Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 33
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Preguntarse los porqués

—¿No os importa entonces? —Doña Jacinta sonrió amplia—. Quedaros solos un rato. ¿Te encuentras bien hoy, Jimena?

La muchacha puso los ojos en blanco.

—Abuela, por amor de Dios, ¡vete ya! Da el primer paso o no te irás nunca.

—Quiero ver cómo va el club. Después de tantos días sin aparecer por allí…

—No puedo imaginar cómo se las han apañado todas esas damas nobles sin su presidenta durante estas semanas —exclamó Rafael con absoluta entrega.

A doña Jacinta se le escapó un gorgorito de felicidad.

—¡Seguro que dando muchos traspiés! Esas señoras, por nobles que sean, no saben tomar decisiones. No se lo digáis a nadie, negaré haberlo dicho. Bueno, me marcho. Portaos bien, no tardaré en regresar.

Jimena elevó las cejas hasta el nacimiento del pelo y bufó.

—Creí que no se iría nunca…

—Ah, Jimena.

La joven cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza.

—Dime, abuela.

—Si te sientes mal…

—Me encuentro perfectamente.

—Pero si te sintieras mal en mi ausencia… No dejes de llamar al doctor Ferrer.

—Yo me encargo, doña Jacinta. Pierda cuidado. Vaya al club y disfrute de sus cosas.

Si a doña Jacinta Martorell se le hubiera pasado por la tela del juicio lo que iba a encontrar al entrar en el recinto del club, no se habría dado ninguna prisa en acudir.

Una reunión.

Una reunión sobre la que nadie la había prevenido, a la que tampoco estaba invitada y en la que puntualizaban con brío las actividades del siguiente mes. Parecían estar pasándolo en grande con… ¡Fortunata sentada al frente!

A Jacinta se la llevaron los demonios. Se quedó rígida en la puerta, con los dedos engarfiados a la jamba, repasando una a una a las traidoras que habían encumbrado a su odiosa prima al cargo de presidenta en funciones mientras ella, por evidente causa de fuerza mayor, no estaba.

—¡Jacinta! —se oyó un murmullo a coro.

—¿Alguien me explica lo que está ocurriendo aquí?

—Cerramos el programa de actividades de… —empezó Fortunata.

Su prima la calló con un gesto seco de la mano.

—Eso ya lo sé. Me refiero a qué haces tú sentada en el sillón de presidencia. —Dio unos cuantos pasos adelante sin llegar a internarse del todo en la estancia— ¿Sustituirme?

—Jacinta, por los clavos de Cristo. —Doña Eugenia de Maldonado, marquesa de Bonagua elevó la voz para que, por encima de su enfado, la anciana la oyera—. Todas se lo hemos pedido, alguien tenía que ejercer el cargo en tu ausencia.

—¿Y tenía que ser ella? Mientras yo cuidaba de mi nieta moribunda, ¿tenía que ser la persona que más codicia mi posición?

—Deja de decir sandeces, prima. Elige una silla y no sigas interrumpiendo, queremos acabar cuanto antes para que nos sirvan un vino.

—No pienso participar de una junta a la que no he sido convocada.

—Bien, entonces quédate de oyente…

—De todas las cosas rastreras que te he visto hacer, Fortu —la acusó con el dedo estirado—, esta, esta… Aprovechando que cuidaba de Jimena…

—No le hagan demasiado caso, señoras. —Fortunata calmó los ánimos que empezaban a soliviantarse—. Mientras nuestra querida Jimena ha estado enferma, ella se ha encargado de todo. Está agotada.

—… ¡Esta ha sido la peor! —remató Jacinta con ojos vidriosos.

—¡Jacinta!

—¡Y no es cansancio, Fortu! ¡Es hartazgo! Estoy empachada de esta competición absurda entre las dos, harta de que me robes el suelo de debajo de los pies, harta de que no me perdones haber heredado la mansión de la que estabas encaprichada, ¡harta de tener que pedir disculpas hasta por existir!

El silencio que se encontró al terminar fue abrumador.

Todos los ojos desmesuradamente abiertos y fijos en ella.

Sus brazos dramáticamente distanciados de su cuerpo, con las palmas abiertas, como si durante su encendido discurso hubiese olvidado dónde se encontraba o fuera ella la que estuviese suplicando perdón.

Enmudeció azorada, giró sobre sus tacones y abandonó la sala como si la persiguiera un matarife. Fortunata hizo amago de seguirla, aunque la condesa de Caravaca la sujetó por el codo, impidiéndoselo.

—Permítele explotar, Fortunata. Es cierto que debe de estar exhausta, pese a que lo oculta. Ya sabes cómo es tu prima.

—Doña Perfecta —calificó Fortunata con tristeza—, la que nunca se equivoca.

—Pues eso. No te sientas culpable de nada, tú no la has suplantado, todas las damas nobles te rogamos que hicieras las veces de presidenta en su ausencia, ¿no es así?

Lo era.

Pero saberlo no hizo que la anciana se sintiera mejor.

¿Por qué tenía su prima ese poder sobre ella? Se había quedado con la mansión de Barquillo 12, relegarla era su norma. Condenada mujer…

¿Qué más pretendía?

Al tiempo que bordaba la amapola con hilo rojo, doña Fortunata se preguntaba por qué demonios malgastaba el tiempo en un quehacer que detestaba.

Bordar no era su fuerte, nunca lo había sido, la de las manos primorosas siempre había sido Jacinta.

Sus labores eran admiradas por todos y en comparación, sus costuras chapuceras daban pena.

Eso le decía la abuela. «Cultiva otras virtudes y dedícate a otras tareas, jovencita».

Si la abuela, a la que ambas adoraban, resucitara y las viese enfrentadas de aquella forma, se moriría otra vez, ahora del berrinche. Tenía razón Jacinta, aquello debía terminar, cortarse cuanto antes.

Al fin y al cabo, ¿a quién beneficiaba?

Y lo que era más importante, ¿cuándo había comenzado? Porque ella era incapaz de recordarlo.

Es verdad que después de lo de la herencia se había amoscado un poco…

Vale, siendo franca, se había puesto bastante furiosa, la verdad.

Siempre pensó que la abuela le dejaría la mansión a ella.

A las dos a medias, al menos. Sin distinciones.

Pero acordar cedérsela a Jacinta al completo y sin una explicación, la puso hecha una hidra. Y no contra Jacinta, en realidad.

Contra la abuela que tanto la había decepcionado.

Si bien, como desgraciadamente la buena mujer ya no estaba en este mundo, lo pagó con su prima.

El caso es que después de ese garrafal error suyo, Jacinta se había molestado prácticamente por todo. La perseguía, la copiaba, trataba de adelantársele… Bueno, ella también había hecho lo mismo en otros casos. ¿Quién había tirado primero la piedra?

—Señora, ¡señora!

Levantó la vista del modesto bordado y observó la expresión de angustia en el rostro de Alexei, idéntica a la que ya le había adelantado el tono crispado de su voz.

—Doña Jacinta. Es doña Jacinta…

—¡Cálmate, muchacho! ¿Qué sucede?

—Está enferma. Gravemente enferma, señora. Su prima ha contraído la gripe.