Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 34
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Con intención de casarse

Dos días antes…

—¿Podemos hablar?

El lacayo se retiró con una inclinación educada y Rafael perdió de golpe y porrazo todo el ímpetu que lo había llevado hasta el hogar de la baronesa.

Se quedó varado, encajado en la puerta, dándole vueltas nerviosas a su sombrero entre las manos, mirando con temor a las dos mujeres que giraron las cabezas para observarlo con curiosidad.

—¡Rafael! ¿Teníamos una cita y lo he olvidado? —saludó Gabrielle risueña.

—Lo cierto es que no… No.

—¿Entonces… querido?

—Quería… Tengo algo que decirle.

La baronesa de Luján tomó la decisión de despedirse, discreta y elegantemente, con un suspiro.

—Creo que el ama de llaves me requiere para algún asunto doméstico. Regreso en… digamos media hora. Aprovechen el tiempo —agregó con un guiño.

Rafael se apartó cortés para que la dama saliera y escuchó cerrarse la puerta a sus espaldas. Algo inaceptable, dejarlo allí, en la intimidad con su sobrina, a puerta cerrada y sin carabina. Algo que doña Jacinta no habría permitido jamás de los jamases, tratándose de Jimena.

Gabrielle levantó la vista sin prisa.

—¿No vas a sentarte?

Rafael sacudió aturdido la cabeza. Gabrielle lo observaba desde su posición en el sofá de terciopelo, y puede que llevara ya un rato animándolo a hablar sin que él terminara de decidirse, ni la escuchara.

Andaba demasiado histérico preguntándose si lo que estaba a punto de intentar era o no correcto. Si saldría bien, si implicaría un salto al vacío del que saldría mal parado… De lo que sí tenía certeza era de que parecía su único camino, su única salida lejos de aquel infierno que lo consumía.

Empezó por tomar asiento en un butacón, frente a la joven que bebía a sorbitos su té, con el dedo estirado y el tintineo de la porcelana, pestañeando coqueta, sin mostrar el menor signo de nerviosismo.

—Yo… Venía… Quería hablar con usted… Contigo.

—¿Y bien? —sonrió astuta—. Ya estamos hablando.

—Quería…

—Rafael, por amor de Dios. —Se puso en pie, impaciente, y dio un par de vueltas por la estancia, exhibiendo, de paso, su grácil silueta.

Cuando cambió de postura para mirar, lo encontró erguido a su lado, demasiado cerca. El joven le tomó las manos y apoyó una rodilla en el suelo.

Gabrielle abrió con desmesura los ojos.

—¿Te casarías conmigo?

La muchacha francesa aspiró hondo.

—Cómo… ¿Cómo dices?

—Te estoy proponiendo matrimonio, Gabrielle. Te pregunto si me harías el grandísimo honor de convertirte en mi esposa.

Ella se distanció un tanto, como si creando espacio aclarara sus ideas. Luego volvió al mismo sofá de antes y retomó el paladeo del té. Rafael la interrogó con la mirada, sin entender demasiado lo que estaba sucediendo. Acabó por ponerse en pie con una ligera sensación de bochorno.

—¿Qué me respondes?

—Por favor, no me atosigues.

—Yo no te atosigo, solo estoy preguntándote…

—¡Vas demasiado rápido!

—¿Rápido?

—Apenas empezamos a conocernos.

Por la memoria de Rafael desfilaron sus muchos ratos de sexo y lujuria a escondidas, en la coqueta propiedad alquilada.

La desvergüenza con la que Gabrielle se despojaba de sus ropas quedándose completamente desnuda frente a él, incitándolo a tocarla, a recorrerla y degustarla por todas partes, a poseerla sin pérdida de tiempo.

La naturalidad con la que abría las piernas y lo acogía en su interior, como si se pertenecieran, como si ya estuvieran casados. Jamás pensó que, después de tantos meses, de tantas veces, eso podía considerarse «empezar a conocerse».

Más bien parecía una excusa fruto de la conmoción.

Su propuesta la había pillado por sorpresa y no terminaba de reaccionar con cordura, eso era. Necesitaba que le concediera más tiempo.

O mejores argumentos.

—Desde que te conozco, siempre dejaste claro que tu objetivo era casarte.

—Y lo sigo manteniendo. Lo que no implica, necesariamente, que vaya a aceptar la primera proposición de matrimonio que reciba.

—Ya, bueno, no obstante…

—Que, por cierto, debo admitir que tampoco la tuya es la primera.

El joven alzó los ojos, vivamente interesado.

—Ah, ¿no?

¿Cómo explicar eso? ¿Con qué otro joven había estado flirteando lo suficiente como para basar una declaración formal? ¿Había sido en los escasos ratos en que no estaban juntos? ¿Lo había hecho delante de sus narices?

—Lo único importante que debes saber, es que no he aceptado a ninguno. Los hombres en España os lanzáis a pedir la mano de las mujeres de un modo poco asentado.

Su frase apaciguó un tanto los ánimos alterados de Rafael.

Su mente había señalado a Alexei como culpable, en primer lugar.

Y se había enfurecido. A continuación, oyéndola, pensó que su cegadora belleza había empujado a algún otro incauto a lanzar su oferta de casamiento sin más, por si encontraba el éxito por puro azar, sin existir una relación previa que los vinculara.

—Quizá lo más adecuado es que me retire y te conceda el tiempo que precises para pensarlo —dijo finalmente, aunque poco convencido.

—Es una decisión… trascendental —musitó ella sin mirar otra cosa más que sus relucientes zapatos.

—Lo entiendo. Y lo respeto. Ahora conoces mis intenciones. Solo debes aceptarlas o rechazarme. Avísame cuando tengas algo que decirme.

Gabrielle no volvió a despegar los labios. Parecía ausente.

Más que ausente, desinteresada. Pero asumir aquello habría sido demasiado humillante, de modo que Rafael prefirió pensar que estaba abrumada por lo inesperado de su petición.

Abandonó la mansión de los Luján sintiéndose un perdedor.

De alguna manera, su fantasía le había jugado una mala pasada prometiéndole un final mucho más dichoso, en el que la señorita Del´Acour se levantaba de un salto de su asiento, con las pupilas chispeantes de gozo, emocionada por la propuesta, y la aceptaba antes de un interminable y apasionado beso.

Sin embargo… ¿Qué había obtenido? Si ni siquiera había sido capaz de rechazarlo… Tal actitud, desde cierto punto de vista, podía considerarse en positivo, ¿verdad?

Retomarían la conversación más adelante, aquella charla no había acabado, lo esencial estaba por decir. Ella se calmaría, meditaría lo que él le estaba ofreciendo, y su respuesta final sería un sí.

No había que perder la esperanza.