Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 27
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La anhelada intimidad

Doña Jacinta y Jimena ahogaron al unísono una exclamación de horror.

—Doña Mercedes…, ¿doña Mercedes? Nuestra… ¿doña Mercedes?

—Sí, sí, la misma, como lo oís. La murmuradora de la capital ha decidido sacar los pies del plato. Y eso no es lo más gordo.

—¿Hay más? —jadeó doña Jacinta, al punto de la asfixia—. Creo que no sobreviviré a tanta emoción fuerte.

—Me ha pedido ayuda para poder reunirse entre ellos y conocerse mejor.

La señora Jacinta puso los ojos en blanco.

—¡Debería tomarme un anís! No pretenderás insinuar que…

—¿Que les presto mi saloncito para que tomen inocentemente café y charlen un poco? Aciertas, prima. Y no me arrepiento, no creo que sea ningún pecado. Todos sabemos del carácter del esposo oficial, un general que se piensa que los miembros de su familia son soldados de su batallón.

Doña Jacinta, que estaba a punto de aullar pidiendo sus sales, quedó petrificada un instante y, a continuación, se le dibujó en el rostro una pícara sonrisa.

—Querida, a menudo tus razonamientos tienen el mismo efecto de una purga. Sin embargo, esta vez, y sin que sirva de precedente… te aplaudo el gusto.

—Qué tranquilidad de alma me proporciona verlo, Rafael —lo instigó Gabrielle, jocosa, al encontrarse—. Pensé que lo había perdido para siempre, solo porque el pupilo de doña Fortunata dio un paso en falso del que ninguna culpa tengo.

Rafael se envaró. Él sí que había dado un paso en falso. Lo asfixiaba el no saber cómo reaccionaría su mente, su cuerpo, cuando volviera a encontrarse con Alexei rodeados de gente, después de su desliz.

—He estado seriamente enfadado con usted, Gabrielle. Me ignoró sin motivo del modo más cruel. Jugó con mis sentimientos de la peor manera. Y eso no podemos atribuírselo a otro.

Se sintió a salvo evitando su nombre. Otro.

No Alexei, otro.

Se sintió poderoso, como si de verdad pudiera manejar la situación y salir indemne de aquel torbellino de emociones encontradas, idóneo y más que capaz de despedazarlo.

—Bueno, mentiría si no le dijera que después de la osadía del joven, quedé un poco turbada. A veces no puedo evitar que un comportamiento que juzgo por completo recatado se malinterprete y dé paso a…

—Hablemos de cosas más agradables —la cortó él con galantería.

Los ojos negros de Gabrielle centellearon.

—¡Sí! Tengo una sorpresa para usted.

—¿Para mí?

—Debe seguirme con total fe y confianza. No le adelantaré nada, no se moleste en preguntar. Estropearíamos la sorpresa.

Así fue como Rafael callejeó flanqueando a la señorita francesa, muchos minutos, hasta alcanzar un portalón de piedra hermosamente labrado que daba acceso a un inmueble. La muchacha sacó un llavín de su bolsito, accionó la cerradura y, uno tras la otra, entraron.

—¿Acaso vamos a visitar a alguien? ¿A alguna amiga o conocida de usted? —se extrañó el joven.

Gabrielle no soltó prenda.

—Calle y suba las escaleras. Deténgase ante la puerta del primer piso.

Rafael oteó alrededor con desconcierto.

—Realmente, se ha puesto usted muy misteriosa.

Para cuando vino a darse cuenta de que Gabrielle se había dejado a la criada en alguna parte, ella ya usaba una segunda llave para franquearles la entrada a una vivienda fresca, lujosamente amueblada y silenciosa.

Muy silenciosa.

—¿Quién vive…?

—Entre, no sea timorato. —Lo empujó por la espalda, pasillo adelante—. Que entre, le digo.

Se vieron en el salón, amplio y seguramente luminoso, de no ser por las gruesas cortinas de terciopelo, completamente corridas.

La señorita Del´Acour se volvió a mirarlo, radiante.

—¿Qué le parece?

—Qué me parece ¿qué? ¿Dónde estamos? ¿De quién es esta casa?

—Mía. La he alquilado mientras me encuentro en Madrid. A nombre de un criado, por supuesto.

Se despojó del sombrero, el bolsito y los guantes y los dejó descuidadamente sobre una mesa. A continuación, se acomodó en el ancho tresillo y le hizo una seña a Rafael para que se sentara a su lado.

—Tenía entendido que vivía usted con su tía, la baronesa.

—Y vivo con ella. —Chasqueó la lengua—. Y con su aburrida familia.

—Entonces… no comprendo.

Tampoco alcanzó a entender cómo las hábiles manos de Gabrielle se enredaron en su corbatín, deshicieron el nudo y lo despacharon junto con su levita, antes de que él tuviera ocasión de reaccionar u oponerse.

—Esta propiedad es secreta. —Gabrielle entornó los ojos con picardía—. Podríamos llamarla… mi nido de… ¿amor?

La luz se hizo de golpe a ojos de Rafael. Y debería haberse preocupado por la encerrona, solo que la lengua de Gabrielle corriendo por la carne de su cuello, que se erizaba irrespetuosa a su paso, no lo dejaba pensar.

—Soy del parecer de que sin la ayuda de un poco de intimidad, la gente no llega a conocerse nunca —prosiguió Gabrielle en susurros alentadores—. ¿No le parece?

Al final alcanzó su boca.

Y Rafael se aferró a ella sin pensar, como si fuera agua de manantial y él un desgraciado perdido en un desierto. La muchacha cambió de postura y se le colocó a horcajadas, anudando sus manos en la nuca de él, junto a su cabello oscuro, en el que hundió los dedos, buscando arañarle la piel.

Al joven se le escapó un jadeo. Mezcla entre sorpresa y complacencia. Una curva de satisfacción moldeó la boca de la francesita.

—Así, querido. Así, muy bien.

Lo que con tanto mimo alababa era el monumental tamaño de su miembro hinchado, presionando los pantalones, que había agarrado con la mano traviesa, mientras la otra seguía sujetándolo por la nuca.

Rafael sintió que un latigazo de placer absoluto lo traspasaba, que la sangre se le caldeaba dentro de las venas y que no tardaría en estallar.

No pensaba quedar en ridículo delante de Gabrielle, que ella pensara que podía lograr que se derramase como un pánfilo ansioso, incapaz de tomar la iniciativa.

Así que se adentró en el escote femenino, bajándole el vestido de un brusco tirón.

Uno de los pechos quedó al descubierto; el otro a medias.

Suficiente para que Rafael sometiera los erectos pezones a la urgente tortura de la succión, los mordiscos y los lametones más libidinosos.

Ella arqueó la espalda y dejó ir un suave ronroneo de agrado.

No quedaría allí la cosa.

Vista su disposición, Rafael pensaba emplearse a fondo en proporcionarle placer y dárselo a sí mismo, a manos llenas.

Sin dejar de retorcer los pezones dorados entre los dientes, notando la manera como la joven se estremecía en sus brazos, deslizó las manos abiertas por debajo de su falda.

Acarició los sedosos muslos hasta alcanzar las caderas.

Luego las redondas y firmes posaderas. Sintiendo la velocidad feroz con la que se aceleraba su respiración.

Hasta convertirse en un jadeo entrecortado.

Y cuando comprobó que no había obstáculo que frenara su acceso a los rincones más prohibidos de Gabrielle, que bajo sus faldas no llevaba nada más salvo la piel de satén tibio, supo que ya no podría detenerse.