Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) Empieza a leer
100%

Empieza a leer

«No cabe duda de que soy una chica con suerte».

Eso pensaba Florence, ensimismada, mientras cepillaba su cabello ante el espejo del tocador. Largo y tupido, en un luminoso color caoba, uno de sus mejores atributos, a decir de los clientes, junto con los voluminosos senos que los escotes de sus atrevidos atuendos se encargaban de destacar.

Cuando las fiebres se habían llevado a toda su familia, barriendo sus vidas como si se tratara de hojas secas destinadas a pudrirse, ella había sido la única superviviente.

Al quedarse sola, con solo seis años, en el inmundo cuartucho donde hasta entonces malvivían, todo parecía indicar que sería la próxima en morir.

De hambre, de frío, de cualquier enfermedad que la escogiera como víctima, de todo a un tiempo.

Y sin embargo, la señora Temple, dueña de uno de los mejores burdeles de Camden Town, la parte pobre de la ciudad, se había hecho cargo de ella, tomándola bajo su ala.

Al principio, no permitió que nadie le pusiera un dedo encima.

Florence era su protegida y se dedicaba a las labores domésticas, a prepararle el té y a coserle los trajes. En sus largas y pacientes charlas frente al fuego, la señora Temple iba deshilvanando los secretos del placer masculino entre sábanas.

Le había enseñado un sinfín de cosas ante las que la chiquilla ya no se escandalizaba. Y la había hecho practicar muchas otras, con objetos tan peregrinos como los tacos para zurcir calcetines, las hortalizas con forma de miembro viril o la crema de calabaza bien espesa.

Con esto último, Florence había aprendido a usar la lengua y a lamer, como la virtuosa que era, de formas que solo podían calificarse de enloquecedoras.

Al cumplir los catorce años, la señora Temple decidió que ya estaba lista y que podía empezar a ganarse la vida arrebatando alaridos de placer a los clientes más adinerados.

Ahora bien, no tan rápido como Florence, que estaba ansiosa por poner en práctica todo lo aprendido, deseaba. La muchacha era una joya, labrada y tallada a fuego lento, con unas habilidades fuera de lo común una vez desnuda y, por si todo eso fuera poco, virgen.

Una virtud de lo más codiciada entre el personal masculino, por aquello de las enfermedades que corrían como agua sucia por las calles.

De modo que lo siguiente fue sacar a subasta la primera noche de Florence.

Por todo Londres se extendió la voz, rápida como la pólvora, y hasta algunos caballeros, que se hubiesen arrancado la piel a tiras antes de frecuentar un burdel en aquella zona de la ciudad, mostraron su velado interés por participar en las pujas.

La señora Temple se las prometía muy felices, tratando de discernir quién sería, de entre los habituales, el que se llevaría el gato al agua, cuando recibió una oferta imposible de rechazar.

Y sin haber pasado por lecho alguno, tan virgen como cuando vino al mundo, Florence viajó a la parte refinada y pudiente de la ciudad, a Monteane, uno de los más cotizados prostíbulos, concebidos para gente adinerada, puesto que la propietaria la había comprado por una auténtica fortuna.

Y ahí era donde había terminado convirtiéndose en una de las meretrices con más clientes y mayor índice de satisfacción entre ellos.

La llamaban la Perla de Borgoña por el tono de su cabello y todos, sin distinción, anhelaban probar sus mieles.

Los clientes, ebrios de placer bajo el toque mágico de sus manos, pagaban tanto y tan a menudo, que Florence empezó a permitirse el lujo de escoger.

Los demasiado viejos, los babosos, los que olían mal, los desviados, los dejaba para sus compañeras menos talentosas.

Ella, que a aquellas alturas gozaba de cierta fama y se lo había ganado a pulso, se quedaba con los más apuestos y yacía con ellos interminables horas, dándoles, al parecer, lo que ninguna otra tenía a su alcance.

Por eso, cuando aquella noche vio llegar al caballero, joven, irresistiblemente apuesto, alto y distinguido, pálido como un príncipe, vestido con frac, capa y chistera, supo que acabaría entre sus brazos y volvió a dar gracias al cielo por traerle tanta suerte.

Lo extraño fue que el galán, tras repasar minuciosamente el salón con dos ojos como dos cuentas de azabache, no se decidiera por ninguna.

Detuvo un instante en ella su mirada, eso fue cierto.

Mas ahí acabó todo.

No ordenó que le sirvieran de beber, no se acomodó en ninguna mesa. Se limitó a atraer la atención de la encargada e intercambiar con ella unas palabras. La mujer, tras asentir, lo dejó a su espalda y el caballero, para desencanto de Florence, simplemente desapareció.

De ahí que fuese toda una sorpresa el súbito abordaje de la maquillada mujer que ponía orden entre clientes y cortesanas.

Con un dedo, martilleó en el hombro desnudo de Florence.

—Perla, el caballero que acaba de marcharse te espera en su carruaje.

La muchacha compuso una mueca de incredulidad.

—¿Quién? ¿El alto inconcebiblemente guapo que parecía flotar por encima de los humanos?

—Ese mismo. Date prisa.

—¿Y por qué en el carruaje? ¿No estaríamos mejor en una cama limpia y mullida? Dile que le haré cosas que tardará en olvidar. Que en cuanto me pruebe, va a dejarse aquí la mitad de su fortuna.

—No voy a decirle nada, porque ya no está en la sala. Te digo que espera en la calle, dentro de su carruaje. Y me huelo que no sea muy paciente. Así que vamos, acicálate un poco y dale lo mejor que tengas. Un cliente como ese no conviene perderlo.

Curada de espanto en lo que a gustos excéntricos se refería, Florence no discutió, se encogió de hombros y subió a su alcoba, a sacarle lustre al cabello y a perfumarse.

Se aseó la entrepierna y depositó unas gotas de miel directamente sobre su clítoris, una de las primeras cosas de su glorioso cuerpo que le daría a probar.

Iba a ver el estirado aquel quién era la Perla de Borgoña.

El carruaje era un landó fastuoso y en la portezuela, llevaba grabado en oro un escudo que no reconoció.

De los dos lacayos acomodados a la trasera, el que ocupaba la posición más cercana, saltó al suelo a atenderla como si se tratase de una verdadera dama.

Florence suspiró emocionada cuando lo vio abrir la puerta, desplegar la escalerilla y extenderle la mano a modo de apoyo para que subiera.

Aquel hombre debía de ser colosalmente rico, pensó.

Y la motivación que empujaba sus intenciones de enredarlo, de atraerlo con sus encantos hasta convertirlo en esclavo de sus placeres, se disparó a las alturas.

El interior estaba tan oscuro que apenas si llegó a traslucir una silueta imponente en mitad del espacio.

—Buenas noches, señorita Florence.

La voz, grave y aterciopelada, vibró en el reducido espacio como un diapasón.

—Buenas noches, caballero —respondió melosa, concediendo tiempo a sus pupilas para que se acostumbrasen a la penumbra—. Veo que conoce mi nombre.

—Siempre trato de informarme una vez he hecho mi elección.

La voz de aquel hombre no solo era ronca y seductora. Ondulaba de un modo especialmente poderoso, le retumbaba dentro de los oídos y en el pecho, provocando que el latido de su corazón se acompasara con el ritmo de sus frases. Era sencillamente cautivador.

Florence sintió que el sexo se le humedecía y el vientre se le tensaba de deseo. Sospechó que aquel iba a ser un encargo por el que ella misma habría pagado, gustosa.

El carruaje dejó atrás la calle del burdel, con ignorado destino. Algo que a Florence no le preocupaba en absoluto. Incluso tuvo la osadía de entablar conversación con el hermético caballero.

—No recuerdo haberle visto antes por Monteane.

—He llegado hace relativamente poco a la ciudad.

—¿Y ya se ha instalado?

—En una bonita residencia en el barrio de Mayfair, sí.

—Vaya, zona de pudientes. ¿Por qué me ha elegido, señor, si puedo preguntarlo?

—Tengo entendido que eres la mejor.

—Lo soy. —Se inclinó hacia adelante, hasta colocarse muy cerca de su rostro—. ¿Quiere que empiece a demostrárselo?

Antes de poder levantar un dedo, la mano del caballero se había introducido entre sus muslos, debajo de sus faldas y hurgaba con sabios roces en sus labios ya hambrientos.

—Veo que está lista, señorita Florence.

Ella sonrió encantada. Orgullosa de que su cuerpo siempre estuviese dispuesto a colaborar. Separó las piernas y, aunque le costó prescindir del toque masculino en el sexo, se sentó a horcajadas sobre él, rozándose con su ropa a rotundos golpes de cadera.

—Cuando me meta la verga y empiece a moverme, sabrá lo que es el auténtico placer. —Se estiró y capturó con los dientes el lóbulo de su oreja.

Succionó y lamió la zona, de aquel modo urgente y acompasado con el que solía enloquecer a sus clientes.

A cambio, y aprovechando la postura que ella misma había impuesto, el caballero aproximó la boca a su cuello, embriagado con el olor que desprendía.

En tanto Florence se empleaba a fondo con sus lametones retorciendo la lengua de un modo endemoniado, él seleccionó el punto exacto donde la sangre bombeaba ardiente… Y clavó los colmillos hasta el hueso.

Florence no acertó a gritar. No dijo nada.

Solo la convulsionó una especie de clímax interminable, mientras él se bebía su néctar de vida, gota a gota, hasta dejarla vacía.

CONTINUARÁ… PARA TI