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El escondrijo de la señorita
—Informe a la cocinera de que exijo saber por qué gasta tanta nata —interpelaba doña Fortunata al ama de llaves cuando Alexei entró por la puerta, agitado y nervioso—. ¿Acaso se baña en ella para aliviar las hemorroides?
Menos mal que la reprimenda y su correspondiente sermón la tenían del todo distraída, lo que permitió al joven ascender por las escaleras rumbo a su dormitorio y perderse de vista antes de que nadie lo reclamara.
No llevaba los ánimos para hipocresías. Para simular que nada pasaba, sonreír, fingir que las cosas estaban bien y que no le rondaba la mente una idea disparatada.
Rafael lo había besado.
No había sido él. Él lo había deseado con fervor casi desde el día en que lo conoció, pero no se había atrevido.
Menos aún, con la señorita Del´Acour en medio del camino, estorbando.
Sin embargo, Rafael había tomado la iniciativa, dado el primer paso.
Luego se había arrepentido con estrépito, cierto, sin embargo, por un instante, sus anhelos lo habían dejado en evidencia.
Puede que lo deseara.
Hasta que sintiera algo que no fuese mera curiosidad.
Se llevó la mano al pecho en un tonto intento de sujetar al corazón, impedir que saliera disparado en alguna dirección inconveniente.
Había tantas cosas que habría querido susurrarle…
Tantas palabras de amor haciéndole cosquillas en la lengua, creciéndole desde las entrañas, suplicando ser pronunciadas.
Esa había sido su vida hasta entonces. Un volcán a punto de erupcionar, aunque camuflado; taponado con piedras del peso de una montaña.
No podía más. No podía resistir la presión.
Abrió los diques tan cuidadosamente cerrados y dejó salir las lágrimas en torrente, después de haber echado el pestillo de su puerta.
Se deshizo en llanto frente al espejo de cuerpo entero con marco dorado que reflejaba su grácil silueta.
Alexei se despojó de la levita. Sin secarse las lágrimas desabrochó, uno a uno, los botones de su camisa blanca. Bajo ella, una vez hubo rodado por encima de sus hombros y de ahí al suelo, un apretado ventaje le aplastaba los menudos pechos haciéndolos pasar inadvertidos.
Helena.
Ese era su auténtico nombre. Nacida mujer y abandonada.
Criada los primeros años en un orfanato terrible, donde solo conoció hambre, humedad y agonía, pero que le hizo entender que, pasando por hombre tendría mayores posibilidades de sobrevivir.
Las mujeres acababan vendidas o regaladas.
Solo servían, en opinión de los que mandaban, para traer hijos al mundo o para satisfacer los más bajos instintos del varón.
Siendo hombre, o al menos permitiendo que creyeran que lo era, su futuro presentaba alguna grieta por donde podría colarse la luz.
Seis años tenía cuando escapó de aquel antro, a punto de ser entregada a un burdel, se cortó la espesa melena con una navaja a medio afilar y se vistió de chiquillo.
En el hospicio que la recogió creyéndola niño, pasó las mismas necesidades, aunque sin el terror a ser intercambiada para que abriera las piernas y mirase al techo.
Así había crecido hasta convertirse en un jovencito que destacaba por su frágil belleza.
Hasta ella misma había llegado a convencerse de que lo era.
¿Pensaban algunos que las mentiras hacían la vida más interesante? Porque para Helena había sido un tormento, siempre sintiéndose en peligro, siempre con el espanto de cometer un error y quedar al descubierto.
Y entonces, cuando mayor era su confusión, había aparecido doña Fortunata con su oferta idílica de una vida de ricos.
Y Helena estaba convencida de que a la mujer le habría alegrado saber que era una muchacha con la que intimar mejor, a la que podría querer como a una hija.
No obstante, si calló en un primer momento, por miedo, por temor a su reacción, por pánico a ser abandonada de nuevo a causa de sus embustes, ahora era demasiado tarde para abrir el baúl de sus engaños y confesar la verdad.
Doña Fortunata no se lo perdonaría.
Su error temible había sido enamorarse de Rafael. Sus emociones traicioneras la estaban estrangulando.
Delante de la luna inmaculada del espejo, tomó un bucle brillante entre los dedos y lo estiró. Ya casi no recordaba el aspecto de su cabello cuando crecía. Había sido tan hermoso… Cómo le gustaría poder presentarse ante Rafael con su verdadero aspecto.
No obstante, si a él le agradaban los muchachos, ella jamás significaría nada. Si por el contrario su sangre pulsaba por las mujeres, frente a las armas de seducción de Gabrielle, en su estado, vestida de hombre y con los rizos cortados, tenía todas las de perder y alguna más.
Si le atraían ambos sexos… Quizá tuviese una oportunidad.
Pero ¿qué decía? ¿Estaba en sus cabales? No podía arriesgarse tanto.
Tragó saliva. A menudo, el miedo lo eclipsaba todo.
Perder a doña Fortunata, su mentora bondadosa, su protección.
El piano, la posibilidad de cantar que nunca antes tuvo cuando estaba en los hospicios.
Su aspecto frágil, endeble, hacía juego con su fina voz de castrato, infantil, tierna y emotiva.
Todo funcionaba como debía para salvarle el cuello.
¿Por qué habría de exponerse? ¿Revelar su auténtico ser para que un hombre, evidentemente confuso, la amara?
¿Y si la repudiaba? Lo habría perdido todo.
Volvió a fijarse en su reflejo. Mejor así. Quedarse agazapada en su escondrijo como un pequeño conejo que no quiere ser cazado, no quiere morir, pretende, por encima de los males que lo acechan, seguir existiendo.
Ese era ella. La criatura más desgraciada de Madrid.
Rafael esquivó con maestría la avalancha de preguntas disparadas por Jimena durante el desayuno.
Tan solo llegó a concretar que no había encontrado a Alexei, que seguramente ya estaba dentro de la biblioteca y que, aunque entró, por más que buscó y rebuscó entre tanto piso, tantísima estantería y más compartimientos, no alcanzó a verlo.
No sabía si la muchacha había o no quedado satisfecha con la explicación, aunque poco le importaba, porque estaba a punto de ahogarse.
Corrió hasta su cuarto y se encerró dentro, a vomitar los pesares que querían matarlo.
¿Qué había hecho? ¿Qué diablos había hecho?
A él no le gustaban los hombres, jamás se había sentido atraído por ninguno, aquel era un estímulo novedoso, desconcertante. Su boca le había resultado tan deliciosa e incomparable que no podría besar a nadie más sin tenerla presente y que no saliera perdiendo en la comparación.
Pero ¿Alexei?
¿Su amigo? ¿El protegido de la prima de su benefactora?
Demasiado complicado, demasiado peligroso.
Ya no eran muchachos de la calle, de los que se ajustan en un callejón oscuro y se tocan por todas partes hasta saciarse. Ahora los dos eran aspirantes a señorito de buena familia, con muchos ojos puestos en ellos y las esperanzas de las primas brillando en lo alto, como si fuesen un faro.
No le importaba que Alexei fuera de su mismo sexo, pero eso lo hacía todo evidentemente más difícil. De cara a las señoras, a la sociedad que los juzgaría y condenaría, a un país estancado en la rancia religión capaz de convertir todo lo placentero en pecaminoso.
La bondad del amor verdadero en crimen.
Alexei, Alexei. ¿Por qué habían tenido que reencontrarse?
¿Por qué aquella condenada casualidad?
Si ya cuando le salvó la vida había percibido algo adorable en su persona, algo que lo atrajo de forma inevitable y le suscitó temor. Por eso huyó, por eso decidió olvidar el episodio y hasta su nombre.
Una montaña de esfuerzos, solo para venir a parar a casas vecinas, emparentados, uno frente al otro, unidos por el cariño que le tenían a Jimena.
Quedaba tortuosamente claro que uno no podía escapar de su destino cuando estaba escrito, porque este era capaz de retorcerse una y mil veces, hasta salirse con la suya.