Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 28
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La pregunta que nunca se hizo

De sus muchas juergas y correrías, junto a muchachos ricos expertos en derrochar la fortuna de sus padres o con gentes de mal vivir, dependiendo del día y los motivos, Rafael había aprendido a distinguir a las mujeres a las que había que preguntar, de las que no.

A las honorables, las timoratas, las de buena familia, que siempre podían cambiar de opinión a última hora, había que ofrecerles la oportunidad de echarse atrás antes de meterles la verga hasta el fondo.

Por muy entusiasmadas y ofrecidas que parecieran.

Era un requisito inherente al respeto que les debía como hombre.

A las cortesanas y putas, con el fornicio como labor y cometido, no hacía falta preguntarles nada.

Ya te lo decían sus ojos; siendo joven y bien parecido, el deseo y las ganas les ardían en las pupilas como llamas frescas y, a menudo, eran ellas mismas las que te atrapaban el trasero con ambas manos y tiraban de ti sin posibilidad de escape.

Curiosamente, cuando lo asaltó el impulso y las palabras acudieron a su boca rodeadas de respeto y contención, Gabrielle pareció adivinarlas y lo acalló con un beso que fue más bien un mordisco salvaje.

Su lengua vivaz, el bailoteo de sus labios, el sabor de su saliva y su aliento de menta consiguieron que, en cuestión de segundos, se olvidara de todo. La entrepierna le palpitaba hambrienta y la señorita acababa de empalarse sin necesidad de ayuda, engulléndolo con su sexo hasta la base.

Rafael la recibió con un gruñido ronco. La agarró por la cintura y giró con ella enlazada, la tumbó en el sofá y se colocó encima. Entre sus golosas piernas abiertas.

—Me llenas del todo —musitó ella entre suspiros—. Si por asomo llego a sospechar que disponías de este grosor… Oh, Rafael, no habría perdido tanto tiempo sorbiendo chocolate.

Así fue su primer encuentro: húmedo, caótico, impaciente, plagado de gemidos feroces, sin acabar de desvestirse y placentero, muy placentero.

La unión que conllevaba la penetración hizo vibrar a Rafael hasta las mismísimas entrañas.

Cuando los dos acabaron, Gabrielle se lo quedó mirando con las mejillas encendidas, el cabello desordenado y una pícara sonrisa en la comisura de los labios.

—Vaya, vaya, menudo descubrimiento, señor Márquez.

¿Qué podía replicar, si el que suponía ella lo había dejado sin habla? Una señorita casadera y recatada, residente en Madrid con vistas a un casamiento provechoso, que, con embustes, alquilaba un apartamento donde llevar a su amante, a gozar sin barreras de lo prohibido.

Una dama que, sin ropa, se comportaba igual que una meretriz. Libre, desinhibida, exigente.

Sus pupilas como estrellas le gritaron que era insaciable, que todavía no podía dar, ni mucho menos, por rematada la faena. Y Rafael supo que esa noche, probablemente, se saltaría la cena en la mansión de Barquillo 12, y que aún quedaba deleite por repetir.

A ese primer y tórrido encuentro con Gabrielle, siguieron varios paseíllos castos por el parque del Buen Retiro y las anchas avenidas del centro.

Visitas a los cafés de moda donde fueron vistos juntos, aunque en recatada actitud de la que nadie, salvo los malpensados, podían deducir otra cosa que el inicio de un cortejo tradicional.

La señorita Del´Acour no mencionaba ni por asomo lo acaecido en el apartamento de la callejuela y Rafael no se atrevía a preguntarle, aunque le escocían las ansias.

Ya no solo porque había abierto de par en par los portones del deseo carnal, sino porque se había convencido a sí mismo de que devorar a Gabrielle era el antídoto perfecto contra su enfermiza obsesión hacia Alexei.

Y al tiempo que se lo repetía con afán para grabarlo a fuego, se sorprendía espiando por los ventanales la Plaza del Rey y el pórtico de entrada a la mansión de doña Fortunata, angustiado en sus rezos por divisar al objeto de sus deseos, aunque solo fuera un instante.

Entrando o saliendo. O tocando el piano con las cortinas descorridas y la ventana abierta, lo que le permitía vislumbrar de soslayo el dorado de sus rizos.

Alguna vez lo vio, pero no tantas como habría querido.

Aquella tarde, pese a ser Rafael renuente y poco entusiasta con aquel tipo de actividades, la pareja aterrizó en un recital de arpa y declamación patrocinado por el club de las Damas Nobles.

No era que le agradase encerrarse en salones atestados de personajes perfumados hasta el delirio, encantados de ver y ser vistos.

Y menos, del brazo de Gabrielle, cuando la vocecilla insidiosa de su mente lo incordiaba a diario, interrogándolo acerca del tipo de relación que mantenían y lo que pretendía que pensaran los demás.

Estaba confundido. No sabía si era o no acertado mostrarse tanto en público con ella.

No iba a ser su reputación la que se manchara, desde luego, esas cosas terribles no les sucedían a los hombres.

Sin embargo, temía por la joven. Por libertaria que fuera la señorita, detestaba ser el motivo de que cayera en desgracia de alguna forma.

Algo que, extrañamente, a ella no le quitaba el sueño.

Descubrir a Alexei sentado sin charlar con nadie en una de las primeras filas, lo puso de inmediato de un humor de perros. Era tal la lucha que mantenía día y noche consigo mismo para no recordar la intimidad del momento sublime entre estanterías y libros, que hasta verlo a distancia lo incomodaba.

—¿Sucede algo, querido Rafael? —Gabrielle giró la cabeza para hablarle—. Lo noto alterado.

—No sabía que nos lo encontraríamos aquí.

Ella solapó una sonrisa complacida.

—¿Alexei? Fue él quien me dio noticia del evento. En realidad, insistió mucho en que viniera, aunque aseguró que le resultaría imposible asistir. Veo que ha cambiado de parecer. Puede que al confirmar yo mi presencia.

—¿Cree que pueda deberse a eso?

—Bueno, continúa persiguiéndome —aseguró ella medio en broma.

Rafael no estaba de mofa, en absoluto. Soltó un resoplido de fastidio.

—¿Quiere que hable con él? ¿Que le pida explicaciones de…?

—No —lo cortó tajante—. Ni pensarlo.

—Este acoso velado al que la somete tiene que acabar.

—¿Quién ha hablado de acoso? Solo es un inocente coqueteo y debo admitir que la conversación con Alexei, en ocasiones, me fascina. Pero no tema, como hombre, usted no tiene parangón.

Le acarició, con diestro disimulo, la mano sobre el regazo. Rafael notó el correteo de sus finos dedos por la piel.

—Tú eres mi elegido, el único al que pienso entregarme —zanjó tomándose de repente la libertad de tutearlo—. Pronto volveremos al piso.

Sus palabras, pronunciadas con tono almibarado, lograron sosegar los ánimos de Rafael, que se pasó el primer acto del recital peleando con su voluntad para no mirar aquella primera fila donde se sentaba Alexei.

Llegó el entreacto y todos los presentes se levantaron para refrescarse con alguna bebida, estirar las piernas, o acudir a aliviarse.

Gabrielle musitó que visitaría un instante el tocador y se perdió del mapa.

Rafael quedó en la sala, con una copa de vino en las manos, conversando con una pareja de ancianos que ya conocía de otros eventos del club, muy interesados en saber por qué doña Jacinta no había acudido esta vez.

No podía decirles que la anciana detestaba el arpa. Ni que no se encontraba del todo bien; la dama odiaba la idea de parecer debilitada frente a los demás.

—Tenía otro compromiso ineludible —aseguró con una sonrisa forzada—. Lo ha sentido mucho, estos recitales la apasionan.