Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3)
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Noche en Ciudad
Benedict Newman elevó la mirada por encima de su pantalla.
Estudió la estancia. Las librerías de nogal y cristal ocupaban toda la pared a su derecha, alzándose hasta el techo.
Se repetían idénticas a la izquierda hasta alcanzar la puerta de doble hoja de cristal que separaba su despacho del pasillo.
Al fondo, el batiente escamoteado entre los paneles de madera que conducía a la biblioteca.
Al frente, tras la pantalla, y apoyado en el suelo, un gigantesco espejo veneciano de profuso marco dorado le permitía verse de cuerpo entero, excepto donde la pantalla tapaba la visión.
Durante el día reflejaba la luz de la ventana a su espalda, inundando la habitación de claridad, como un falso mirador.
Había pedido a Robert que echase las gruesas cortinas de terciopelo borgoña; a pesar de que fuera solo se percibirían, lejanos, los anaranjados halos de las farolas que rodeaban la propiedad.
Estudió el efecto en el reflejo. El telón producía la fastuosa impresión de hallarse en un gran escenario.
Tomando la pantalla con ambas manos, la giró despacio hasta obtener visible a su espalda una porción prudente de la elegante librería.
Karim, su secretario, que se sentaba a un costado de la mesa, fuera del encuadre, hizo un gesto de disgusto.
Newman lo ignoró. Últimamente, tenía la habilidad de sacarlo de quicio.
Releyó una vez más el mensaje.
«En espera, pronto el anfitrión le invitará a unirse a la reunión.»
Analizó el encuadre en la pantalla y asintió satisfecho, soltando el aire de los pulmones. Sacudió una mota invisible de la hombrera de su traje y elevó la mano derecha para aspirar el perfume de su muñeca.
Traje de tres piezas, impecable factura para realzar sus hombros enjutos.
Nunca se había caracterizado por su corpulencia, pero con los años y la pérdida de masa muscular, lo que en otro momento había sido esbeltez delataba ahora cierta fragilidad que todavía lograba disimular con un buen traje.
Se preguntó cuánto más lo lograría mientras palpaba sus rodillas cada vez más delgadas.
Interrogó al espejo veneciano. Le devolvió la mirada azul y penetrante en el rostro ligeramente bronceado.
Y el cabello abundante que Elisa seguía tiñendo cada quince días para ocultar sus canas.
Consideró si sería el momento de dejar que fueran visibles, al menos en las sienes.
Nada tan delator de la vejez como la exagerada intención de juventud. Lo pensaría.
Ajustó los puños de su camisa para que asomaran dos centímetros y tomó aire profundamente mientras escrutaba de nuevo su imagen en la pantalla.
No estaba nervioso, aunque era consciente de que cada entrevista era un examen de acceso a Harvard.
El noventa por ciento de su protocolo de cuidado no tenía que ver tanto con el entrevistador como con la reverencia a sus lectores.
El recuadro que había permanecido en negro parpadeó. Un varón afroamericano de unos sesenta años lo saludó sonriente desde la pantalla.
—Estimados lectores, estimados suscriptores, soy Linus Gerber, crítico literario.
Los saludo de nuevo, en directo desde The New York Times , con el proyecto de entrevistas en línea que pusimos en marcha hace apenas tres meses por la pandemia de covid.
Desde España, Benedict Newman, el número uno actual en la lista de libros más vendidos de nuestro periódico, vuelve a encabezar bestsellers con su última novela, Todas las noches, todas las ciudades .
Nacido en Los Ángeles, Newman mantiene en secreto su fecha de nacimiento y su lugar de residencia en España.
Conocido por su serie del detective Star, también publica novelas contemporáneas de gran calado literario.
Agradecemos su amabilidad al atendernos, considerando la diferencia horaria entre Nueva York y España.
Benedict Newman, bienvenido. Dinos, ¿cómo es ser número uno en cada ocasión, con cada novela?
Incluso en plena pandemia, tus libros siempre son los más elegidos por los lectores. ¿Se acostumbra uno?
Newman sonrió modesto mientras bajaba la mirada antes de alzarla nuevamente para contestar.
—En primer lugar, Linus, déjame saludar a todos los que nos están viendo y agradecerles que nos acompañen hoy.
Y para contestar a tu pregunta, te diré que hay un error en ese enunciado.
Lleva a pensar que siempre fue así. Es lo único negativo de la etiqueta best seller: que la gente piense que un libro sale y lo logra automáticamente.
Colocar tu libro en el número uno y vender millones es como coronar el McKinley: es una proeza, es difícil.
Y con el siguiente debes lograrlo otra vez.
—¿La soledad de la cima?
—Puede que sea una cima para quien la corona una vez, una cima con una vertiginosa caída.
Pero lo que he descubierto después de casi cuarenta libros es que no hay cima, hay una escalada perpetua, un paso tras otro.
A la promoción de un libro le sucede la escritura de otro; de nuevo la promoción, de nuevo la escritura.
Y con cada uno, la duda de si lo lograrás otra vez, de si tendrás suerte y los vientos serán favorables en tu escalada por la cara norte.
Linus Gerber rio mientras empujaba la montura de sus gafas hasta ajustarlas en su lugar.
—No, no, no, pero ¿qué es esto? ¿Te estás quejando, Newman?
—dijo adoptando una expresión escéptica y divertida—.
Se dice que Galeon Books pagó treinta millones de libras como adelanto por tu anterior novela y que ha superado esa cifra con Todas las noches, todas las ciudades .
Eso debe dar para bastante caviar y champán, que sin duda se mantendrán bien frescos en la cumbre.
Newman bajó la cabeza en aquel estudiado gesto de modestia con el que respondía siempre a las alusiones a su fortuna.
—No es un secreto que soy un escritor bien pagado. No voy a quejarme. Sé que es un privilegio. Y déjame recordarte, Linus, que, si bien la editorial firma el cheque, son los lectores los que me otorgan esa posición.
Linus tomó nota con la actitud del crítico que ya ha escuchado esa respuesta otras veces.
—Pero a lo que me refiero es al concepto de best seller en sí y a las connotaciones que a veces lo acompañan.
Hay escritores que, como yo, se esfuerzan en conjugar una trama atrayente, un ritmo, un lenguaje accesible, sin sacrificar calidad literaria.
Pero existe una literatura que funciona como un monstruo de Frankenstein: remendada con retazos de lo que alguna vez tuvo vida.
La muerte lenta de la originalidad, la rendición al algoritmo de lo predecible. Lo llamo gentrificación literaria.
Linus Gerber acompañó sus palabras con severos asentimientos.
—Gentrificación literaria suena devastador —dijo pesaroso.
—El mayor peligro de nuestro tiempo es la pérdida del relato: la inmediatez de internet y las redes sociales nos despojan de la narrativa vital. La literatura no es inmune. Por eso nunca leo las críticas de mis novelas...
—Lo sé.
—Aunque leo las críticas a otros escritores y veo que cada vez más se penalizan la descripción, la adjetivación y la narración en favor del diálogo, seguiré defendiendo la narrativa como complemento del alma. Si no leemos narrativa, no sabremos narrar nuestra propia historia.
—Explícanos eso, Benedict.
—Todos tenemos un relato interno. No es necesario contárselo a nadie, pero es vital para nuestra salud mental saber narrar esa historia. ¿Recuerdas La princesa prometida ?
Linus asintió.
—Me encantó esa película. Había un personaje que se presentaba a sí mismo.
—«Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir» —dijo Linus levantando su mano como si portara un florete.
—Exacto. Íñigo sabe presentarse: quién es, su propósito, ancestros, compromisos morales, a quién busca y qué quiere.
Narrativa pura, ausente en nuestra era. La falta de narrativa interna nos roba el relato identitario e íntimo, esencial para saber quiénes somos, qué queremos, qué nos pasa y por qué sufrimos.
Si no puedes describirte sin identidades adhesivas, estás perdido.
—Lo dijo con una convicción que trascendía lo académico.
Por un instante, su mirada perdió el brillo mediático y se veló con la sombra de una melancolía antigua, un eco que hasta Linus Gerber pudo percibir a través de la pantalla.
—Así de importante es la literatura —sentenció Linus.
—Así de importante es el lenguaje humano. Por eso mi gran amor es la literatura.
Karim parodió un aplauso silencioso desde el costado derecho del escritorio mientras Linus contestaba desde la pantalla:
—Eres un escritor aclamado mundialmente, favorito para el Nobel y ganador del Princesa de Asturias. Tu última novela, Todas las noches, todas las ciudades , se ha colocado en el número uno nada más publicarse. ¿Sientes presión al escribir?
—Creo que sería tremendamente desagradecido que dijera algo así.
Mis lectores jamás han sido para mí motivo de presión; todo lo contrario, son la red de seguridad de un trapecista que me permite lanzarme a hacer el más difícil todavía.
Pero, como te he dicho antes, soy consciente de ser un privilegiado y debo estar a la altura de lo que ellos esperan de mí.
—Contigo, Newman, es difícil saber qué esperar.
Cada novela sorprende. Esta lo hace desde el título: Todas las noches, todas las ciudades .
Un acierto para una novela atemporal y desubicada, que no revela cuándo ni dónde se halla Ciudad, el escenario en el que se mueve tu detective, Colt Star. ¿Un secreto que nunca desvelarás?
Benedict Newman sonrió con indisimulado deleite.