Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 32
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Ni soy, ni tengo

Que Alexei desapareciera, fue como que le arrancaran de cuajo el corazón.

Si lo que le hacía sentir, en sí, ya era desasosegante, más aún lo era el martilleo del recuerdo fugaz que guardaba de su pelea. En ese momento glorioso, casi místico, en que las facciones de Alexei se habían dulcificado hasta hacerse femeninas.

¿Era Alexei una muchacha? ¿Lo era? Porque lo habría jurado.

Había soñado con ese instante, una y otra vez hasta desquiciarse. Con lo que creyó ver y no se atrevía a preguntar. Si estaba en un error, Alexei se sentiría insultado. Si acertaba, pedirle que confesara su disfraz sería descender a un nivel de intimidad que de momento habían perdido.

¿Qué podía hacer?

—Rafa… el.

—¡Jimena!

Oírla disipó el sopor que lo mantenía adormecido, sentado en una butaca junto a la cama de la joven que acababa de abrir los ojos. Se inclinó hacia adelante para tomarle las manos.

—¡Jimena! ¡Jimena, por Dios! Estás bien, ¡estás bien!

Ella sonrió con mucho trabajo.

—¿La abuela?

—Agotada, cambiándose el vestido. Voy corriendo a avisarla, esto va a darle la vida. —Le palpó la frente—. No tienes fiebre, ¿sientes algún malestar?

—Hambre —rio ella.

—¿Hambre? —Se le iluminó el rostro con una sonrisa infinita— ¡Qué buena noticia! ¡La mejor! ¡Doña Jacinta! ¡Doña Jacinta!

Así fue como en menos de un parpadeo se revolucionó Barquillo 12.

Con las brisas de un renacer que muchos ya no esperaban.

En Jimena, cualquier indisposición leve se convertía en peligro de muerte.

Y aunque todos, incluida ella misma, supieran que no llegaría a huesos viejos, con apenas dieciocho años, nadie quería aceptar que hubiese llegado su hora.

No todavía, hasta imaginarlo era demasiado cruel.

El primer sorprendido fue el médico, que ordenó cautela, mucho reposo, sensatez, buenos alimentos y colocarse a salvo de corrientes de aire, por si acaso. Nada de salir, nada de paseos, aunque Jimena, cuando nadie vigilaba, le pidiera a Rafael que abriera un rato los ventanales para respirar mejor.

Por desgracia, conforme Jimena ascendía, doña Jacinta se derrumbaba. Las noches de vigilia y preocupación habían hecho mella en la anciana, que no lograba recuperar la lozanía en las mejillas hundidas, ni el vigor en los movimientos. Se la veía decaída y melancólica.

—Hoy le daré una sorpresa —cuchicheó Rafael al oído de Jimena—. Durante el almuerzo le daré una buena noticia, a ver si remonta.

Y eso hizo. Justo cuando se estaba sirviendo el pescado al horno con salsa de nata y eneldo.

—Doña Jacinta, ¿le parecería a usted aceptable… conveniente, que le pidiera matrimonio a la señorita Del´Acour?

El único tenedor que resbaló desde los dedos al plato, formando un estropicio, fue el de Jimena, que no se esperaba una buena nueva con aquel contenido. La dueña de la casa apenas reaccionó, con la mirada perdida y las manos temblorosas cruzadas sobre el regazo.

—Será conveniente si así lo consideras, querido Rafael.

—No es que la vuelva loca de contento la perspectiva —apuntó él un poco decepcionado.

—Es tu futuro, tu vida. Solo ten en cuenta que no es oro todo lo que reluce. No te dejes impresionar por los títulos y oropeles de la baronesa. Las arcas de esa casa no están tan saneadas como quieren hacer ver.

—Y eso significa… —la incitó a continuar.

Por fin doña Jacinta pareció recibir un soplo de vida. Dejó de hablar con desinterés, como si contara un chisme, y miró a Rafael con los ojos inundados de afecto.

—Que la de Luján podría estar alentando a su sobrina a conquistarte, consciente de que está en juego una fortuna importante.

Rafael tuvo la sensación de que doña Jacinta se equivocaba de persona.

—Pero yo no soy nadie, señora, no tengo nada.

—¿Cómo que no? Eres mi pupilo, pronto cursarás estudios superiores para convertirte en un abogado excelente, quién sabe si de renombre. Heredarás, por decisión mía, gran parte de los caudales de los Martorell.

—Señora, usted no puede… no debe. Está Jimena.

La miró, a su frente en la mesa, y se topó con una feliz sonrisa.

—Ella heredará otro tanto, más la fortuna de sus padres, que es memorable. Mi nieta no tiene hermanos… aparte de ti. Nadie dispondría de años suficientes para dilapidar semejantes herencias.

Rafael permaneció unos segundos ensimismado, con el ceño fruncido.

—Entonces usted piensa que Gabrielle se arrimó a mí por interés…

—Solo a ratos. Luego cavilo que ella tiene su propia familia, que quizá nada tiene que ver con la situación de los Luján. No sé, hijo, no hagas demasiado caso a esta vieja desgastada, a lo mejor a esa muchachita alocada le importas de verdad.

Rafael tuvo la impresión de que las sospechas acerca de los sentimientos de Gabrielle, que ya lo asaltaban antes de la conversación, acababan de multiplicarse como el pan y los peces. Lo suficiente como para volverlo loco y al mismo tiempo, ilusionarlo.

—No saldrás de dudas a menos que se lo propongas —fue la opinión de Jimena, sentados más tarde en la biblioteca, ella con las piernas cubiertas con una mantita de lana.

—A ti tampoco te gusta.

—¿Para qué mentir? Para ti me gustaría otra clase de mujer, más transparente, distinta.

—¿Más tradicional?

—No tiene nada que ver con eso, Rafael. Las beatas de misa diaria también resultan horribles, al final acaban siendo casi todas unas hipócritas.

El caso es… que tampoco debe complacernos a nosotras, sino a ti.

Lo que la abuela piense, lo que opine yo…

nada importa. Solo que sea buena y te haga feliz.

Buena.

Se quedó pensando.

¿Podía calificarse de buena a Gabrielle? ¿Poseía un alma y un corazón puros? ¿Lo haría feliz fuera del lecho? ¿Sería él capaz, con sus limitadas habilidades, de hacerla dichosa a ella?

Cuando, aun en contra de su voluntad, esas interrogantes las trasladaba a Alexei, la respuesta era un abrumador «SÍ» restallando en el aire con un eco que impregnaba las paredes para la eternidad. Con él no había dudas, ni vacilaciones, ni titubeos. No había pasos en falso… salvo el de quererlo.

No podía ser.

No podía corresponder la generosidad de doña Jacinta provocándole un disgusto semejante. Alexei debía desaparecer del mapa de sus anhelos, apartarse para que él buscase la felicidad junto a Gabrielle.

Porque tenía que buscarla. Como si de momento no la viera.