Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 43
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Y todo comienza de nuevo

—Permite que el pobre muchacho se aclare —murmuró Fortunata con los ojos entrecerrados—. Ha debido quedarse de piedra con la noticia.

Doña Jacinta, con su cerebro veloz, parecía estar pensando ya en otra cosa.

—¿Cómo dices?

—Y con la muchacha, claro, se llame como se llame. Podrías traerte al servicio que quisieras. Si te empeñas, a todo al completo….

—Jacinta, ¿a qué viene esto?

La señora concentró todo su interés en la taza de café que degustó a pequeños sorbitos con aire indiferente.

—La casa es amplia, ya te consta. ¡Enorme! Demasiado para mí. Confieso que de cuando en cuando me siento sola. Yo ahí, tú justo enfrente… Las dos más solas que la una, prima. Rafael y la chica terminarán casándose y nos quedaremos más solas aún. El caso es que pensé… ¿por qué no?

—¿Llevas tiempo dándole vueltas a la idea?

—La mansión es tan grande que, aunque volviéramos a llevarnos mal, no nos encontraríamos ni sentadas a la mesa.

A Fortunata se le escapó una risita.

—Eso es cierto.

—Vamos, prima, siempre quisiste vivir en la casa de la abuela. Y yo todavía no comprendo por qué me tocó a mí en suerte. No me la merecía, no hice nada fuera de lo corriente. En resumen, no soy especial.

—¿No crees que me excluyera porque me… detestaba?

Doña Jacinta abrió los ojos cuanto pudo.

—¿Detestarte? ¿La abuela? ¿A ti? Por amor del cielo, Fortu, ¡te adoraba! Eras su favorita, con diferencia.

—¿Entonces?

—Estoy segura de que no querrás creerme, pero convéncete de que el reparto de la herencia no tuvo mucho significado. La pobre mujer estaba demasiado senil cuando la ordenó. Hasta me atrevería a decir que no estaba en sus cabales y repartió a voleo.

Fortunata le dirigió una mirada tan inocente y tan cándida, que Jacinta no pudo reprimir la avalancha de recuerdos de cuando eran niñas e inseparables.

Más que hermanas. Y todo lo que le había contado acerca de la abuela era cierto: no había una auténtica razón por la que ella hubiese resultado favorecida con una mansión un poco mayor, un poco más fastuosa, un poco más… digna de ser compartida.

—Jacinta…

—Dime, querida. Arranca de una vez y no me crispes los nervios.

—¿Cómo vamos a resolver el asunto de Alexei delante de…?

—¿De la gente?

—De todo el mundo, sí. El asunto es en verdad peliagudo.

El rostro de doña Jacinta se tiñó de rosado gracias a la enorme sonrisa que casi le rozó las orejas.

—Concédeme algo de tiempo. Se me está ocurriendo una salida… que podría librarnos de cualquier quebradero de cabeza. Eso sí, tendríamos que iniciar un viaje. Toda la familia.

—¿De viaje? —se extrañó Fortunata, quien no podía negar el brillo de felicidad que bañaba sus pupilas— ¿Por cuánto tiempo?

—El preciso para que a Alexei le crezca un poco el pelo y…

Rafael golpeó con los nudillos la puerta del dormitorio de Helena. Con la respiración acelerada y el corazón dando brincos enloquecidos dentro del pecho. Jimena se había ocupado de ponerlos a todos al corriente. Para que a Helena, el trago de la explicación le fuera más amable.

Si es que admitir que los había engañado a todos podía resultar, de alguna forma, llevadero.

Poco había que temer.

A las ancianas, que seguramente por primera vez en sus vidas dejaron los prejuicios y escándalos a un lado para mostrarse comprensivas, parecía hacerles mucha ilusión.

Doña Fortunata, en concreto, canturreaba todo el día, tan dichosa que iba a salirse de la camisa.

Doña Jacinta, entretenida en ayudarla a preparar tanto la mudanza como el posterior viaje, una vez Helena se hubiera repuesto del todo, no daba sensación de molestarle en exceso.

Jimena, la dulce Jimena, había encontrado en Helena a la hermana que siempre deseó. En cuanto a él…

Él, por su parte, apenas podía respirar con el nudo que tenía en la garganta.

Había llegado a quitarse la venda de los ojos en cuanto a sus sentimientos.

A admitir que cuando Alexei aparecía, el resto del mundo dejaba de existir.

Y que trazar un futuro sin él a su lado sonaba tan absurdo, que ni merecía la pena planteárselo.

Había terminado por rendirse a aquellos sentimientos poderosos que barrían lo demás. Y a todo había llegado sin importarle lo más mínimo cuál fuera el sexo del joven.

Lo amaba. Con desesperada devoción. Lo necesitaba.

—¿Puedo pasar?

—Por favor…

A Helena le habían prohibido de forma terminante abandonar la cama o sus aposentos.

Quitarse el camisón o exponerse a corrientes de frío.

Hasta nueva orden del médico, guardaría descanso riguroso, recuperando fuerzas con sustanciosos guisos de los que ahora se ocupaban, al alimón, las cocineras de ambas casas, a cuyo frente se había trasladado, por lo visto, la antigua rivalidad entre las dueñas.

Nadie se quejaba, ambas familias estaban, sin duda, beneficiándose de tal competición.

—Disculpa no haber venido antes. Bueno, sí, vine muy al principio, aunque no habías recuperado la consciencia… Por Dios, Alexei…

No pudo seguir. Iba a agradecerle de todas las maneras posibles el haberle salvado la vida, pero debía llamarla por su nombre. Helena por fin había desenterrado su pasado y su auténtico ser, y merecía reconocimiento. Las letras sueltas le cosquilleaban en la lengua, poco decididas a brotar.

—Helena. Me llamo Helena.

—Ha sido todo tan…

—¿Inesperado?

—Una conmoción. Y desgarrador. También lo ha sido para nuestros corazones.

La preciosa cara de Helena reflejó tristeza.

—Lamento mucho haberme conducido con engaños. Quizá fue un modo bastante torpe de protegerme, te aseguro que fue el único que se me ocurrió.

Rafael se apresuró a tomarle la mano.

—¡No! Nada de eso. El disfraz te ha salvado la vida. Y te ha mantenido entera hasta hoy. Ya no tendrás que seguir escondiéndote.

—¿Cómo vamos a explicarlo?

—Doña Jacinta ha ideado un plan que va a encantarte. No te martirices, Helena, todo tiene solución. Helena…

—Suena raro, ¿a que sí?

—Mi adorada demente. —Le acarició con timidez el bucle que caía sobre la frente— ¿Cómo se te ocurre cruzarte en medio cuando por el aire vuela una bala?

—No quería que te mataran. ¿Qué ha sido de…?

—¿El hombre que me disparó? Está en la cárcel a la espera de juicio y ejecución. Será rápido. El muy canalla lo hizo a la vista de todo el mundo, medio parque ha testificado acerca de su crimen. Y es curioso, yo ni siquiera lo conocía.

—Pertenecía al Hogar. Iba a ser el pupilo de doña Jacinta. Sin embargo, apareciste tú y le robaste sus sueños de grandeza, sus posibilidades de futuro radiante. Juan Castillo, un mal bicho.

—Ha tenido tiempo para fraguar su venganza. Mejor que la haya dirigido contra mí que contra doña Jacinta.

—Eso es cierto.

Se quedaron sin tema de conversación. Porque con toda probabilidad, lo que hasta entonces habían expresado con tanto atropello no era más que relleno para tapar el nerviosismo que los carcomía.

Lo verdadero eran las emociones. Los sentimientos locos por saltar y ponerse en evidencia. Las confesiones buscando su turno.

No se soltaron las manos.

El ambiente a su alrededor crepitaba como rodeado de electricidad y flores a medio brotar. Se estaban mirando a los ojos con una intensidad tal, que seguir hablando parecía innecesario.

—Helena yo… Cuando nos besamos…

—Fue maravilloso, ¿a que sí?

Rafael alzó la cabeza, súbitamente iluminado. Preso de un intenso alivio.

—¿Tú también lo piensas?

—Siento lo mismo. No puedo dejar de recordarte, ni por un momento.

—¡Oh, Dios mío! Dios mío, gracias.

Rafael agachó la cabeza y apoyó la frente sobre los dedos de Helena. Liberando el llanto y con él, la presión de la congoja contenida demasiado tiempo.

—Cada vez que asumo que pudiste morir, yo…

La fina mano de la muchacha se apoyó en su cabeza y los largos dedos peinaron el espeso cabello oscuro.

—En la familia Martorell tienen por costumbre no torturarse con cosas que no ocurrieron.