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La estrella que brilla
—Sé que no puedo abrazarte, aunque es lo que me gustaría.
—Puedes probar otra cosa. Que sirva igual para demostrar lo feliz que te sientes.
Rafael exploró la expresión pícara de Helena. Su Helena. La persona que lo elevaba y lo hacía vibrar, daba igual como se llamara.
Su otra mitad.
Con el momento de la verdad por delante y muy poco que preguntar. Lo importante estaba dicho, ella le correspondía, lo amaba también, ¿qué otra cosa en este condenado mundo podía desear?
La vida estaba siendo generosa por demás con él, tanto que no tenía palabras para expresarlo, ni las tendría nunca.
Se inclinó sobre la cama. Sobre Helena.
Conforme se acercaba inspiró su dulce perfume natural. El que emanaba su piel, sin artificios. Deseó quedarse allí, en la misma postura, para la eternidad.
—Si ahora entrase doña Fortunata, podríamos darnos por muertos —musitó a escasos milímetros de sus labios.
Y luego se fundió en ellos.
Lo que nunca supo es que la dama, en efecto, entró.
Abrió la puerta sin llamar ni pedir permiso y se encontró con una escena tan amorosa y tierna, que volvió sobre sus pasos para concederles privacidad. Bendito fuera el día en que, ansiosas por ganarle la carrera a la otra, su prima y ella pisaron el Hogar de los Muchachos en Lavapiés.
11 meses más tarde
El baile en la mansión de la marquesa viuda de Santo Floro se consideraba el evento social de del año.
Fastuoso como debía, sorprendente tanto en la decoración como en la comida y bebida servidas, espectacular en cuanto a orquesta y piezas musicales en el repertorio, y exquisito si nos parábamos a ojear la selecta lista de invitados.
—Las señoras Jacinta y Fortunata Martorell, la señorita Jimena Álvarez-Cuevas, don Rafael Márquez y la señorita Helena Olanka.
Todas las cabezas giraron al unísono.
Todos los ojos clavados en ellos. El grupo más destacable de cuantos asistían aquella noche.
Más de una chismosa había echado a correr el rumor de que, si la marquesa viuda los había invitado, era precisamente porque protagonizaban el cotilleo más suculento de los últimos meses, y la expectación que causaba conocer por fin a la señorita Helena, le garantizaba brillo y el interés de la curiosidad, a su celebración.
Como si la excelsa dama precisara de tales triquiñuelas para llenar su salón de baile hasta las molduras del techo. Paparruchas.
Pronto, las Martorell y familia se vieron cercadas por un coro de averiguadores preguntones, ávidos por conocer los pormenores de la historia.
—¿Y dice que han viajado hasta la vieja Rusia?
—Muy al sur, la zona más cercana. Las cosas están, por desgracia, muy revueltas por el país —respondía doña Jacinta con amabilidad, recitando al dedillo su historia previamente concertada.
—Doña Fortunata, ¿y cuándo fue que averiguaron que su pupilo tenía una hermana gemela?
—Bueno, Alexei ya nos había prevenido de su existencia.
Y vivía mortificado de preocupación sin saber de su suerte.
Fue la muchacha quien se puso en contacto con nosotros por carta.
He de decir que envió muchas antes de que recibiéramos la primera.
Y como no podía ser de otro modo, fuimos a rescatarla.
—¡Qué historia más insólita y novelesca!
—Y miren a la joven, ¡qué belleza!
—Como dos gotas de agua. ¿Qué será de su hermano, señorita Olenka?
Doña Fortunata se lanzó a responder por ella.
—Nuestro virtuoso Alexei ha entrado a formar parte del Conservatorio Estatal Tchaikovsky, en Moscú.
Le han ofrecido, incluso, incorporarse a la nueva dirección colectiva que están poniendo en marcha.
Sus talentos no pasan desapercibidos para nadie.
En cualquier caso, es de esperar que venga a visitarnos siempre que pueda.
—¿Y qué nos dice de sus talentos, señorita Helena? ¿Son comparables a los de su hermano?
Helena y Rafael cruzaron una mirada cómplice. Su cabello dorado había crecido lo suficiente como para recogerlo y adornarlo con pequeños diamantes. Su vestido, de una delicada gasa marfil, hacía juego con el de Jimena, cuya mano tenía enlazada.
La otra, era por completo propiedad de Rafael.
Su adorado Rafael, con el que iba a casarse en apenas un par de meses.
—Idénticas virtudes, doña Mercedes. Ya la oirá cantar y tocar el piano. Y le va a parecer mentira.
—¿Y es cierto lo que se dice de que su pupilo está prometido con la señorita Helena, doña Jacinta?
La dama suspiró cerca de la desesperación.
—Tan verdadero como que, si no bebo algo en este mismo instante, caeré redonda al suelo para espanto y tribulación de todas ustedes.
A un pulso de silencio y desconcierto, siguió un absurdo coro de cacareos y risas tontas. Tardaron bastante en entender la broma, si es que llegaron a hacerlo.
—¿Me acompañas, prima?
Allá fueron las dos Martorell, tomadas del brazo. Dos damas nobles capaces de cambiar por completo la vida de dos jóvenes sin esperanza alguna.
La vida los bendijera a todos.
GRACIAS por leerla.