dijo visiblemente complacido.
«Y no lo tengo», pensó Newman mientras dirigía la atención hacia los dos hombres a los que Karim parecía tratar de contener.
—¿Cómo se llama? —preguntó Linus.
El policía más joven había fijado su mirada en la de Newman a través del cristal. Elevó una mano frente a su rostro, parcialmente cubierto por una mascarilla negra, y dispuso la otra encima como si pidiera tiempo muerto. Su mirada retaba a desafiarle.
—¿Quién? —preguntó Benedict intentando mantener su atención en la pantalla.
—Tu gato, Newman, ¿cómo se llama?
—Oh, Ike, como el 34.º presidente —inventó sobre la marcha.
Linus asintió complacido.
—Es muy original. ¿Por qué decidiste ese nombre? ¿Eres fan de las acciones bélicas de Eisenhower o admiras más bien su gestión política?
El otro, el Lobo, abrió una cartera de cuero y apoyó contra el cristal de la puerta un carnet distintivo de la Policía Nacional. Asintió a algo que le decía Robert y levantó la mano separando los dedos para otorgarle cinco minutos.
Benedict Newman volvió a centrar su atención en la pantalla.
—La explicación es bastante más simple —dijo Newman intentando sonreír—. Mi Ike también es «un chico de campo».
—Eres una caja de sorpresas, Newman. Te repetiré la pregunta: ¿creías que era necesaria esta evolución en un tipo de personaje que todos conocemos de la novela hollywoodiense y que tan bien perpetuó el cine negro?
—Linus, la imagen del detective de cine negro, con su gabardina empapada de lluvia y su cinismo a flor de piel, es, admitámoslo, un cliché desgastado. La fórmula para la novela negra moderna no radica en emular esas figuras trasnochadas. No.
Newman hizo una pausa calculada, como quien deja respirar una idea importante. Con el rabillo del ojo captó el reflejo de los dos hombres todavía recortados contra el cristal de la biblioteca.
—La verdadera maestría consiste en encontrar el equilibrio.
Compensar la naturaleza intrínsecamente criminal que subyace en esas novelas con un análisis mucho más sofisticado.
El investigador ya no puede ser un mero autómata que une pistas.
Debe poseer una profunda comprensión de la condición humana.
Solo así podrá desentrañar la verdad que se esconde tras el velo del crimen.
—Fascinante, Newman. Buscas un detective que no solo resuelva el enigma, sino que se adentre en la disección del crimen, explorando su arco completo y la profunda comprensión de sus raíces humanas.
—Exactamente, Linus. Un detective que no solo limpie la podredumbre, sino que entienda por qué está ahí. Que no solo resuelva el caso, sino que comprenda al criminal. Esa es la evolución necesaria.
Sin poder evitarlo, sus ojos se dirigieron hacia la puerta.