Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 35
78%

35

La terrible enfermedad

Dos días después de la bochornosa declaración fallida, doña Jacinta cayó repentinamente enferma de gravedad.

Lo peor de todo fue que el diagnóstico, esta vez, era indiscutible y claro. La epidemia de gripe que asolaba la capital, el país, Europa al completo, la había alcanzado con su garra mortal.

Solo cabía esperar. Que no empeorase, que resistiera, que la enfermedad no se la llevara a rastras al cielo de los ángeles.

A Jimena le prohibieron terminantemente entrar en la alcoba de la paciente.

Doña Fortunata llegó a la mansión a la carrera, dispuesta a discutir hasta desfallecer con Bernardo, el mayordomo de su prima, y a ocuparse de todo.

El amable doctor Ferrer la detuvo a la entrada del dormitorio para aleccionarla con un largo sermón y una interminable lista de instrucciones.

—No voy a descartar que el mal sufrido por la señorita Jimena fuera una gripe poco virulenta que su organismo, inexplicablemente, venció. Y que el estado actual de doña Jacinta no se deba a un contagio al haber estado a su cuidado. ¿Sabe lo que pretendo decirle?

Doña Fortunata, impaciente por colarse en el dormitorio, cabeceó.

—Seré prudente, doctor, tiene mi palabra.

—No pienso arriesgarme a otro contagio. Los organismos de cierta edad, por desgracia, no responden con la fortaleza de los jóvenes.

Procure taparse nariz y boca con un pañuelo siempre que esté con ella.

Vendré cada día a visitarla y aprovecharé para examinarla a usted también. Y al menor signo de enfermedad…

La anciana dama alzó las dos palmas abiertas frente a su cara y negó, moviendo a un lado y otro la cabeza.

—Haré todo cuanto usted me diga, doctor, se lo aseguro. Aunque igualmente le advierto que no voy a dejar sola a mi prima en esta tesitura.

El bueno del galeno sonrió comprensivo.

Asintió sin añadir nada más que la agobiara. Doña Fortunata era una mujer sensata, reflexiva, que sabría lo que hacer. Y el que estuviera allí, en Barquillo 12, con todo lo que eso suponía, dispuesta a cargar con la tarea de ocuparse de la enferma, decía mucho de la grandeza de su corazón.

—No pierda la cautela, Fortunata. Recuérdelo, ni por un solo instante.

Alexei estaba sentado en la biblioteca, tratando en vano de distraer a Jimena de sus pesares, cuando Rafael entró como un vendaval descontrolado.

Su primer instinto, al ver al joven rubio, fue dar media vuelta y salir corriendo. Soportar la presencia de Alexei no era precisamente lo que más deseaba en un momento en que las preocupaciones y las inseguridades lo vapuleaban sin tregua.

Se sentía debilitado. Al tiempo que furioso por comprobar que su ridículo corazón seguía desbocándose en cuanto lo veía. Que traqueteaba como un carruaje sobre los adoquines de una vieja calle, queriendo salirse del pecho para buscar sus labios.

¡Por todos los santos del cielo!

Nunca había deseado tanto una boca, ni le había parecido tan prohibida.

Frente a todo pronóstico, con una fuerza de voluntad salida de no sabía dónde que lo dejó perplejo, no huyó. Seguramente, por miedo a quedar en evidencia una vez más, o a inquietarlos.

—No soy la persona más indicada para decirte que te animes —arrancó Jimena dedicándole una tierna sonrisa—, mira cómo estoy por culpa de la incertidumbre, pero es que te noto abatido de una forma… ¿podría llamarla melancólica? ¿Te preocupa algo? Aparte de nuestra abuela, claro está.

Rafael apretó las mandíbulas, tratando de mantener a raya la rabia que lo invadía como un mal veneno. No iba a confesar allí, delante de ellos…

O sí, reconsideró en menos de un segundo.

Podía ser un buen paso adelante, admitir sus intenciones para con Gabrielle ante Alexei, y ver qué pasaba.

Más con él mismo que con ellos.

—Sí, lo cierto es que hay algo más que me inquieta.

Alexei y Jimena lo interrogaron con la mirada, puesto que cortó ahí la frase, sin proporcionar más información.

—Le he pedido… —Una tos nerviosa—. He pedido en matrimonio a la señorita Del´Acour.

Tanto uno como otra palidecieron.

Puede que de ella lo esperase, Rafael no era ajeno a los sentimientos de la muchacha por él. No obstante, la reacción del joven rubio sí que lo turbó y desconcertó sobremanera.

—Te habrá aceptado, claro está —adelantó Jimena con la voz entrecortada.

—Ha dicho… Bueno, lo tiene que pensar.

—¿En serio? —se soliviantó la muchacha.

—Es normal —defendió Rafael—, no puedo decir que no lo entienda, es una decisión importante, podría significar cambiar de país de residencia, abandonar París, su familia…

—No imagino que eso la frene a estas alturas. Ella siempre se mostró muy segura y conforme con que desposaría a un caballero español.

Nadie esperaba lo que Alexei expuso a continuación.

—Rafael, esa mujer no te quiere —sentenció con tono inesperadamente firme.

El joven lo fulminó con unos ojos verdes confusos y atormentados.

—¿Qué demonios estás diciendo?

—Que no le importas, que no es sincera. Aunque de eso deberías haberte dado cuenta ya tú solo.

—¿Pero al parecer soy demasiado estúpido como para verlo? —lo retó.

—Eso lo has dicho tú, no yo.

Rafael dio un amenazador paso adelante.

—Eres un desagradecido. No puedes soportar que gane, ¿verdad? Que al final, entre los dos, ella me elija a mí.

—Por lo que acabamos de escuchar, todavía no te ha elegido.

Se estaba burlando de él.

Mofándose de su sufrimiento. De la tortura infinita que suponía esperar una respuesta, cuando el hecho de la espera misma ya resultaba degradante.

Y por eso y por varias cosas más, Rafael quería pegarle.

Sin embargo, su cuerpo no le obedecía, su puño se pegaba manso al costado, sin intención alguna de golpear aquella preciosa cara.

De modo que puso empeño en concentrar toda su ira en la mirada. Los ojos verdes relampaguearon. Como ya había ocurrido en el pasado con nefastas consecuencias, Jimena, la mediadora entre ambos, se interpuso.

—¿Qué os pasa a vosotros dos? —los increpó—. ¿Es que vais a pelear de nuevo?

—Es él —acusó Rafael, encendido—, no consiente reconocer que ha perdido el duelo…

—Pero ¿qué duelo? ¿Qué clase de disparates dices? —gimió Alexei con voz amortiguada.

—Gabrielle. Tú también la codiciabas. La buscaste sin encontrarla…

—¡Yo nunca…!

—¡Da igual lo que Alexei reconozca! —volvió a interrumpir Jimena— ¡O lo que reconozcas tú! ¿Es que no podéis olvidar vuestras diferencias, aunque solo sea por la abuela? ¿Se os ha pasado por la cabeza que podría morir en cualquier momento?

Los dos jóvenes quedaron paralizados. Tal que si la frase de Jimena hubiese tirado del hilo que les permitía moverse y respirar, bloqueándolo.

—¡O por la tía Fortunata, que está ahí encerrada! ¡Cuidándola y poniendo en riesgo su salud a sus años! ¿No podéis?

Los dos bajaron las cabezas, avergonzados.

—Podemos. Claro que podemos —musitó el joven rubio con las pupilas clavadas en la alfombra.

—El doctor Ferrer no aprueba que la abuela no se traslade a un hospital.

Dice que son manías de ricos, manías peligrosas.

Que tiene varios casos de gripe en esta calle y ninguno de los afectados ha consentido abandonar su casa.

Tan solo lo ha logrado con la cocinera del número 8.

Y porque solo es la cocinera y seguramente habrá recibido la orden de sus señores.

Por favor —enjugó una lágrima—, os lo ruego. Por lo que más queráis. Esto es serio.

Alexei se mordió el labio inferior.

—Lo sabemos.

—Jimena, serénate —le aconsejó Rafael a media voz—. Alterarte de esta forma no te conviene…

Ella se lo quitó de encima con un aspaviento.

—¡No quiero calmarme! ¡Me desespera veros así!

¡Creyendo que la única forma de arreglar vuestras diferencias es a puñetazo limpio, como muchachos de la calle!

Vosotros… —agitó un dedo delante de ellos—, vosotros dos tenéis algo pendiente.

Algo que, por el bien de todos, debéis resolver cuanto antes.

Dicho lo cual, se incorporó a duras penas, apoyada en el bastón, dejó la mesa, renqueó hasta la puerta sin consentir ayuda de ninguna clase, la abrió auxiliada tan solo por su arranque de furia, y desapareció.

Dejándolos sin más compañía que la incomodidad del otro.

Alexei aguardó a que Rafael dijera algo que rompiese el espesor del hielo en el ambiente, aunque fuera desagradable.

Rafael esperaba que la sensibilidad de Alexei, de la que él a todas luces carecía, sirviera de puente entre los dos con alguna palabra mágica.

Sin embargo, ninguna de las dos cosas sucedió.

Alexei exhaló un ligero suspiro e hizo un ademán con la cabeza, que Rafael no supo traducir.

—Será mejor que me vaya.

Rafael permitió que llegara hasta la puerta misma. Se había girado, a mirarlo ir por encima del hombro, aunque mordiendo las palabras que le escocían en la lengua para que no escaparan.

—Alexei —llamó antes de que se fuera.

El joven dejó de andar, si bien se mantuvo en silencio sin moverse.

—Ella tiene razón. Tenemos que arreglarlo.