Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 37
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Los ojos deben estar abiertos

Horas después de la marcha de la recalcitrante dama, Rafael no conseguía pensar en otra cosa que en sus insinuaciones. Una única idea obsesiva le rondaba la cabeza y era su propia imagen, con un enorme cartel en la frente, donde se leía «idiota redomado».

—¿Deberíamos creerla? —quiso saber por enésima vez, arrastrando una respiración trabajosa.

Jimena le alargó entre temblores una taza de café.

—Tiene fama de chismosa, no de embustera. Lo siento. Es probable que sí.

—Debo comprobarlo, Jimena, no puedo sacar conclusiones, así como así, sin más base que un rumor malintencionado.

—Desde luego que debes.

—Si interrogo a Gabrielle, a bocajarro…

—Lo negará con la mayor desfachatez.

Él asintió pesaroso.

—Aun siendo cierto. Es lo que haría.

—Entonces tendrás que cazarla con las manos en la masa. Porque que debes salir de dudas, debes.

Rafael se desesperó. Peinó su abundante cabello con los dedos, abandonó la mesa y describió varios círculos impacientes a zancadas por el ancho comedor.

—La señora Jacinta no está en condiciones para que yo me ausente. Y menos de fiestas y tertulias.

—La señora Jacinta hoy está bastante más recuperada —anunció una voz a sus espaldas.

Una agotada doña Fortunata entró para dejarse caer en una butaca. Igual que si cayera de un árbol. Jimena se apresuró a servirle su taza. Tanto a ella como a Rafael les faltó poco para zarandearla buscando más información.

—¿Cómo ha dicho?

—Que hoy, por fin, casi no tiene fiebre. Lo cual es una magnífica noticia.

—¿Lo sabe…?

—¿El doctor Ferrer? Está atendiéndola en este mismo instante.

—Oh, Dios mío, gracias, gracias —murmuró Jimena con los ojos empañados, cerrados y las manos en actitud de recogimiento.

—Solo el cielo sabe cuánto he rezado —admitió Rafael ruborizado—. Y eso que apenas sabía cómo hacerlo.

—¿Cómo se encuentra, doña Jacinta? ¿Más repuestita?

—¿He abierto los ojos, doctor?

—Hasta donde puedo ver, por completo.

—¿Ya no voy a morirme?

—Confío en que ese sea el resultado de nuestros desvelos.

—¿De usted y de quién más? ¿De esa loca de mi prima a la que he visto rondando por mi dormitorio cuando conseguía recuperar la consciencia? ¿Qué pretende? ¿Quedarse con la mansión como herencia? Por lo que más quiera, llévese a esa demente de mi casa, cuanto antes.

Armado de paciencia, el médico se despojó de las gafas para masajearse el puente de la nariz.

—Esa loca, como usted la llama, la ha cuidado de noche y de día.

No se ha separado de su cama. Apenas ha comido o descansado.

No ha permitido que nadie le administre sus medicinas, salvo ella.

Ha palpado su frente controlando la temperatura, le ha puesto paños fríos sin pausa, ha sido tan buena y generosa que estoy seguro de que se ha ganado un puesto de honor en el cielo.

La viejecilla, que después de los días críticos parecía haber menguado allí en mitad de aquellas ricas ropas de cama, apretó los labios en una mueca áspera que a todos les era familiar.

—Pues que suba corriendo a ocuparlo. Que no se entretenga, se lo vayan a quitar —refunfuñó, enterrando la mirada en la pared, para que el galeno no descubriera el rodar de sus lágrimas emocionadas.

—Vamos, doña Jacinta. Usted y yo sabemos que no es eso lo que siente por su generosa prima…

—Claro, claro. Ella es la generosa. Yo la gruñona. Como de costumbre. Como desde que éramos crías.

—Son ustedes dos buenas personas. Tanto doña Fortunata como usted, cada una en su estilo.

Y han decidido tontamente perder el tiempo entre discusiones y guerras.

No seré yo quien se lo recrimine, si les divierte.

Pero en momentos crudos, como este, la familia es la que suele dar la talla, doña Jacinta. Si no, a las pruebas me remito.

— Ummm .

—Sea agradecida cuando la vea.

—¿Y dónde se supone que ha ido?

—La he mandado abajo, a tomar algo caliente, que esa pobre mujer está a punto de derrumbarse, y ya serían dos enfermas de las que ocuparse.

—Dígale a Bernardo que encargue a cocinas una buena olla de caldo de hueso y verduras frescas —gruñó como si diera la orden contra su voluntad.

—Eso haré. En cuanto baje. Haga el favor de cerrarme los ojos, a ver si puede dormir un poco.

—¿No le parece que ya he dormido bastante?

—Usted habrá dormitado, no se lo discuto; por el contrario, su cuerpo no ha dejado de luchar contra la enfermedad. Ahora toca reponer fuerzas.

Y allí dejó a doña Jacinta, farfullando entre dientes por lo buena que había sido su prima, por ese amor tan desmedido como desinteresado del que había hecho gala, y que ahora ella no tendría más remedio que restituir.

Se acordó de cuando eran pequeñas y jugaban juntas.

De cómo ella le prestaba sus muñecas favoritas, esas que no permitía que nadie tocara.

Dos corazones inseparables. Rememoró cuando eran mozas, a cada cual más bonita, y se vestían en la misma alcoba para asistir a su primer baile.

El modo conmovedor en que se contaban sus amores incipientes, las primeras miradas de deseo con los muchachos.

La carita emocionada y la expresión de felicidad absoluta con la que Fortunata, pese a permanecer soltera, actuó como dama de honor en su boda.

Todo antes de la maldita herencia de los abuelos.

Todo antes de un capricho que nadie supo explicar y que la convirtió en propietaria de la gran mansión familiar en la calle del Barquillo número 12, mientras que a Fortunata se la relegaba al inmueble situado justo enfrente, en la Plaza del Rey, un poco más modesto y, desde luego, sin el sello de abolengo de los Martorell por generaciones.

Desde fuera, nadie habría dicho que era para tanto.

Y aunque nunca jamás se lo había planteado, serían los descalabros de la fiebre, doña Jacinta, la dama más noble entre todas las damas nobles, tanteó que quizá lo que movía a su prima no fuera la envidia o el desengaño, sino el sentirse herida por el feo de la abuela, a la que adoraba.

Por no comprender que la buena mujer, a sus muchos años, quizá medio chocha, simplemente había echado en suertes las dos mansiones, considerándolas equivalentes, y las había repartido al azar.

Quizá ella no fuera especial. Ni más espléndida o valiosa que Fortunata. Quizá estaba en Barquillo 12 por pura casualidad.