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Desengaño con rostro de mujer
Incapaz de concentrarse en lo que estaba leyendo, Rafael cerró el libro de historia política y lo apartó al lado libre de la mesa de estudio.
Se sentía terriblemente culpable.
Por desear acudir a fiestas y otras reuniones sociales donde pudiera reencontrarse con Gabrielle, cuando su único y prioritario desvelo debería ser el estado de doña Jacinta, que no mejoraba.
Esos bailes estúpidos de los que hasta hace nada se reía y que, sin embargo, habían terminado convirtiéndose en el único vehículo imaginable para calmar su ansiedad.
No había recibido ni un solo mensaje de Gabrielle desde el día de su declaración, ni siquiera una nota interesándose por la salud de la señora Martorell.
—¿En serio, Rafael? —se alarmó Jimena, cuando al final decidió permitir que sus diques reventaran y le abrió de par en par el corazón— ¿Ni una sola noticia? ¿No da señales de vida?
Él negó con angustia.
—Vaya. A ver si vamos a tener que darle la razón a Alexei cuando afirma que…
—Alexei no es el más adecuado para hablar de Gabrielle —la cortó con sequedad.
—Rafael, él jamás ha estado interesado en ella.
—Pues me temo que lo que tengo entendido es una versión muy distinta de la historia.
—Porque has dado crédito a lo que ella ha querido venderte.
—¿Y por qué iba a querer mentirme?
—¿Para ponerte celoso? ¿Porque ella deseaba a Alexei y él la rechazó? ¿Porque es una embustera del demonio?
Rafael resopló indignado.
—Capullo remilgado… Siempre en medio. Siempre estorbando.
—Rafael…
—De acuerdo, perdón, ¡perdón! Disculpa por estar frenético. Por no saber nada de la mujer a la que he pedido que sea mi esposa, porque me devoren las dudas… ¿No te parece que todavía cabe la posibilidad de que haga el ridículo ante todo el mundo un número infinito de veces?
—Es entendible. De verdad, comprendo cómo te sientes. A veces el desengaño tiene rostro de mujer.
—No confías en ella, ¿verdad?
—No es ningún secreto. No creo que sea la joven virtuosa que pretende simular. Solo alguien con…. Muchas ganas de divertirse.
Iba a responder, cuando un lacayo apareció en el umbral de la puerta.
—La señora doña Mercedes de Sales acaba de llegar a interesarse por la evolución de doña Jacinta. ¿La hago pasar al saloncito? ¿Aviso a doña Fortunata?
—Sí, desde luego, Pascual. Haga ambas cosas. ¿Me acompañas, Rafael?
El joven puso los ojos en blanco.
Pocas personas y cosas le hacían perder la paciencia con la eficacia de aquella dama fastidiosa, que hablaba por los codos y siempre encontraba una herida ajena donde hurgar con la uña. Demasiado irritante como para permitir que Jimena la sufriera sin compañía.
—Por descontado que sí. —Le ofreció el brazo, que la muchacha precisaba con más habitualidad desde que estuviera enferma, y entre él y su bastón, atravesaron las estancias para encontrarse con la indeseable visita.
—Doña Mercedes, qué amable. No era necesario que viniera hasta aquí…
—¿Cómo que no? Estamos todas en el club deseando saber los pormenores de la situación que retiene a las dos Martorell bajo el mismo techo. Tengo entendido que el doctor Ferrer alberga muchas esperanzas de que nuestra Jacinta se recuperará del todo, ¿no es así?
—De momento, no empeora —informó Rafael con amabilidad—. Lo cual es de agradecer.
—Demos gracias al señor. Le dedicaré a la pobre mi rosario de mañana. La verdad, nadie se esperaba el sacrificio de Fortunata.
—Eso es quizá, porque en la realidad se llevan mucho mejor que en las murmuraciones que corren por ahí —silabeó Jimena, encantada de poder lanzarle una puya de tal peso—. Oh, aquí llega el café.
—Doña Fortunata no puede bajar de momento —informó la doncella—. Está administrándole la medicación a la señora.
—Bueno, de eso podría encargarse cualquier criada —apostilló la de Sales algo molesta por el desaire.
—Pues fíjese que la tía abuela no consiente que nadie lo haga, salvo ella. Pese a lo mucho que se odian.
—Lo has dicho con retintín, muchacha. —Sus ojos interesados viajaron de Jimena a Rafael, como si considerase que, llegados a ese punto, la joven carecía de importancia—.
¿Y usted, Rafael? Tenía entendido que su cortejo formal con la señorita Del´Acour estaba muy próximo.
Todas, para ser franca, nos esperábamos el anuncio de un día para otro, pero…
—Dadas las circunstancias, entenderá que no tenga el cuerpo para galanterías, bailes y paseos.
—Claro que no, eso lo entendemos. Es que lo digo por…
—¿Por…?
—¿De verdad no se ha enterado?
Rafael tragó saliva, notando como le palpitaba el pulso en las sienes.
—Seguro que está usted al tanto de las últimas noticias —la aduló Jimena—, a diferencia de nosotros, doña Mercedes, que vivimos un poco aislados. Por lo que más quiera, no nos tenga en ascuas, cuéntenos.
—La han visto muy acaramelada con un barón recién llegado de las Américas, con los bolsillos ofensivamente bien pertrechados. Se dejan ver en público con tanto descaro como si quisieran lanzar al mundo un mensaje. Quizá vaya dirigido a usted, don Rafael.
¡Acabáramos! Ese y no otro era el motivo de la visita.
Ni gripes ni chirimbainas.
A Jimena le entraron ganas de arrastrarla por el moño hasta ponerla de patitas en la calle.
Rafael, por su parte, consiguió mitigar la necesidad de retorcerle el pescuezo, hacerle tragar las pastas que llenaban el plato de una vez, y responder con mesura, pese a los saltos y cabriolas que daba su corazón medio roto.
—Bueno, la señorita Del´Acour es soltera y por completo libre de elegir sus compañías. Está claro que, en el momento actual, no soy lo que se dice una pareja deseable.
—Claro, eso pensábamos. Siempre que no hubiera nada más formal con nadie…
—No lo había, puede tener la total seguridad y quedarse tranquila.
—Pues sí, no le voy a mentir, me sosiega oírlo. Habíamos escuchado por ahí… ya sabe.
—No, no lo sabemos —replicó Jimena en nombre de los dos.
—Pues que usted, don Rafael, aspiraba a algo más con ella. Quizá algo un poco más serio, con miras al futuro.
—Ha debido de ser un malentendido —aclaró con reposo.
—No discuto que la muchacha es bonita. Pero… ¿francesa? ¿Desde cuándo una francesa es de fiar?
—Para un francés, supongo que sí —rio Jimena.
—La decencia española es una virtud que no puede compararse con nada de lo que se estila en el extranjero. En fin, creo que es hora de que me vaya. Tengo otras muchas visitas pendientes. Me alegro de que la querida Jacinta esté mejor.
¿Quién y cuándo había afirmado tal cosa?
No obstante, insinuarlo, siquiera, podría alentar a doña Mercedes de Sales a quedarse a discutir. Lo más inteligente era, como de costumbre, sonreír tontamente y despedirla con muchísima educación.
Ojalá no volviera en siglos.