Todas las damas nobles (Calle de Madrid 4) 26
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A tomar el té

Cada uno por su lado y sin cruzar una sola palabra, Rafael y Alexei urdieron un plan que conducía a una única decisión: alejarse el uno del otro, cuanto más mejor, tras lo que aquel beso furtivo, saboreado entre libros, había dejado al descubierto.

No podía repetirse. Bajo ningún concepto.

Y tampoco podían permitir que nadie sospechara.

Para ello, se dijo Rafael en medio de su desesperación, nada mejor que estrechar lazos con la ardiente Gabrielle. Y dejarse ver.

Ella le gustaba. La deseaba.

No iba a engañarse, era una sensación nada comparable con lo que se le activaba teniendo a Alexei cerca, en cualquier caso, le encendía las entrañas y era conveniente, con eso bastaba.

Ya ni siquiera le importaba el que dirán, o si llegaban a mostrarse muy atrevidos en público. Minucias al lado de lo que se desencadenaría si a Alexei y a él los pillaban juntos o en actitud irreverente. Se los llevarían presos.

Gabrielle era su ancla a lo correcto. A lo aceptable y conocido. No podía dejarla escapar.

Empezaría, pues, por aceptar sus disculpas y responder, por fin, a alguna de las cuantiosas notas sin réplica que había enviado a Barquillo 12, proponiéndole salir.

Estaba entregándole el papelito doblado al lacayo, que a su vez se lo daría al mozo que recorrería a la carrera la distancia que los separaba de la mansión de la baronesa, preguntando por la señorita Del´Acour y cumpliendo, cuando…

Un aullido como de animal en celo logró hacerlo saltar sobre su butaca. Doña Jacinta y su nieta avanzaban atravesando el recibidor.

—¿A las cinco has dicho?

—Sí, bueno, puede que se retrase, nunca se sabe qué imprevistos…

—¡Pero la has citado a las cinco!

—Sí, abuela —resopló Jimena saludando con la mano a Rafael—, a las cinco, a la hora corriente del té.

—¿Cómo se te ocurre? Dime, ¿cómo se te ocurre cometer semejante disparate?

—Es la tía, abuela, ha estado en casa miles de veces, hemos merendado…

—¡Pero no ahora que se dedica a conspirar en mi contra con esas reuniones clandestinas en su salón!

Jimena buscó al perplejo Rafael con una mirada de desespero.

—Por Dios, Rafael, dile algo. Convéncela de que no hay nada malo en que la tía Fortunata…

—¿Sabes si la acompañará Alexei? —la atropelló sin miramiento.

—No… no creo.

—Tengo que salir.

Antes de que nadie pudiera frenarlo, Rafael se esfumó.

En caso de que Alexei apareciera, no podía soportar enfrentarse a él delante de toda la familia. Decidió matar el tiempo dando vueltas y visitando algún café hasta apagar la tarde.

A las cinco en punto, doña Fortunata, acompañada de una doncella, golpeó el aldabón de bronce de Barquillo 12. Una, dos, tres veces.

El servicio que la recibió se alegró mucho de verla. En realidad, los criados de ambas casas tenían a las ancianas en alta estima, no importaba cuál.

Y a sus espaldas, chismorreaban y hacían bromas respecto a sus enfrentamientos, mucho menos sangrantes de lo que ellas pretendían hacer ver.

Doña Jacinta se puso rígidamente en pie para recibir a su prima. Con las manos cruzadas sobre el regazo y los labios apretados. Mientras Fortunata abrazaba y besaba las pálidas mejillas de Jimena, las dos señoras se observaron de reojo.

—Prima.

—Prima. Bienvenida a mi humilde morada.

—¿Humilde? —bufó Fortunata echando un vistazo a las paredes.

—Ya sé que pudo ser tuya y me tocó en suerte. Que no me perdonas haber sido bendecida por la herencia de nuestros parientes. Que te encantan las rosquillas de anís, así que le he pedido a Simona que te prepare una fuente repleta.

—¿Podemos hablar de otra cosa que no sea la mansión? —suplicó Jimena aguantándose la risa.

—Podría ser, si tu tía abuela no estuviera obsesionada. No entiendo por qué no le prendes fuego a la casa y bailas alrededor de los escombros con la cara pintarrajeada y aullando.

—Jacinta, querida, no seas vulgar.

—Es que me pones de muy mal humor.

—¿Qué he dicho?

—Nada. Todavía. Pero lo harás, no alcemos las campanas al vuelo. Lo harás.

Durante exactamente veinte segundos, los deliciosos y tiernísimos roscos de anís fueron responsables de que la paz correteara por la sala.

—Fíjate que iba a decir que me gusta ese vestido… —suspiró Fortunata—. Menos mal que me ha dado por fijarme en algo mejor.

Jacinta la espió por encima de su tacita de porcelana, con las cejas levantadas y muy juntas.

—En las contadas ocasiones en las que te animas a soltar algo no del todo desagradable, prima, ¿podrías plantearte rematarlo y alegrarme el día sin torcerte por el camino?

—Bueno, querida, también podría hablarte del extraño tejemaneje que se cuece pared con pared, en la mansión de al lado.

—¡¿Qué me dices?!

—En el número 10, ¿es que no te has dado cuenta?

No había nada, absolutamente nada en este mundo que doña Jacinta pudiera hacer para parecer indiferente. La curiosidad se la comía a dentelladas.

—¿Puedes dejarte de intrigas y explicarte de una vez?

—Hay una joven beldad hospedándose en la mansión.

Entra y sale a diario, sin dama de compañía, imagina el escándalo.

No sé de quién pueda tratarse, quizá una pariente lejana que ocupa la casa con el retén de criados mientras la familia está en el campo.

Pero lo dicho, esa muchacha, si es que todavía está lozana, porque no se deja ver bien con tanto sombrero y parasol, no se ocupa lo más mínimo por guardar las apariencias.

Sale a pasear sin carabina que le cubra las espaldas y garantice su decencia. Lo veo todo desde mi balcón a la plaza.

—¡Bendito balcón del espionaje! A veces pienso que si te lo derribaran de un cañonazo, beberías cicuta, incapaz de quedarte sin él.

—Bien que te vienen a ti mis cotilleos. Estoy pensando que a lo mejor la muchacha es ya un vejestorio sin nada que guardar y que por eso…

—Por favor, abuela… Tía… —Jimena las miró alternativamente. Y el gimoteo que latía en su tono les ablandó un poquito el corazón.

Cambiaron de tema, sí. Aunque lo que llegó fue mucho peor. De haberlo sabido Jimena, se habría cosido la boca con hilo de bordar.

—¿Es verdad que has organizado meriendas con las socias del club en tu casa? —arremetió Jacinta sin previo aviso.

— Errr … yo…

—Meriendas a las que, por cierto, no he sido invitada —precisó con malicioso retintín.

—No eran… no es lo que te estás figurando.

—Ah, ¿no? ¿Y qué es exactamente lo que me figuro, querida Fortu?

—Es un tema delicado.

—Podré soportarlo.

—Abuela… —intervino otra vez Jimena, temiéndose lo peor.

Su abuela agitó un dedo por delante de su cara y la mandó callar.

—Podré soportar incluso que me digas que andas conspirando para convertirte en la nueva presidenta de las Damas Nobles.

—¡No! —Fotunata se mostró sorprendida—. Creo que nadie mejor que tú para soportar ese tedioso cargo. No creo que fuera capaz de ejercerlo con un mínimo de entusiasmo.

— Ummm …

—No obstante, en caso de estar interesada, ¿te has propuesto desalentarme?

—Dios me libre. Ni siquiera podía imaginar que tuvieras el menor interés en convertirse en mandamás.

—El caso es…

—¡Desembucha, demonios! Si no quieres que me dé un ataque.

—El caso es que doña Mercedes tiene un amante…