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De medio luto
La reacción de Rafael solo podía calificarse de inesperada y salvaje. Se abalanzó contra Helena con los brazos extendidos y los dedos crispados como auténticas garras. Con la expresión desfigurada de quien pretende un asesinato y la inmensa ira que llevaba acumulada, saliendo a borbotones.
—Infame… Embustero, falso amigo…
No fue lo bastante rápido para esquivarlo, ni lo bastante fuerte para responder a su puño, que se estampó en un lateral de su rostro, imbatible como una roca.
Helena se tambaleó sobre las suelas de sus zapatos masculinos y todo a su alrededor se volvió rojo sangre cuando el mareo y la aguda punzada de dolor la hizo caer.
Tumbada en el suelo, vio acercarse el rostro desquiciado de Rafael y supo que seguiría golpeándola, y ella encajando golpes demasiado violentos como para sobrevivir.
Entonces sucedió.
Una visión fugaz, como una ráfaga borrosa. Las delicadas facciones de una mujer dibujadas entre rizos castaños. Las espesas pestañas circundando los ojos azules. Alexei…
Una… ¿muchacha?
—¡Para! ¡Para!
Era la voz de Jimena, chillando horrorizada.
—¿Has perdido el juicio? ¡Rafael, detente! ¡Abuela! ¡Bernardo! ¡Ayuda!
La muchacha intentó en vano separarlos. Las manos de Rafael engarfiadas en la ropa de Alexei, zarandeándolo sin compasión, con tal ímpetu que el cráneo le rebotaba una y otra vez contra las alfombras. Su mullido grosor no bastaba para mitigar el daño.
—¡Por favor…!
Rafael frenó en seco. En mitad de su súplica, la vocecita de Jimena se había quebrado por la mitad y hasta Helena consiguió reunir la fortaleza necesaria para entreabrir los ojos y mirarla, con la intuición de que algo iba mal.
—¡Estás sangrando! —exclamó Rafael alterado, y no por la pelea— Jimena, ¿por qué te sangra la nariz?
Se olvidó por completo de su interés por hacer justicia, de la paliza que tenía previsto regalar a su rival, hasta de limpiar el nombre de Gabrielle, para asistir a la chiquilla a la que tanto quería. La tomó entre sus brazos y la sujetó para que no cayera.
Jimena respiraba a duras penas, arrodillada y lánguida entre sus brazos. Con los párpados entrecerrados y una incesante hemorragia que manchaba sus labios, su barbilla y la pechera de su camisa blanca bordada.
El mayordomo y dos criadas aparecieron de improviso, precediendo a una turbada y desencajada doña Jacinta, que daba instrucciones para que llamaran al médico.
Helena hizo un esfuerzo sobrehumano tratando de levantarse con un brazo extendido hacia Jimena.
El recio hombro de Rafael se interpuso en medio y evitó que la tocara.
—No. Márchate.
Fue tan rudo, tan seca la orden, tan exigente sonó, que pese al terrible mareo que le impedía mantenerse en pie, Helena se incorporó de rodillas, viendo impotente cómo se llevaban a Jimena, que parecía estar sin vida.
—No despierta —susurró doña Jacinta afligida. Se pasó el pañuelo por los ojos húmedos—. Debería haber despertado, pero no despierta.
—El doctor ha dicho que no corre peligro —la consoló Rafael.
—Que no parecía correr peligro —lo corrigió la anciana—, aunque hasta que no tenga el resultado de sus pruebas, no podrá decirnos nada.
Levantó hacia él sus pupilas llorosas.
—No será gripe, ¿verdad que no? Rafael, por lo que más quieras, dime que no es gripe…
—Ya verá como no, doña Jacinta. Ya lo verá. Todo va a ir bien…
No podía decir lo que siempre se dice en esos casos, «Jimena es fuerte. Jimena superará cualquier cosa» porque no era cierto. La muchacha era una ramita endeble y quebradiza, sin energía para sobrevivir tempestades, que se rompería en cualquier momento.
Aunque callaran, todos conocían la terrible verdad.
Doña Jacinta tenía el aspecto de un cadáver que no sabe bien por dónde marcharse al otro mundo, por eso sigue en este.
No se había separado de la cama de su nieta ni un solo instante y Rafael tuvo que discutir agriamente con ella para obligarla a descansar y alimentarse.
Bajo juramento de que él velaría a la enfermita hasta que regresara, el joven y el ama de llaves lograron arrancarla de la alcoba para que se cuidase un poco.
Al levantarse sobre sus rodillas renqueantes, dejó ir un largo lamento apagado.
—¿Y si fuera gripe, Rafael? ¿Y si lo fuera? Ella no podrá superarlo.
—No es gripe, doña Jacinta, gripe no, no va a serlo —le prometió él en un murmullo apresurado.
Eso sí podía decirlo. Y no precisamente porque lo creyera.
En las jornadas que siguieron a la primera, los lacayos subieron tres o cuatro veces a cuchichearle noticias al oído al ama de llaves, quien a su vez comunicó a los señores que el señorito Alexei y doña Fortunata estaban abajo, solicitando buenas nuevas acerca del estado de Jimena.
Finalmente, Rafael decidió hacerse cargo de la situación.
—Quédese aquí, doña Jacinta, ahórrese las escaleras, que son muy penosas. Yo bajaré a informarlos.
—Hazles entender que hay riesgo de contagio… de lo que sea. —Giró los ojos agotados hacia su nieta, blanca como una estatuilla de marfil, con los ojos cerrados—. Y agradéceles el detalle, pero que no vengan más.
No eran los únicos. Las bandejas de plata en las que los criados subían la correspondencia rebosaban notas de aflicción, firmadas por todos los apellidos ilustres conocidos, y desde todos los rincones de la capital.
Aunque solo doña Fortunata y Alexei se habían atrevido a cruzar el umbral.
Madrid entera estaba soliviantada con los casos de gripe, cada día más mortífera, multiplicándose de casa en casa como si jugase a escondidas.
Rafael se tomó su tiempo para descender los escalones. Sentía un fuego espantoso quemándole las entrañas y el alma. No quería ver a Alexei. No es solo que no quisiera enfrentarlo tras su último encontronazo, es que no quería verlo.
Por un absurdo minuto se había sentido casi a salvo de él, de sí mismo, de lo que le hacía sentir. Sin embargo, por alguna turbia causa, el muchacho se estaba encargando de destruir su única salida, la única forma imaginable de escapar de la garra de sus sentimientos.
Amando a Gabrielle, fundiéndose con ella, perdiéndose en la piel, el cuerpo y en las caricias de la mujer francesa, el recuerdo de los labios de Alexei quedaba atrás, rezagado. Casi como si fuese posible eliminarlo.
Adormecerlo al menos.
Ahora, de repente, sin importarle su desesperación, el mismo objeto de sus tormentos se dedicaba a dinamitar su única vía de escape.
Doña Fortunata le salió al encuentro con los brazos extendidos y los ojos vidriosos, mientras que Alexei, cabizbajo, permanecía en el mismo rincón donde lo había encontrado.
—¿Cómo sigue, muchacho? ¿Cómo sigue Jimena?
—Estable, doña Fortunata. Es todo cuanto puede decirnos el doctor.
—¿Saben ya si es…?
—No pueden descartarlo, aunque los síntomas no acaban de coincidir.
La dama se persignó con premura.
—Gracias al cielo…
—La que me preocupa es doña Jacinta. Apenas come, no descansa, ha perdido mucho peso… Haga algo por ella, doña Fortunata, se lo suplico.
Rafael y la anciana invirtieron unos segundos en reconfortarse con las manos unidas, mirándose directamente a los ojos, sabiendo que compartían la misma angustia. La dama asintió con un cabeceo y se dispuso a subir las escaleras hacia la alcoba de Jimena.
Una vez a solas, Rafael escuchó la tenue voz de Alexei.
—Quiero a Jimena, ha hecho mucho por mí, me importa.
—A ti te importa demasiada gente al mismo tiempo —gruñó sin girarse—. Será mejor que te marches. Yo mismo acompañaré a la señora Fortunata a su casa cuando baje.
—No pienso irme sin ella.
Rafael volteó sobre sus talones. Enrojecido de furia contenida. Con los puños y las mandíbulas apretadas, fulminando a Alexei con una mirada plagada de amargura.
—Vete de mi casa. Te lo estoy pidiendo con toda la educación posible, dadas las circunstancias. No me obligues a recurrir a otros métodos de los que más tarde me arrepienta. Márchate ya.
Le pareció que el joven rubio luchaba porque las lágrimas no se le escaparan. Ordenó a sus pies que se pegaran al suelo, que no se movieran ni una pulgada en su dirección. A su corazón, que no lo deseara. A las palmas de sus manos, que no hormiguearan queriendo rozarle el cabello.
—Lo nuestro está definitivamente roto, por lo que veo.
—¿Qué demonios es lo nuestro ?
—Nuestra amistad, Rafael. El lazo especial que nos vinculaba, ese que creí irrompible.
«Pues ya ves, solo era una soga débil» quiso espetar para herirlo más aún.
Por el contrario, se mordió la lengua. Tragó saliva, mantuvo apretados los labios en una mueca abatida, viéndolo salir.
Como si por la puerta se le escapara el mismísimo aire.