Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 38
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Una misión decisiva

La tía Fotunata asumió la responsabilidad de autorizarlo.

Rafael podía, dada la mejoría de doña Jacinta, y debía, por su bien, el sosiego de su alma y su futuro, hacer lo posible por descubrir el juego de la señorita Del´Acour, si es que Mercedes no les había envenenado la sangre con una trola de las suyas, que siempre cabía la posibilidad.

—Qué buena idea —aplaudió Jimena con entusiasmo.

—Es muy probable que la señorita Del´Acour también asista. Los Otamendi están magníficamente relacionados y las muchachas arribistas no desperdiciarían, ni locas, una oportunidad así de codearse con la crema y nata y la nobleza madrileña.

—Tía… —reconvino la joven.

Doña Fortunata agitó las manos en el aire como si su intención fuera borrar sus últimas palabras.

—De acuerdo, tienes razón, no ofendamos a nadie ni saquemos conclusiones anticipadas. Si os aburrís y veis que Gabrielle no llega, con dar media vuelta y regresar a casa, tenéis bastante.

—¿Y por qué habla en plural, señora? —quiso saber Rafael con cautela.

—Espero que no esté pensando en mí —rio Jimena con desenfado—. Estoy tan debilucha que no me mantengo de pie en mis zapatos.

—No pensaba en ti, querida, que todavía necesitas reposo. Sino en Alexei. ¿Quieres que él te acompañe? Lo aviso y que vaya contigo, no puedes aparecer solo como un pasmarote en ese festival de… lo que sea.

Fue oír el nombre del muchacho y sentir una violenta sacudida recorrerle la espalda.

—No sé si será buena idea.

—¿Cómo que no? Tú llegas, acompañado de tu amigo, casi pariente, os tomáis unas copas, dais la enhorabuena a los anfitriones, charláis con este y con aquel, y observas y pones la oreja.

Es fácil. Pero yendo solo, todas las miradas se centrarían en tu persona, jovencito.

Lo oportuno y útil en estos casos, es pasar desapercibido.

—Es que Alexei y yo no nos hemos llevado demasiado bien últimamente… —rumió escondiendo la verdadera intención de sus palabras.

—Vamos, Rafael, nada que no podáis arreglar como buenos hermanos. ¡Bernardo! ¡Haga el favor!

Así fue como alguien dio aviso a Alexei, que se encontraba en la mansión vecina recibiendo sus lecciones y tocando el piano. Temeroso de que, por si acaso se le ocurriera venir, Rafael se excusó para retirarse a su alcoba.

—Rafael —lo llamó Jimena.

Se giró para atenderla, justo cuando pensaba atravesar la puerta.

—Dime.

—Que lo que descubras, sea bueno o doloroso, sirva para abrirte de una vez por todas los ojos.

Esa noche, Rafael no concilió el sueño, mucho más nervioso por la perspectiva de tener que enfrentarse a Alexei, que por lo que fuera a descubrir acerca de Gabrielle.

Y cuando al llegar la tarde se presentó en la puerta para servirle de escolta en la que, probablemente fuera la misión más importante y decisiva, él ya era un manojo de nervios.

Frente a la ocasión y el momento de averiguar qué pretendía Gabrielle.

Debía echarle valor, no pensarlo demasiado. Y el que Alexei asistiera a su lado debía ser lo de menos.

Por desgracia, era lo de más.

Porque puede que no le dirigiera la palabra, pero lo olía. Puede que no intercambiaran planes o conversaran como conversa la gente en una fiesta, pero percibiría su grácil movimiento al caminar, a su costado. Le cosquillearía la mano desobediente, empeñada en atrapar la de él.

—¿Puedo pasar?

Jimena asomó la cabeza. La puerta del dormitorio de Rafael estaba abierta de par en par. Le hizo una seña impaciente y la muchachita, apoyada en su bastón, avanzó con aire optimista.

—¿Qué tal me veo?

—Muy apuesto. Mucho. Esa tonta de Gabrielle…

La expresión suplicante de él la empujó a callar.

—Sigues sin saber de ella, imagino. No lo entiendo, estando la abuela en las condiciones en las que está, ella que presume de tan exquisita educación, no enviar siquiera una nota, unas flores...

—Está claro que no quiere tener absolutamente ningún contacto conmigo. Jamás pensé que declararle tu amor a alguien resultara tan ofensivo.

—¿Le declaraste tu amor o simplemente le pediste que se casara contigo?

Rafael se mordió el labio inferior, sin necesidad de más detalles para comprender a la perfección lo que Jimena quería decir.

Sí. Podía ver la diferencia entre un acto y otro.

No lo confesaría, sin embargo, con aquella extravagante y precipitada propuesta, lo único que había intentado era escapar.

De la tentación.

Una huida hacia adelante. Vergonzosa e indigna. Puede.

El caso es que ojalá tuviera otra. O adivinara otra. O…

El trayecto a la mansión de la fiesta fue tan corto, que apenas tuvieron tiempo de echar de menos un intercambio de palabras.

El silencio no alcanzó a hacerse pesado.

Rafael lanzaba furtivas miradas de soslayo a Alexei, a la esbelta curva de su cuello, a sus finas manos, sus muñecas delicadas.

Repasando todas aquellas partes de su deseable cuerpo que le recordaban a una muchacha.

Más confuso que nunca.

—Sé que Gabrielle no ha sido precisamente un asunto pacífico entre nosotros dos —lo sobresaltó Alexei en un murmullo afable—, pero quiero que sepas que estaré aquí para lo que necesites. Pase lo que pase.

—¡Qué considerado! —masculló Rafael intentando no mirarlo.

—Agradecería que no te burlaras.

Rafael dejó de andar en la puerta misma de los Otamendi. Suspiró hondo y por primera vez desde que comenzara la tarde, lo miró de frente.

—No me burlo. Te lo juro. No me burlo. Es solo que todo esto…

—Es difícil, lo entiendo.

—Me tiene desquiciado. No quiero pensar que ella haya estado jugando conmigo, que todos los que me advirtieron y a los que desoí tenían razón, aunque es lo que temo.

Alexei levantó un brazo como si fuera a palmearle la espalda, luego se lo pensara mejor y renunciara. Ya que su mano volvió junto a su cadera, inmóvil y temblorosa.

—Bueno, supongo que pronto lo descubrirás.

—Estoy nervioso.

—Dicen las malas lenguas que eso lo solucionan un par de copas.

—Si tú no bebes, Alexei.

—Siempre hay una primera vez para todo.