Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 41
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Aclaraciones

Al final decidió que sí, que seguiría los acertados o irreflexivos consejos de Jimena, tendría esa incómoda y temeraria conversación con Alexei, porque aguantársela iba a reventarlo por dentro, acabaría con él y con su cordura.

Una explicación, una disculpa. En la calle. En público, donde no pudiera desmadrarse ni dar rienda suelta a sus pasiones. Donde la presencia de testigos mantuviera bien sujetas sus emociones e hicieran posible aparentar que hablaban de cualquier cosa.

No del amor que los comprometía de por vida.

—¿Cómo sigue doña Fortunata? —No sabía bien con qué romper el hielo. Estuvo a punto de comentar lo soleado que estaba el día—. ¿Ha conseguido descansar? Esa dama se ha convertido en mi heroína.

—Le cuesta aceptar instrucciones, mucho menos seguirlas. En ese aspecto se parece mucho a su prima.

—Son dos fuerzas de la naturaleza. —Rafael se miró un instante la puntera de los zapatos. Acababan de cruzar uno de los grandes pórticos de acceso al parque del Buen Retiro—. Tuvimos mucha suerte.

—Y que lo digas. Muchas veces me pregunto qué clase de vida nos habría tocado de no aparecer estas nobles damas.

—Sobre todo yo, que ni pertenecía al Hogar siquiera. Que caí sobre aquellos escalones por puro azar y por efecto de la fiebre. Qué curiosa la vida, y qué caprichosa, ¿no te parece? De qué servirá hacer planes cuando luego llega el destino y lo vuelve todo del revés…

—Sí —repuso tímidamente Alexei.

Los dos sabían, sin lugar a duda, de lo que hablaban.

Aquella primera mirada, o el primer roce de dedos al intercambiarse un libro.

Aquella primera inundación con el aroma del otro, que los había conducido a la locura que acabó en el beso…

Nada en particular y todo en comunión, mezclado para hacer saltar por los aires cualquier proyecto que tuvieran respecto a ellos mismos y a quién debían amar.

En la vida de ninguno de ellos estaba previsto el otro.

—Tengo que pedirte disculpas, Alexei. Disculpas no, las disculpas se quedan muy cortas. Perdón. Básicamente, por eso quería verte.

—Sabes que no es preciso…

—Lo es. Porque si no lo admito, no estaré en paz conmigo mismo. Seguiré siendo ese cretino arrogante que se piensa en posesión de la verdad y cree que los demás, por envidia, le mienten. De verdad pensé que estabas interesado en Gabrielle, que tu propósito era arrebatármela si podías.

—Nada más lejos de mi intención. Supongo que ahora puedo decir, sin temor a herirte, que esa señorita me provocaba rechazo.

Rafael cruzó los brazos a la espalda y siguió caminando a buen ritmo.

—Con franqueza, han sido unos días oscuros, en guerra conmigo mismo, en los que me he culpado de necio, crédulo, la he rememorado como una arpía perversa…

Pero ¿sabes qué? Nada es del todo cierto.

Supongo que Gabrielle no tiene la culpa de que yo me hiciera ilusiones y que el único crimen que al fin y al cabo ha cometido, ha sido mirar por sus intereses y buscar el mejor partido.

Alexei arqueó las cejas entre sorprendido y contrariado.

—Venga, no puedes ser tan benévolo, jugó con tus sentimientos.

—Comprensible. A ella no le dolían. En cualquier caso, me gustaría no volver a mencionarla y lamento profundamente que sus maquinaciones hayan estado a punto de acabar con una amistad que me importa tanto.

Trataba de hablar sereno, pese al alocado palpitar de su corazón. Conforme se acercaba al borde del precipicio, a lo que tenía que decir, el pulso se le iba acelerando de un modo demencial, las frases se le entrecortaban. Aun así, estaba dispuesto a saltar al vacío.

Lo diría. Lo confesaría.

Miraría de frente aquellos dos pedazos de inmenso mar y susurraría cuánto lo amaba, incluso sin esperanzas de ser correspondido.

Habían llegado a un recodo discreto del jardín, con un banco de piedra justo al lado, perfecto para sentarse y tomar un respiro.

Mordiéndose el labio inferior como hacía siempre que lo devoraban los nervios, Rafael se giró a mirar a Alexei.

Iba a señalar el asiento, cuando los ojos del joven se abrieron con desmesura, contemplando horrorizado por encima de su hombro, algo que se movía a sus espaldas.

—Por fin te encuentro. —Se oyó un rugido tan amargo y cruel que no parecía humano—. A ti, el causante de todas mis penurias…

—Pero ¿qué…?

Rafael empezaba a volverse cuando el joven del parche en el ojo, al que él no habría reconocido, pero que a Alexei le recordaba con nitidez sus peores horas, esgrimió un revólver y lo apuntó directamente al pecho.

El joven Márquez no solo no conocía a Juan, el habitante del Hogar del muchacho de Lavapiés que había sido descartado en su favor por doña Jacinta.

Es que no dispuso de tiempo material para nada más.

No culminó el movimiento, no llegó a completar el giro sobre sus talones y Juan, el del parche, que había estado cociendo a fuego lento su venganza durante todo aquel tiempo, levantó el arma, apuntó y apretó el gatillo.

Helena no se lo pensó dos veces. Con un salto y un grito que intentaba alertarlo, se interpuso en la trayectoria de la bala, recibiendo el impacto que enseguida tiñó de sangre su fina ropa.

—¡Alexei!

Sujetó su frágil cuerpecillo inerte para evitar que cayera, pegándolo al suyo para transmitirle calor, y se arrodilló mientras el rufián, furioso por haber errado el objetivo, que no el tiro, amartillaba de nuevo la pistola, dispuesto a rematar la faena.

Si había que llevarse a dos por delante, que así fuera.

Era muy consciente de que solo saldría del Retiro esposado y con una condena de muerte a cuestas.

Solo entonces fueron conscientes de cuánta gente había alrededor.

Él, que había forjado la ilusión de encontrarse en la intimidad, casi a solas.

Un jardinero que se afanaba en las inmediaciones usó su herramienta de mango largo y pala de hierro en la punta, para golpear a Juan en el brazo y obligarle a soltar el revólver, que saltó por los aires descontrolado.

Luego, sin meditarlo siquiera, volvió a golpearlo, esta vez en la cabeza, mientras chillaba enfebrecido «¡Auxilio! ¡Avisen a las autoridades!».

Juan se desplomó como un saco a resultas del palazo.

De haber podido abrir los ojos, habría contemplado cómo lo rodeaba un coro de indignados ciudadanos dispuestos al linchamiento, de ser preciso, mientras los guardias del parque acudían a la carrera con sus silbatos y a chillido limpio, se reclamaban autoridades de mayor nivel.

—Que no se mueva. No podemos dejar que este asesino escape.

—¡Un médico! ¡Por favor, un médico, rápido! ¡Ayuda! ¡Ayuda!

Era lo último que Rafael recordaría después.

—¿Cómo está, doctor?

Ferrer cerró la puerta de la alcoba a sus espaldas y entregó su valioso maletín a uno de sus ayudantes. Se le veía cansado. Pese a ello, enfrentó con su mejor sonrisa a las dos ancianas que, enganchadas del brazo, se morían de angustia por recibir noticias.

—Cálmense, está fuera de peligro.

Las dos gimotearon al unísono. Jimena las acompañaba y dio un paso adelante.

—Ha perdido mucha sangre. Sin embargo, he extraído la bala y por fortuna, no debemos lamentar daños irreparables. Le quedará una fea cicatriz en el hombro, aunque no hay nada que unas semanas de reposo absoluto no curen.

—Bueno —cotorreó doña Fortunata—, una herida de guerra. A los muchachos les gusta presumir de ellas.

—En realidad… —comenzó el médico.

Jimena lo atropelló con su ansia.

—¿Puedo pasar? ¿Me permite pasar a verlo?

Ferrer cabeceó.

—No lo fatigue, se lo ruego. Y otro tanto va para usted, que la noto pálida.

La muchacha sonrió tirante y no añadió nada más, desapareció tras la puerta como un pajarillo en pleno vuelo.

—Acompáñenos, doctor, venga a tomar un refrigerio y concédase un respiro si no se le ofrece nada más.

El buen hombre escudriñó los rincones para asegurarse de que no había nadie espiando en los alrededores.

—En realidad, sí que se me ofrece. ¿Podemos conversar en un lugar discreto?

Las primas intercambiaron una mirada de desconcierto.

—¿Sucede…?

—¿…Algo?

—Durante el examen de su pupilo, doña Fortunata, he hecho algún que otro descubrimiento del que deberían estar al tanto. Si son tan amables…