Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 42
93%

42

Yo ya lo sabía

—Me alegra ver que has decidido seguir cantando como los ángeles en lugar de marcharte a cantar con ellos.

—Jimena. —La voz sonó cascada, pero irradiando felicidad.

—Enseguida llegará Rafael, o la tía, o la abuela. O todos juntos. Y nos interrumpirán. Seguramente dispongo solo de unos minutos para decirte lo que quiero.

En lugar de arrastrar una silla y colocarla junto a la cama, Jimena prefirió ocupar el borde de la misma. Era ancha y enorme, y ellas dos eran menudas, sobraba espacio por todas partes.

—¿Llegó Rafael a confesarte sus sentimientos? Me refiero a antes de… de…

La sorpresa en los ojos de Helena fue respuesta suficiente.

—Ya veo que no. No te pidió salir solo para disculparse. Quería que supieras lo que siente por ti.

—Y… ¿qué siente?

Jimena rodó los ojos con una sonrisa picarona.

—Lo mismo que tú por él.

—No lo creo. En absoluto.

—Rafael te ama, aunque se lo niega, una necia manera de oponerse a sus propios deseos. No entiende que pueda sentirse atraído por un hombre y aun así está dispuesto a luchar. Si supiera que amamos a las personas, a las almas, no a un ser con un género determinado…

Alexei escabulló la mirada, enterrándola en la pared.

—Jimena. No deberías estar mencionando algo así. Te lo ruego…

La joven prosiguió como si no la hubiese oído.

—Aunque en nuestro caso eso no supone un problema, ¿verdad? Porque tú y yo sabemos que no eres un hombre.

Los muchos dolores que le recorrían el cuerpo, especialmente la parte superior, gritaron al unísono con su tirón de cuello. Había una expresión de auténtico terror en el bello rostro de Alexei cuando encaró a Jimena y a su sagacidad.

—¿Cómo…? ¿Cómo…? ¿Desde cuándo?

—¿Que cómo lo sé? No podría responder a eso de un modo tajante. Algunos matices en el timbre de tu voz, el modo de mover las manos, el olor de tu piel… cosas que solo puede percibir un ciego u otra mujer enamorada del mismo hombre.

—Jimena…

— Shhh . Rafael te ama a ti y esa historia no puede hacerme más feliz. Por desgracia, no dispondré de tiempo bastante como para formar una familia, os merecéis una larga y próspera vida juntos.

—Seguramente hay alguien que lo quiere mejor que yo. Y ese alguien eres tú.

Jimena atrapó su mano fría entre las suyas y las frotó con cariño.

—Quédate con él. Y cuídalo, sobre todo cuando yo me haya ido. Pero primero dile quién eres. Basta de mentiras, de engaños, de aparentar lo que no es.

—Lo hice para sobrevivir…

—Lo imagino, no tienes que justificarte, no pienso juzgar ninguna de tus decisiones, carezco de derecho. Sin embargo… es momento de alzar los velos y de mostrarte tan radiante y maravillosa como sé que eres.

Su dedo pulgar recogió la lágrima que escapó del ojo de Alexei y acto seguido, enjugó la suya.

—¿Puedo preguntar tu nombre?

—Helena.

Ferrer contempló el resultado de su obra: dos ilustres y casi octogenarias damas a punto de desplomarse, al borde de un patatús.

—Pero ¿qué nos dice, doctor? ¿Habla en serio?

El galeno se rascó afanoso la nuca.

—Imaginen mi desconcierto al descubrirlo.

—¡Una muchacha! —Fortunata sonrió de oreja a oreja, evidentemente encantada con la noticia— ¿Has oído, Jacinta? ¡Una muchacha!

—Es muy menuda. Y ocultaba con inteligencia sus atributos. Pese a ello, no me cabe duda, no hay margen de error, se lo aseguro.

—¿Por qué se escondería una muchacha en un hospicio para hombres?

—Para no acabar en un prostíbulo. O sirviendo en casas donde sus patrones terminarían abusando de ellas —repuso una voz grave, recién incorporada al grupo.

—¡Rafael! —Doña Fortunata se giró al oírlo entrar.

Despacio. Casi furtivo. Para no entorpecer la charla que acababa de interrumpir, y que lo había atontado.

—¿Cuánto has… escuchado?

—Lo suficiente —fue la rígida y temblorosa respuesta.

—Comprenderás que es un asunto que hay que tratar con delicadeza.

—Y prudencia, prima, con mucha prudencia.

El doctor se dispuso a dejarlos en familia, resolviendo sus cuitas en la intimidad.

—Debo ir a visitar a otro enfermo. Mañana pasaré a revisar la herida de… ¿Cómo se llamará? La de sorpresas que nos depara a diario la vida…

—Le diré a un lacayo que le acompañe a la puerta —se ofreció Fortunata como dueña de la casa—. Quedamos muy agradecidas, doctor. Por todo.

Cuando regresó de cumplir con sus obligaciones corteses para reunirse nuevamente con su prima y con Rafael, la anciana dejó escapar un largo suspiro.

—¿Acaso esto cambia algo las cosas? No niego que me habría gustado mucho saberlo antes y disfrutar de su compañía como dama, pero… lo hecho, hecho está.

—Solo hay que pensar cómo darle una explicación al asunto ante… la gente.

—Sobre todo esa doña Mercedes, chismosa hasta la enfermedad. Ya me la imagino lanzándose sobre el secreto cual ave de rapiña, a ver qué saca.

—¿No dices nada, Rafael?

Rafael no salía de su ensimismamiento. Las mujeres intercambiaron una mirada de comprensión.

—Tiene que asumirlo, claro. Era su amigo.

—¿Alguna vez te pareció notar…?

Jacinta hizo una mueca tras la que movió frenética las cejas, y Fortunata cortó la frase sin acabarla. Cierto, cierto, el muchacho se veía terriblemente turbado, se imponía el respeto más absoluto.

Los hombres… ya se sabe. Necesitan algo más de tiempo para digerir noticias tan impactantes.

—Si me excusan, señoras… me retiro a casa, a mis habitaciones. ¿Me acompaña, doña Jacinta?

—Ve tú, querido. Me apetece quedarme un rato más con mi estimada prima.

—¿Has visitado a Alexei…? ¡Cielos! Es posible que, como afirma el doctor, no sea su autentico nombre. ¿Cómo deberíamos llamarla?

Rafael se sintió avasallado por un vahído que estuvo a punto de tirarlo de bruces al suelo. No veía el momento de abandonar la mansión y llenarse los pulmones de aire fresco, de poder respirar.

—No, no lo he visitado todavía —admitió visiblemente incómodo—. Lo haré en cuanto me sea… posible. —Inclinó con elegancia la cabeza en una corta reverencia—. Las veo luego.