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Es devastador reconocer algo…
Tras bastantes titubeos que Jimena esquivo con maestría, la confesión definitiva llegó en el dormitorio de doña Jacinta, junto a su cama, dándole a la fuerza un caldito que doña Simona había preparado con esmero y mucha carne, para que le diera sustancia.
—Menuda mala pécora interesada. Estará orgullosa su tía la baronesa. Ya vaticiné yo que de Francia no podía venir nada bueno.
—Ella venía a casarse, abuela, lo dejó claro desde el principio. No se puede decir que engañara a nadie —canturreó Jimena sin llegar a entender del todo por qué, a aquellas alturas y con lo mucho que la detestaba, la defendía.
—Se ha comportado como una coqueta casquivana —insistió la mujer—. ¿Qué es eso de darle esperanzas a un muchacho, salir a pasear casi a diario, dejarse ver de su brazo y luego darle portante sin más explicaciones?
Rafael sonrió afectuoso y recogió la mano de la anciana entre las suyas.
—Ya pasó, doña Jacinta. No se mortifique. La olvidaremos y será como si nunca la hubiésemos conocido. No ha resultado ser una dama caritativa.
—No ha resultado ser una dama y punto —refunfuñó atizándole con la mano libre al cuenco para que la doncella lo apartara—. Ya no quiero más. ¿Y la prima Fortu? ¿Dónde anda?
—Que sepamos, en su casa, reponiéndose con los guisos de Margara, de los muchos días que ha estado de guardia, al frente de sus cuidados.
—Mira que llega a ser exagerada…
Jimena apoyó el bastón en el suelo, se dio impulso para ponerse en pie. Le habría encantado estirar las sábanas de la cama de su abuela, pero le era imposible mantener el equilibrio sin sujetarse. De modo que le hizo una indicación a la criada para que lo llevase a cabo en su nombre.
—Espero que cuando llegue, en un rato, seas amable con ella y le agradezcas todo lo que se ha sacrificado.
—Bah, paparruchas. En su caso, yo habría hecho exactamente lo mismo.
—No sabe cuánto nos alegra saberlo, doña Jacinta —rio Rafael—. Y ahora nos retiramos para que pueda usted descansar un poco hasta su próxima visita.
—Empiezan a desfilar las damas nobles —anunció Jimena exultante.
—Yo conque no aparezca la de Luján ni su insufrible sobrina… ¡Que no se les ocurra!
Con el regocijo que conllevaba ver el talante batallador de la abuela recuperado, Jimena y Rafael se instalaron en la biblioteca, frente a la chimenea, donde les gustaba charlar y tomar café con total tranquilidad.
La muchacha había dejado transcurrir casi cinco días desde la recepción en casa de los Otamendi, aguantándose las ganas, sin repetir ni profundizar en interrogatorios. No obstante, el que el aire melancólico de Rafael no acabara de disiparse, la alarmaba.
—¿Cómo te encuentras? Sigues comiendo poco. ¿Duermes mejor?
Rafael se encogió de hombros porque, si afirmaba de viva voz, no iba a sonar lo bastante sincero.
—¿Es todavía por esa insulsa de Gabrielle?
—Insulsa no es precisamente el adjetivo que mejor la define —bromeó en un intento por quitar hierro al asunto.
—¿O es por algo más?
En ese instante fue consciente del modo en que los ojos de Jimena lo analizaban de una forma inquietante.
Tal que si pudiera ver a través de su piel, sonsacarle sin hablar, sus más recónditos secretos, domeñar a su gusto su voluntad.
—¿Cuándo piensas contármelo?
—¿Contarte? ¿Qué? —Con disimulo, se sujetó la rodilla derecha para que parase de temblar.
—Alexei.
Rafael pensó que iba a ahogarse.
—¿Qué pasa con él? —indagó sobrecogido.
—Bueno, para cualquiera que sepa mirar… está claro que os tenéis mucho afecto.
—¿Y eso es malo? —reaccionó ligeramente a la defensiva.
—Un afecto muy especial, Rafael, no un cariño cualquiera. —Jimena no se amilanó.
El rostro de Rafael se contrajo con pavor.
—¿Sabes la clase de monstruosidad que estás insinuando? Es… es… ¡Una desviación moral, un vicio, una enfermedad mental!
Le sorprendió que Jimena conservara intacta su serenidad y su grandilocuente calma. Sin agitarse ni mucho menos, escandalizarse.
—¿Lo es?
Rafael hundió abatido la cabeza. No, claro que no lo era.
—Eso dice todo el mundo. Hasta detienen a la gente por… escándalo público.
—Puede que algunos piensen todo eso, mas no significa que sea verdad.
—¡Es un estigma permanente! Me consta que las autoridades persiguen por la vía clandestina a los que… los que… ¡Podría costarnos la vida!
—Solo si se enteran.
—Tú lo sabes —se rindió sin fuerzas—, otros, igual que tú, podrían saberlo…
—Entonces es cierto, no me lo niegas.
El joven vació los pulmones de un solo soplo.
Devastado al verse descubierto. Abochornado y confuso. Todo al mismo tiempo, enredado de forma perversa para enterrarlo en la peor y más aberrante de las miserias.
—No tienes por qué avergonzarte —lo consoló Jimena.
Él levantó la cabeza con brío.
—¿Que no? ¿Sabes acaso lo que estás diciendo?
¿Los problemas que esto podría acarrearnos a todos?
La mancha de pecado para el apellido Martorell, todo lo que doña Jacinta y doña Fortunata han hecho por nosotros, la honorabilidad familiar, el rechazo, incluso el peso de la ley…
No quiero ni pensarlo siquiera, se me pone la carne de gallina.
—El amor nunca es un error, no debería prohibirse, sea como sea, del color con que se muestre. Es amor, al fin y al cabo, tan necesario como el respirar.
—Eso díselo a la gente. Fui un necio, Jimena, pensé que una relación con Gabrielle me salvaría de la horrible tentación y, sin embargo, ahora me veo más desamparado que nunca.
—Rafael, tienes que hablar con él.
—Tú no estás en tus cabales, Jimena. Mira que te quiero, pero no lo estás. De otro modo no te rondarían la cabeza ideas tan disparatadas…
—Debe saberlo, esto le atañe. Exprésate, díselo igual que me lo estás contando a mí. Tiene derecho a mostrar su parecer. Si Alexei te corresponde…
—¿Y si no? ¿Quieres decirme qué ganaría si no me corresponde?
Se enturbiará nuestra amistad para siempre, cuando las familias se reúnan, ahora que doña Jacinta y su prima se llevan mejor, será incómodo, ¿qué digo incómodo?
¡Será insoportable! Todos se preguntarán qué ocurre entre nosotros.
Peor aún, ¿y si me denuncia? ¿Y si no me corresponde y le horripila tanto lo que siento que lo hace público? Ahí acabaría todo.
—Alexei no haría jamás algo así, parece que no lo conoces.
Rafael le lanzó una mirada de desafío.
—¿Podrías jurarlo? Porque yo no consigo entrar en la cabeza de nadie, ni predecir sus reacciones. Esto es muy serio, Jimena. No se trata de una simple aventura de novela. Es algo que… simplemente, no puede ser.
—Alexei siente lo mismo que tú. Apostaría mis dos manos.
—¿Te ha dicho algo? —De repente sonaba esperanzado.
—¿Me lo has dicho tú? Y sin embargo, lo sé. Pues con él igual.
—Es un riesgo demasiado grande.
—Un riesgo que debes correr. O la felicidad se te escapará entre los dedos. Tienes que darle la oportunidad de saberlo, de admitir si también siente lo mismo.
Rafael movió a un lado y otro la cabeza. Destruido.
—No me fío de mí mismo, de mi templanza. O más bien de la falta de ella. Es mucho lo que cargo aquí dentro. —Se llevó la mano al pecho—. Arde y me quema. Hace mucho que me está quemando.
—Qué bonito, Rafael, ojalá alguien sintiera eso por mí —suspiró la muchacha.
«Ojalá lo sintieses tú», añadió para sus adentros.
Puestos a confesar, Rafael podría haberle hablado del beso que compartieron en la Biblioteca Nacional.
Amparados por las sombras, el olor a papel viejo y las altas estanterías.
El mejor beso de su vida. Ese que sí le gritaba que era correspondido y que quiso borrar de su memoria, porque era lo que le convenía.
No obstante, no lo hizo.
Evitó mencionarlo. Le provocaba demasiada vergüenza.
—Queda con él en algún lugar público, donde te resulte más sencillo contener las emociones —lo orientó Jimena—.
Donde la charla no adquiera matices apasionados y sea, simplemente, una conversación entre amigos.
Hazlo, Rafael, hazlo cuanto antes. Ya ves lo frágil que es la vida, cómo puede escapársenos en un parpadeo.
Y si no, que le pregunten a la abuela, que no tenía pensado morirse en mucho tiempo y ha estado llamando con afán a las puertas del Paraíso.
—Suerte que nadie le ha abierto —jugueteó él, a ver si se serenaba—. Desde luego, no era su hora.