30
Los motivos de una invitación
—Si nos ha invitado a venir para permitirse ofender a mi sobrina, debo decirle…
Gabrielle cortó de cuajo su encendido discurso defensor, colocándole una mano contra el pecho que decía a las claras: «deje, tía, que yo me apaño sola».
—No es que no entienda sus inquietudes, doña Fortunata. Sé que el temperamento español no admite ciertas… libertades que en Francia resultan por completo naturales. Sepa, sin embargo, que no hay nada que temer. Rafael y yo apenas empezamos a conocernos.
—Sí, eso me aseguró hace un rato —intervino Jimena—, pero su interés por Alexei resulta para todos… ¿excesivo? ¿Incómodo?
—¿Interés?
—Eso hemos dicho.
—¿Se ha quejado él de algo?
—Ni por asomo —sonrió doña Fortunata, venenosa—. Somos los demás, por esa mala costumbre nuestra de tener ojos en la cara.
—¡Es que es un artista! ¡Y adoro a los artistas!
No busco nada en él como hombre —mintió con desfachatez—, físicamente me resulta endeble y aniñado.
Pero no me negarán que su voz… el modo como canta y arranca notas de cualquier piano consiguen elevarme al mismísimo cielo.
Vamos, mi apreciada señora, no irá a decirme que no está de acuerdo.
—Señorita Del´Acour, no soy yo, sino mi respetable prima la que debe velar por el bienestar de Rafael. Sin embargo, como comprenderá, me molestaría que al muchacho le rompieran el corazón. Tiene un brillante futuro por delante que podría entorpecerse si sufriera de mal de amores.
Gabrielle arqueó las cejas y clavó en Jimena unas frías pupilas.
—Supongo que su sobrina nieta es quien le ha trasladado semejante preocupación, ¿verdad?
—Se puso en pie y desvió su mirada airada hacia Jimena—.
Responderé con gusto a la pregunta que me hizo antes, querida: volveré a París cuando me haya casado.
Y no creo que sea ningún disparate afirmar que no aceptaré como marido a ningún hombre al que no conozca a fondo. ¿Puedo visitar un momento su lavabo?
Gabrielle siempre sucumbía a sus antojos. Era esclava de sus impulsos incontrolables, cuando deseaba ya no razonaba, olvidaba la prudencia en un rincón, se volvía temeraria. A Rafael ya lo tenía, lo poseía por entero. Ahora reclamaba a Alexei, aunque este le rehuía.
Ella se negaba a claudicar.
Absolutamente cegada por la pasión insatisfecha, recorrió a la carrera los pasillos de la planta baja hasta dar con la biblioteca.
Sonrió pérfida al comprobar que el profesor ya había abandonado la estancia, probablemente hasta la casa, y Alexei se encontraba a solas, con la cabeza hundida en sus libros.
Ni la escuchó entrar, hasta que lo sobresaltó encontrarla pegada a la mesa.
Con una sonrisa depredadora que lo abarcaba entero.
—Qué descortés por su parte no acompañarnos a la merienda, Alexei. —Hizo un puchero— ¿Acaso ignoraba que yo venía?
Él la miró con furia.
—No se lo repetiré, Gabrielle. ¡Deje de perseguirme! ¡No me busque más!
—No lo entiendes —fue como si no lo hubiera oído—, ignoras tus propios méritos, eres algo diferente, Alexei, portentoso.
Él se puso en pie de un brinco.
—Solo soy alguien que la rechaza, algo a lo que, supongo, no está habituada, ¿verdad?
Gabrielle alargó una mano queriendo tocarlo, seducida por el brillo de sus ojos. Sin abandonar la silla, Alexei se apartó de su radio de acción.
—No soporta que alguien se le resista, que no se deje manipular como arcilla en sus manos. —Abrió una pausa y tomó aire—. No es justo, él está enamorado de usted.
—¿Crees que quiero que alguien se enamore de mí?
—No me busque —recalcó hastiado—, no me persiga y, sobre todo, no. Me. Toque.
—¿Querida? Querida, ¿dónde te metes?
La baronesa y doña Fortunata avanzaban por el pasillo, peligrosamente cerca. Gabrielle levantó el brazo y abofeteó la mejilla de Alexei en el momento preciso en que las dos damas asomaban por la puerta entreabierta.
Dejándolas perplejas.
—Esto es… ¡intolerable! ¡Será usted insolente! —siseó igual que un reptil.
—¿Qué sucede?
—Vámonos, tía —gimió con los ojos húmedos. Tapándose la cara con las manos, corrió hacia la puerta—, se hace tarde.
—Pero ¿qué…?
Nadie iba a sacar a la pobre baronesa de su embrollo, puesto que Gabrielle ya se encontraba en el recibidor, embutiéndose el abrigo a toda prisa, al parecer, frenética por abandonar aquella casa.
Doña Fortunata contempló a su pupilo, estupefacta. Y no tardó en atar cabos.
—Será mala víbora… —masculló Jimena, la primera en entenderlo todo.
«Tienes que hablar con Rafael. Esa muchacha es una lianta de cuidado. Él debe saberlo».
Esas habían sido las palabras de doña Fortunata, y la buena de Jimena las había sustentado.
«No me creerá» repetía la tortuosa voz de su mente. «No querrá creerme».
Así y todo, cargado de dudas, sus pies cruzaron la plaza y luego la calle que lo separaba del porticón de piedra tallada de Barquillo 12.
Y sacudió la aldaba rezando porque sus temblores no resultaran tan obvios.
Su yo Alexei únicamente pretendía ayudar a un amigo, abriéndole los ojos en cuanto a la respetabilidad de la joven de la creía estar enamorado.
Su yo Helena…
Se mortificaba día y noche sin descanso, preguntándose la razón de que Rafael la hubiera besado.
¿Se dejó llevar por un impulso pasajero?
¿Había sido pura curiosidad? ¿Acaso había leído e interpretado el deseo que ardía en sus pupilas cuando lo miraba?
¿Había desnudado sus emociones ante él sin siquiera saberlo?
Porque de ser así, podría haberse puesto en peligro del modo más tonto, todo su mundo, su montaña de infames mentiras podía desmoronarse, venirse abajo, enterrándola con ella.
Solicitó ver a Rafael y lo condujeron al saloncito de la derecha, donde las cortinas de terciopelo estaban descorridas y dejaban entrar el sol a raudales.
Por primera vez desde que recordaba, no sabía bien qué hacer.
Se retorcía las manos cuando tomó asiento.
Enseguida se arrepintió de su atrevimiento y se volvió a levantar.
Solo para sentarse de nuevo con tan mala fortuna que, al aparecer Rafael, la pilló en una actitud de reposo que nada tenía que ver con su estado mental agitado.
—Alexei —saludó con dureza—. ¿Qué se te ofrece? O debería decir, ¿cómo tienes la desfachatez de presentarte aquí, como si nada?
Estaba evitando mirarla. Se escabullía y los ojos le aleteaban por toda la estancia buscando algún rincón seguro y, sobre todo, lejano, donde posarse. Helena volvió a dejarse caer sobre los mullidos cojines.
—No creo que tenga nada de lo que avergonzarme.
—¿Lo afirmarías con absoluta certeza?
—Tenemos que hablar —murmuró.
—¿Hablar? ¿Nosotros? ¿Sobre qué?
—Sobre Gabrielle.
Los ojos verdes de Rafael se transformaron en dos tormentas sobrecogedoras que la perforaron.
—¿Cómo te atreves?
—Su comportamiento… Me temo que su comportamiento no sea del todo honesto.
—¿Y el tuyo sí? —Lo miró con desdén.
Helena se preguntó si ese desprecio, en realidad, lo sentía por sí mismo, por la debilidad que demostró al besarla, convencido de que era un hombre. Y si lo único que estaba haciendo era despegársela de la piel para arrojársela a la cara.
—Te lo repito: no he hecho nada, absolutamente nada por lo que debiera agachar la cabeza.
—La buscas. La acosas. Intentaste besarla…
—¿Todo eso te lo ha contado ella?
Aguardó una respuesta, un simple gesto que no llegó.
Suspiró resignada y dijo:
—Pues es mentira.