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Encuentros furtivos
Gabrielle no tenía ninguna necesidad de acudir al tocador.
No tenía, en realidad, que trasladarse a ninguna parte.
Solo la movían sus caprichos insatisfechos. La rabia contenida que le provocaban los desaires de Alexei.
Recorrió las instalaciones del pequeño teatro hasta dar con él en un corredor apartado, a salvo de miradas y conversaciones impuestas, de pie ante un ventanal con las manos en los bolsillos de su pantalón, mirando a la calle.
—¡Vaya! ¿Aquí es donde se escondía?
—Señorita Del´Acour. —Inclinó con elegancia la cabeza—. Ignoraba que los recitales con arpa fueran de su agrado.
—Procuro mantenerme al tanto de todos los eventos sociales que se celebren en la capital. Muy especialmente, aquellos que congregan a gente interesante.
—Por el modo en que me mira, cualquiera diría que pretende incluirme en esa categoría.
—Sé de buena tinta que vendría —le sonrió seductora, dando un paso en su dirección.
—¿Cómo hizo para enterarse?
Gabrielle avanzó otro par de pasos. Ahora, apenas unos centímetros la separaban de Alexei, que se mantuvo imperturbable.
—Tengo mis recursos.
Los largos dedos de la muchacha recorrieron, despacio, las solapas de su levita impecable. Petrificado de asombro, los ojos de Alexei se abrieron, tratando de adivinar cómo era que había dado pie a tamaño atrevimiento por parte de ella, cuando ni siquiera había gesticulado.
—Si pasara un rato de goce conmigo, Alexei —le susurró Gabrielle buscando su oreja—, un solo rato, cambiaría de opinión.
El joven artista dio un salto atrás que lo distanció de la acometida.
—¡Señorita! ¿Ha perdido usted el juicio?
Gabrielle no alteró un solo músculo. Como si no lo hubiese oído o la evidente sombra de un rechazo no la ofendiera lo más mínimo.
—Tiene mi palabra de que nadie se enteraría —insistió melosa—. Serían encuentros tan furtivos como excitantes…
La francesa había intentado una nueva aproximación y Alexei puso tierra de por medio, asqueado. No por el hecho de que una mujer lo tocara con aquella lujuria, sino por la traición y la falta de lealtad que su proceder entrañaba para con Rafael.
—Es usted una mujer aborrecible.
Contrariamente a lo que esperaba, Gabrielle echó atrás la cabeza y soltó una carcajada.
—¡Ignora lo que dice! Podría hacerle crecer de golpe, enseñarle tantas cosas que no sabe, muchachito inexperto…
—Cosas que no estoy interesado en conocer. Ni en mis peores sueños.
—Aún no ha nacido el hombre que me rechace.
Algo en el ambiente había cambiado. Sonó a amenaza.
Sobre todo, porque para silabear cada palabra, Gabrielle se había puesto súbitamente seria. Alexei no solo le mantuvo la mirada con valentía. Entrecerró los ojos, provocador, y hasta se permitió pegar su frente a la de ella.
Casi.
—Es posible que tenga razón. No ha nacido el hombre .
Cuando Gabrielle regresó a la sala, frustrada y sin reponerse del disgusto que con tanta maestría había disfrazado, encontró a un Rafael inusualmente inquieto, preocupado por su desaparición.
Ella se lanzó a invadir su espacio privado, con las dos manos por delante, como si necesitara apoyarse en él para no caer.
—Rafael, querido, ¿le molestaría llevarme a casa? Creo que me encuentro indispuesta.
—¡No me diga! ¿Es algo grave?
—Me he mareado en el tocador, de ahí que haya tardado tanto en volver. Seguramente algo que he comido me ha sentado mal.
Él la repasó sin terminar de creérselo. No es que estuviera pálida o demacrada, más bien parecía roja, congestionada… ¿de rabia?
—¿Nos vamos? —insistió Gabrielle Del´Acour—. Supongo que a la arpista no le importará demasiado que nos ausentemos.
—Ya están aquí, señora. La baronesa de Luján y su sobrina, la señorita Gabrielle.
Doña Fortunata asintió complacida y se levantó de su butaca, tanto para estirarse los pliegues de la falda como para recibir dignamente a las damas. A su derecha, su sobrina nieta Jimena, movió la cabeza en un gesto cómplice.
—Te agradezco que las hayas invitado, tía. No me atrevía a pedírselo a la abuela. En realidad, no sé qué opinión tiene de la relación que Rafael…
No pudo continuar, puesto que una marabunta de lazos y perfumes se les arrojó encima, saludando con una efusividad que estaba por completo fuera de lugar.
—Doña Fortunata, pero qué alegría volver a verla. Y qué detalle esta invitación a la merienda.
—Baronesa, señorita Del´Acour, tengan la bondad de tomar asiento. Mi cocinera ha preparado unas milhojas que son una bendición del cielo.
—Puede llamarme Gabrielle, señora —ofreció la jovencita con una sonrisa taimada—. No será por falta de confianza. Querida Jimena, se la ve algo pálida, ¿se encuentra bien?
—Últimamente, un poco cansada de más —reconoció la muchacha en un murmullo, mientras comprobaba cómo los ojos avispados de Gabrielle buscaban por los alrededores, escudriñando solo Dios sabía qué.
—Hay que tomarse la vida con calma —recomendó la baronesa con aire condescendiente— ¿Y bien? ¿Alguna novedad jugosa que comentar para pasar el rato? ¿Algún escándalo digno de oprobio?
—Poco más allá del revuelo que ha generado la noticia del compromiso de doña Beatriz, la hija de los marqueses de Bonagua…
Las damas iniciaron su recorrido por la cadena de chismes y las jóvenes cruzaron una silenciosa mirada de desafío.
—¿Tiene pensado cuándo volver a París, señorita Del´Acour? —se interesó Jimena con cierto retintín.
Gabrielle se permitió un sorbito de café y luego otro, antes de responder.
—Lo cierto es que no tengo ninguna prisa. Mis padres no me esperan… de momento.
—¿Y en qué entretiene su tiempo, si no es mucho preguntar?
—¿Olvida usted que debo casarme? Justo para eso me han mandado a Madrid. Conozco a jóvenes, paseamos, mantenemos provechosas charlas, me dejo galantear…
—Nada serio de momento, supongo.
Gabrielle le sostuvo la mirada con los labios apretados, titubeando por primera vez.
—Nada serio de momento. —Se removió en la silla— ¿Hoy no nos canta Alexei? ¿Ni nos embelesa con una pieza al piano?
—Está en la biblioteca, recibiendo sus lecciones —aclaró la señora de la casa—. Quizá más tarde se una a nosotras. Aunque ya se sabe el escaso interés que las conversaciones de las damas despiertan en los muchachos…
—Una lástima no poder contar con sus talentos. Hacen que el tiempo vuele.
—Compruebo que admira usted mucho a mi pupilo.
—La verdad, me tiene fascinada…
—Y tiene o aspira a tener, una suerte de relación con el protegido de mi prima —prosiguió la anciana dama—. Eso también lo he comprobado.
La baronesa respingó con indignación.
—¡Doña Fortunata! ¿No estará insinuando…?
La señora Martorell no perdió la compostura. Revisaba cada gesto de Gabrielle con una mueca severa y sin intención alguna de suavizarla.
—No insinúo nada, mi querida baronesa. Afirmo. Que no se están guardando las maneras como se debería. ¿O acaso discrepa?