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Gracias por estar
La decoración de la extensa sala donde se reunían los invitados era elegante, sobria y tenía un toque especial, imposible de definir, que daba cuenta sobrada de lo íntimo de la celebración de aquella tarde.
Si no de la celebración en sí, de sus razones.
Música suave y amortiguada, la atmósfera familiar iluminada solo lo justo, con hermosos candelabros llenos de velas.
No disponer de mucha luz no impidió que al poco de llegar, cuando Alexei le ofrecía una copa tomada de una bandeja, Rafael localizara a Gabrielle departiendo en un pequeño grupo cerca del rincón.
Tres hombres jóvenes y ella. Tres caballeros rendidos a sus encantos que evidentemente la adulaban. Rafael se preguntó desde cuándo los conocía, no daba la impresión de que acabasen de presentarlos.
La joven lo miró por encima del hombro. Ni una sonrisa leve, ni un gesto de reconocimiento, nada. Al contrario, tras clavarle las pupilas indiferentes, se colgó del brazo del galán que tenía a su izquierda y le dedicó en cuerpo y alma su atención y sus carcajadas.
Rafael apostaba a que se trataba del riquísimo barón. Ese hombre presuntuoso, vestido con exagerada pompa, que sostenía su brazo y daba palmaditas amistosas a su mano enguantada como si entre ellos existiera una amistad estrecha.
Gabrielle no cometió el error de mirarlo una segunda vez. No dijo nada, no saludó ni sonrió, casi no dejó patente que lo hubiera visto. Coqueteó abiertamente con aquel joven emperifollado y Rafael sintió la humillación pública como si lo hubieran abofeteado delante de medio Madrid.
Dentro de su disfraz de Alexei, Helena percibió cada brizna de sus emociones como si le pertenecieran.
La tensión de su disgusto. Su devastadora tristeza.
El revés del desengaño más feroz. No obstante, se mantuvo en un discreto segundo plano, sin intervenir ni compartir nada. Confortándolo con su calor.
Cuando Rafael tuvo suficientemente claro lo que había, le hizo una imperceptible seña. Y salieron juntos hasta la calle, deteniéndose solo ante los dueños de la casa para despedirse, desearles muchos más años de venidera felicidad, y satisfacer su inquietud respecto al bienestar de doña Jacinta.
Rafael quiso expresarse un número incontable de veces. Sin embargo, la piedra alojada en la garganta no se lo permitió. La boca seca, el ligero mareo. Al final, con un esfuerzo sobrehumano, logró vencer todos aquellos impedimentos y arrancar a hablar.
—Gracias por… estar.
Alexei no supo qué contestar. Un puñado más de pasos y ya estaban frente a la puerta de la mansión Martorell. Quizá pudiera zafarse. Tampoco es que le fluyeran las palabras, solo las ideas atropelladas.
Y seguramente, todas eran malas. Un verdadero suicidio.
Como por ejemplo, confesar a corazón abierto su amor por Rafael.
Trastabilló con sus propios pies y estuvo a punto de caer. Se habría estampado contra el suelo si Rafael no hubiese alargado los brazos, rodeándole la cintura y sujetando su cuerpo.
—Estoy… estoy torpe —consiguió balbucear—. Solo con una copa.
Lo más extraño fue que después de incorporarla y devolverla a una posición segura, Rafael no la soltó. Sus grandes manos continuaron envolviéndole el talle y seguían estando demasiado cerca.
Inconvenientemente cerca.
Cada uno de ellos podía bañarse en el aliento perfumado del otro.
De repente, fue como si Rafael cayera en la cuenta de lo comprometido de la situación y la soltó de golpe.
—Vuelvo a casa. Tengo que ver… cómo sigue doña Jacinta.
—Sí, claro. Por favor, salúdala de mi parte.
—Por supuesto… lo haré.
—Rafael, ¿te encuentras bien?
La respuesta era NO.
Le escocían los ojos de una forma insoportable, ya no sabía cómo retener las lágrimas. El testarazo había sido demasiado cruel, inesperado, violento. Y le dolía más el miedo de verse sin cobertura frente a lo que Alexei le hacía sentir, que el que Gabrielle se hubiese reído de él.
Algo que, como hombre, le quemaba hasta lo más hondo.
Asintió con un cabeceo huraño.
—Se pasará.
—No hay otra, amigo. Todo se pasa. ¿Puedo volver a llamarte amigo?
Entonces, el de los ojos verdes como helechos húmedos cometió el error de su vida. Alzar la mirada y clavarla en aquellos dos luceros celestes, donde se perdió.
Irremediablemente. Perdido para los restos.
Aquello que le subía vientre arriba, una especie de burbujeo cálido, más que cálido, ardiente, no lo había sentido nunca mirando a Gabrielle.
Ni a otras mujeres. Y aunque su atención turbada recorrió las facciones de Alexei, la delicada línea de su mandíbula, sus labios llenos dibujados, sus pequeñas orejas disputándose el protagonismo con los bucles rubios, sus manos, especialmente sus manos, y le gritó de nuevo que estaba ante una muchacha, lo cierto es que ya no le importaba.
Lo de menos era si Alexei era hombre o mujer. Se había enamorado, arrollado por la rendición de tenerlo cerca.
Y cuanto antes se lo reconociera a sí mismo, mucho mejor para todos.
Quizá con el tiempo reuniera el valor suficiente como para abrirse en canal. Proponerle huir juntos a alguna parte. Puede que cuando ya fuese abogado y tuviera algo que ofrecer al futuro de los dos…
Siempre que Alexei le correspondiera, claro está, que ya estaba su calenturienta fantasía dibujando castillos en el aire, que podían venirse abajo con estrépito, en menos de un pestañeo.
Todo eso le dio tiempo a cavilar a Rafael mientras miraba a Alexei como si lo hubieran petrificado en cera. Incapaz de separar de él sus ojos. Mirándole la boca, deseando mordérsela hasta perder el control. Arrastrarlo por la cintura casa adentro, escaleras arriba, a su alcoba, a su lecho.
Y descubrir allí las delicias del placer carnal con la única persona que verdaderamente lo volvía loco.
Podía seguir mintiéndose. Negándolo. Poder, podía.
Aunque ni más ni menos, es lo que era.
—Bueno, menudo chasco, ¿no? —tartamudeó inseguro, sacudiendo la aldaba—. Claro que puedes llamarme amigo. Es lo que somos.
Amigos y Dios quisiera que algo más, suspiró Helena para sus adentros. Había renunciado a mencionar nuevamente a Gabrielle, no tanto por no ahondar en las heridas de Rafael, sino porque la muy bastarda no se lo merecía. Ni medio segundo de su tiempo, de su voluntad, esfuerzo o saliva.
—Seguramente doña Fortunata estará en casa. Voy a ver si entre todos conseguimos que se alimente como Dios manda un par de días. Como nos descuidemos, la cuidadora caerá enferma también.
—Alexei.
El muchacho ya había iniciado la retirada. Aunque se volvió con una luz interrogante en aquellos ojos incomparables.
—No imaginas lo agradecido que te estoy. Puede que más adelante, cuando toda esta niebla que emborrona mi vida se haya disipado… Sea capaz de decírtelo con más claridad.
—Parece que has olvidado que yo te debo a ti la vida.
—Bueno, tampoco vas a estar pagándome el favor mientras respires…
—¿Y por qué no? —Lo deslumbró con una sonrisa—. No consigo pensar en otra cosa más honorable a la que destinar mi existencia.